29 julio, 2021

EN UNA PLAZA DE TOROS SON EL BRILLO Y LA LUZ LOS QUE EXCITAN LOS SENTIDOS.

ARRASTRE LENTO… Y va de nuevo con mi compadre. El muy parlanchín, a punto de disgusto y enojo, insiste en afirmar que a la actual temporada de novilladas le viene faltando algo contundente: se refiere al brillo de la apoteosis, al deslumbramiento de la revolución. Y habla de luz.

ARRASTRE LENTO… Y va de nuevo con mi compadre. El muy parlanchín, a punto de disgusto y enojo, insiste en afirmar que a la actual temporada de novilladas le viene faltando algo contundente: se refiere al brillo de la apoteosis, al deslumbramiento de la revolución. Y habla de luz.
Sabiendo que cuando toma la palabra poco hay que lo interrumpa, y teniendo a mi lado –que él también la tenía- una porción de esos líquidos que se sirven en donde se ¿pierde? el tiempo hablando y hablando de toros, lo dejé hablar y hablar. Habló y habló.
Y puesto que mi mente tomó nota de su agradable discurso, paso a confiárselo a los tres amables lectores que suelen llevarse al retrete esta columna para darse por enterados de su contenido por mera curiosidad. -“No me dejará mentir compadre, apuntó mi susodicho compita, que el punto focal del espectáculo del toreo sólo se percibe a través del brillo. Y para que éste exista tiene que haber luz toda vez que sin ella no se percibe el color. De ahí que en el luminoso universo de la tauromaquia, teniendo como elementos sustantivos el colorido y la animación, las tinieblas, por sublimes que sean, son indeseables”-.
Tan sólo me atreví a testificar a su favor afirmando que, efectivamente, resulta notable cómo en una plaza de toros a los sentidos los excita la luz, y más cuando detrás de ella hay escondida una encendida estela de sentimiento.
-“Ya se lo he dicho en otras ocasiones compadre, continuó diciendo mi dilecto amigo y padre de mi ahijado, la luz del toreo, tanto la que lo ilumina como la que emana de la conjunción de sus elementos, es tan natural como el sol, de ahí que los festejos nocturnos, gozando del alumbramiento artificial, me parezcan otra cosa”-.
La única interrupción permitida a su elocuencia era la que concedía el repetido mecanismo de darle un traguito a esos líquidos que, maldita sea, ¿qué caros están!
-“Por eso se ha dicho hasta el cansancio, con pausado ritmo lo acotaba mi interlocutor, que la forma clásica de revelarse la pureza del toreo es a través de la armónica conjunción de la expresión corporal matizada con aires de inspiración encendidas en un pebetero de luz y seducción. Las tinieblas y las sombras no debieran figurar en la escenografía del espectáculo. Y, aunque lo diga a mi pesar, y con mi pesar, a la actual temporada le hace falta que le corran el telón para que se filtre el escándalo y lleguen a ella la luz, el brillo, la apoteosis, la revolución”.
Cuando esto opinaba mi compadre en mi mente consentí que, aunque resultando una explicación bastante burda y rudimentaria como para exponerla con originalidad, se entienda y se diga que los toreros se visten de luces.
Finalmente le concedí calladamente razón a mi compadre. Por lo que he vivido en la Fiesta y su entorno he comprendido que, atenidos a los matices, y sobre todo a sus intensidades, el triunfo se pinta en alegre brillo –luz rodeada de luz-, en escandaloso esplendor, en animada luminosidad, en tanto que el fracaso, retrato de la tristeza, se registra en tonalidades opacas, grises, oscuras, tenebrosamente doloridas. Por eso los taurinos asocian el brillo y la luminosidad con lo bueno, y encadenan lo gris y parco –¡tinieblas puras!- con el fracaso.
Tan sólo me queda con sugerirle al lector que tome en sus manos el medidor de la intensidad cromática de sus ojos para que sean éstos quienes determinen si la actual temporada de novilladas está resultando de tinieblas, o de luz, y no le haga caso a mi locuaz compadre.

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