24 julio, 2021

ES EN AGUASCALIENTES DONDE MEJOR SE DIBUJAN LOS PERFILES DE UNA ANDALUCÍA MUY A LA MEXICANA.

ARRASTRE LENTO… De aquel rinconcito que en su tiempo fue mi terruño provinciano, al que conozco luego del parto ocurrido a mediados del siglo pasado, y que tenía por galas las finas maneras y la eficaz hospitalidad de sus moradores, queda algo patrimonial: el gusto y el respeto por la devoción taurina.

ARRASTRE LENTO… De aquel rinconcito que en su tiempo fue mi terruño provinciano, al que conozco luego del parto ocurrido a mediados del siglo pasado, y que tenía por galas las finas maneras y la eficaz hospitalidad de sus moradores, queda algo patrimonial: el gusto y el respeto por la devoción taurina.
¿O acaso las magníficas entradas que se han visto en la San Marcos no demuestran y explican el fenómeno? Aguascalientes ha vivido un eterno romance con la Fiesta de toros, y su mística ha sido, por sus aromas tan exquisitas, el perfume que la engalana.
De aquel rinconcito que recuerdo (1965), ataviado con el multicolor rebozo del remanso primaveral de abril, queda un no sé qué de languidez que, pausada y acogedora, nos hace mirar la Fiesta de toros con piadosa admiración.
¿O acaso en otros lugares significa tanto el ritual y la liturgia ceremonial que, una vez arraigadas en la intimidad de las raíces del corazón, tienen un lugar de privilegio en la sensibilidad de la personalidad colectiva de la comarca?
Por eso se le concede tanto valor a la respuesta de los aficionados de Aguascalientes al acontecimiento que, admirado con una solemnidad festiva, depurada y capacitada para establecer categorías, dibuja los perfiles de una Andalucía muy a la mexicana. Así las cosas, queda claro que triunfar en Aguascalientes como torero es cosa aparte pues, por el sólo hecho de haberlo conseguido, se eleva el rango vanidosamente humano del crédito y el prestigio.
Supongo que la emoción que todavía excita febrilmente a Alejandro López, luego del triunfo conseguido a base de entusiasmo y determinación el domingo pasado, sin desligarse del terrícola, lo hace sentir en otro mundo. Supongo que vivirá ahora en un mundo en el que, como en Aguascalientes, son la suavidad y el misticismo de sus aires ambientales los que marcan la diferencia con todo el resto del país.
De acuerdo a la eficacia de mi memoria, la que se expresa con carácter de certeza, recuerdo que me tocó todavía vivir en el saldo del Aguascalientes –que hoy me parece tan remoto y distante- que embelesaba con la dulce fragancia de aquella sensualidad provinciana y rústica, entre aborigen y campesina, que nos ha dado carácter propio como ciudad.
¡Cuánto deben lamentar los novilleros –cualquiera que sea- no haber logrado triunfar en esta tierra, hospicio de una rara nobleza mundana sin títulos honoríficos que la decoren, a no ser el extendido a los mejores aficionados de México! Por fortuna, y condolido por el abatimiento de los manantiales de la zona que nos dio por nombre un gentílico humedecido con la gracia del toreo, en Aguascalientes a la Fiesta se le entiende y se le comprende al estilo, por lo menos muy cercano a él, de lo más puro de los grandes místicos.
Lo cierto es que un triunfo grande en Aguascalientes deja en el corazón del torero que lo consigue una huella que en nada se parece a las pasajeras que, cual relámpago en fuga, no son sino siluetas esfumadas. Lo cierto es que la ciudad se ha convertido en un polo magnético para los taurinos que tiene al toreo como un ritual de intensa concentración bohemia y espiritual.
arrastrelento@gmail.com

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