5 agosto, 2021

GRAN SIMILITUD ENTRE LOS TOREROS Y LAS NUBES DEL FIRMAMENTO.

ARRASTRE LENTO… Don Paco Gamboa:
Aunque no es para que me revuelque de alegría, finalmente le concedo la razón. Comprendo que la extravagancia de mis ideas y planteamientos justifica que me tilden de raro, de loco, y que me cataloguen con la precisión de otras definiciones peyorativas más.

ARRASTRE LENTO… Don Paco Gamboa:
Aunque no es para que me revuelque de alegría, finalmente le concedo la razón. Comprendo que la extravagancia de mis ideas y planteamientos justifica que me tilden de raro, de loco, y que me cataloguen con la precisión de otras definiciones peyorativas más.
Pero dejar de ser quien soy no puedo, y dejar de mirar el mundo como lo veo, tampoco. De tal suerte que, con esos ojos que miro, con esos ojos que veo, así contemplo el universo del toreo.
Quiero que sepa don Paco que al toreo lo miré, con asombrosa curiosidad, desde niño. Me pareció mágico, seductor, inexplicable. Fue algo que me hizo voltear al cielo en vuelo de fantasía. Cuando lo recuerdo evoco las primeras sensaciones que experimenté mirando el azul del firmamento: se quedaron grabadas en mi mente aquellas figurillas formadas por las nubes blancas y pequeñas que, como inasibles algodones que volando iban, las quería comer.
Al toreo lo quería devorar. Y como a las nubes de mi infancia que, mirándolas insuficientemente imprecisas, le agradecí que me permitiera completarlo en mi imaginación.
Los primeros trazos del toreo que inundaron de turbulento placer mi alma fueron como aquellas nubes, que también miré de niño, que tenían un perfil de dichosa esperanza: los primeros arrebatos de alegría de la vida los conocí por el toreo. Aunque de pronto, tal vez demasiado pronto, me llamaron la atención aquellas nubes abigarradas, densas, pardas, que preludiaban una grave tormenta. Las heridas espeluznantes, como la de Antonio Velázquez en el Toreo de Cuatro Caminos, y la de Manuel Capetillo en la México, fueron nubes que nunca podré olvidar.
Y mirando de niño el azul del firmamento vi otras nubes que me regocijaban. Recuerdo que algunas me convulsionaban de alegría. Me gustaban las que, cual sapos malhumorados, se inflaban y desinflaban ante las amenazas del sol que tras la inconsistencia del vapor me guiñaba un ojo diciéndome que las malas tardes vuelan pronto y raudas se van.
Ahora, después de mucho mirar el firmamento, reconozco que hay toreros que se parecen a las nubecillas blancas que adornan el teatrillo de mi imaginación sin nunca madurar. Y reconozco que hay toreros que, cual nubes fugadas, nunca adquieren figura de príncipe. Y reconozco que hay toreros que, como nubes acabadas, logran superar su mediocridad deslumbrando en el azul universal del toreo.
Lo cierto señor Gamboa es que hay toreros nubes que se convierten en amorfos algodones de fantasía y que, a pesar de su caprichosa conformación formal nunca llegan a desatar una tormenta. Y cierto es que hay toreros que, pese al augurio de diluvio vaticinado por el matiz de su contextura, duermen a plomo sin nunca abandonar su exultante mediocridad vista en la atmósfera de los sueños y fantasías. Se supone, y conste que no es idea mía, que el cielo de nuestra Fiesta está inundado con nubecillas de tal condición.
Don Paco: tiene razón, sólo a un destartalado como yo se le ocurre encontrar similitud entre los toreros y las nubes. Ni modo. Así nací, y así me moriré. Amando el toreo, y las nubes de fantasía.
Saludos don Paco Gamboa.

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