28 julio, 2021

HASTA DÓNDE ES CIERTO QUE EL TOREO, SIN LA PALABRA MÁGICA –¡EMOCION!- SE TORNA TEDIOSA Y ABORRECIBLE.

ARRASTRE LENTO… Esperando encontrarme con la gala maravillosa que significa la Fiesta de toros, el jueves pasado, como otros aficionados que en suma no llegan a diez, viajé a la ciudad de Zacatecas. El cartel valía la pena. Así, y tomando en cuenta lo que para un servidor representa, el hecho me mueve a contarlo. Referiré primero ciertas singularidades ocurridas en el trayecto de ida: abstraído en un mundo de ideas, lleno de sombras preñadas de revelaciones, de fecundos silencios, de revuelo de alas temerosas por la inseguridad en las carreteras, y de diálogos sostenidos conmigo mismo dentro de un fondo inaudible, me asaltaron cantidad de curiosas interrogantes.

ARRASTRE LENTO… Esperando encontrarme con la gala maravillosa que significa la Fiesta de toros, el jueves pasado, como otros aficionados que en suma no llegan a diez, viajé a la ciudad de Zacatecas. El cartel valía la pena. Así, y tomando en cuenta lo que para un servidor representa, el hecho me mueve a contarlo. Referiré primero ciertas singularidades ocurridas en el trayecto de ida: abstraído en un mundo de ideas, lleno de sombras preñadas de revelaciones, de fecundos silencios, de revuelo de alas temerosas por la inseguridad en las carreteras, y de diálogos sostenidos conmigo mismo dentro de un fondo inaudible, me asaltaron cantidad de curiosas interrogantes.
Quise entender porqué la emoción se fuga tan abruptamente de los ruedos. Y quise entender porqué hay maderas que no agarran el barniz. Quise comprender por qué hay toreros que, vestidos como tales, asumen actitudes que no corresponden a tan alta jerarquía. Quise entender porqué hay diestros que no agarran la esencia que les pueda recubrir de gloria. Y en esos estrechos círculos de reflexión sucedió la intrascendente travesía.
Las confusiones se empezaron a aclarar cuando me quedó claro que a las ideas las constituyen, y acaso hasta le dan forma, las palabras. Reconocí finalmente mi admiración y respeto por las palabras: si no fuera por ellas seguramente mi mundo sería un monstruo que adoraría al aburrimiento. Convencido quedé de que sin palabras el mundo sería más silencioso que los panteones, y vaya que la mudez de los cementerios habla con tan vehemencia que a muchos su futura estancia, amén de ensordecerlos con ardor, los hace estremecer con pavor.
Así las cosas, le doy gracias a las palabras pues éstas son las que me permiten configurar un escenario novedoso en el universo de las ideas. Por tal motivo no me parece una extravagancia mental admirar las palabras que me divierten, y respetar las palabras que me enseñan. A fin de cuentas son compañía y consuelo.
Habiendo llegado la hora de almorzar en los comedores que a la vera de la carretera deleitan los paladares de los viajeros, me vino a la mente un suceso que, cuando niño, en aquel entonces no entendí cabalmente lo que quería decir el merolico de carpa, esos rústicos teatrillos de suburbios y barriadas, que no eran otra cosa que tiendas de lonas y maderas rudimentarias que en la verbena abrileña se levantaban a un costado del templo de San Marcos. El pintoresco personaje, argumentando en público, apostaba que el mejor antídoto para el aburrimiento es la palabra, y que su fiel compañero es el gesto.
Saboreando la gordita de chicharrón calientito llegué a preguntarme cuál sería la palabra mágica del toreo. A poco tenía la respuesta. ¡La emoción! Así las cosas, es hasta hoy, con la generosa prórroga del tiempo sobre mis hombros, que le doy la razón a aquel carpero de feria, humilde malabarista de la palabras que, al recordarlo, devuelve tranquilidad razonable y mitigando ansiedades.
Después del almuerzo, y retomando el rumbo de mis ideas, entendí que el espectáculo del toreo cuando enmudece, a falta de palabras, se torna aborrecible y un tanto despreciable. Lo cual no tenía vuelta de hoja: a falta de emoción el toreo enmudece pues le faltan los instrumentos comunicantes por excelencia. Sin dudarlo en ningún momento, podré afirmar que el toreo es nada cuando le falta la palabra secreta –que ya no lo es tanto- para manifestarse: la emoción. El toreo sin emoción es la narrativa muda de un texto que nadie escucha, que nadie entiende, que se hace inexplicable.
Y con esa sensación abandonamos la plaza Monumental de la colonial Zacatecas toda vez que la maratónica corrida, en la que se lidiaron nueve astados, terminó con tal cantidad de bostezos que, aunque despierta, la escasa concurrencia que adormecida toleró la prolongada sesión en realidad dormitaba, todo por la falta de esa palabra –y realidad- mágica: la emoción.
Mirando la luna que mapeando en el cielo nos daba encendida guía de retorno, las ideas se amontonaron en mi cerebro dejando un crucigrama irresoluble: para ¿porqué, cual diablo que se oculta tras la cruz, la emoción se deja vencer por la monotonía traicionera?
Lo cierto es que no se vale que el esfuerzo de los profesionales se opaque por la falta de la palabra mágica y su realidad: la emoción. A pesar de todo los taurinos, convencidos de la valía de Hernández Gárate, rejoneador, del indudable mérito de los forcados de Mazatlán, de la maestría de el Zotoluco, del entusiasmo de Arturo Macías, y la disposición torerísima de El Payo, finalmente les aplaudieron. No así a la desangelada corrida que si bien es de las preferidas de los toreros importantes, lo que lidió el jueves dejó mucho que desear. Otra vez será. En tanto, volvía refugiarme en las palabras que son mi consuelo, quedando claro en la mente que es la esperanza en el futuro lo que hará disponerme a… aburrirme otras vez más, y cuantas sea necesaria, para atinar con una tarde mágica, llena de emoción.
arratrlento@gmai.com

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