24 julio, 2021

HERMOSO DE MENDOZA EN AUTÉNTICO EMPERADOR DEL ARTE DE MARIALVA.

ARRASTRE LENTO… Quienes fueron ayer a la México me comentaron, luego de la corrida, que antes del festejo no eran menores el bullicio y la alegría en las inmediaciones del gran coso. Y me decían que alrededor de los estancos de comida, como antaño sucedía cada ocho días, se volvieron a aglomerar los numerosos grupitos que, con apetito insaciable, pedían una y otra vez el renuevo de los tacos y fritangas. ¡Buen provecho!

ARRASTRE LENTO… Quienes fueron ayer a la México me comentaron, luego de la corrida, que antes del festejo no eran menores el bullicio y la alegría en las inmediaciones del gran coso. Y me decían que alrededor de los estancos de comida, como antaño sucedía cada ocho días, se volvieron a aglomerar los numerosos grupitos que, con apetito insaciable, pedían una y otra vez el renuevo de los tacos y fritangas. ¡Buen provecho!
Y con un apetito voraz también esperaban la tarde “gorda”. Tal era la expectación que a los aficionados y curiosos les parecía imposible la resistencia del éxito y el espectáculo. El entusiasmo tenía tanta vida que, así lo apuntan mis informantes, parecía la convocatoria del regreso de un rey de conquistar al mundo. Luego… luego la locura viendo la soberbia actuación del emperador del toreo a caballo, don Pablo Hermoso de Mendoza. Cuánto alarde del genial caballero que, pese a no cortar orejas, se mantiene como el principal mantenedor del fuego sagrado del arte del rejoneo moderno.
Don Rodolfo, el mentado “Pana”, genio y figura. No me lo dijeron quienes gentilmente me tuvieron al tanto de lo que mis ojos no podían ver, pero estoy seguro que entre la nutrida asamblea que se dio cita al embudo de concreto había una muchedumbre que estaba preparada para mofarse, injuriándole, haciendo del fracaso del singular diestro un espectáculo divertido. Y de tener piedras a la mano, estoy seguro que le hubieran lapidado con la cruel violencia del caníbal.
¿Y el espectáculo? Mal signo para la tarde. Pues el espectáculo lo fueron los recovecos psicológicos de la afición que tan pronto le aplaudía al veterano coleta como tan pronto le chiflaba. La mudanza de los estados de ánimo de los espectadores rayó en la incongruencia. Creo que es el precio de ser un torero diferente, capaz de las curiosidades más irrelevantes, como de los alardes más embrujados. Al final de sus pretendidas faenas los espectadores, como si escupiesen una ofensa, vomitaban el nombre de Rodolfo. Y la gente… pues la gente de uñas y… a otra cosa.
Terminó la sesión, que empezó como un hervidero, con José López, un torero que acaso por impersonal le bastaron detalles de poca monta para que fuera coreado con simpatía por la amable concurrencia que se quedó con las ganas de verse sin manos de tanto aplaudir, y ronco y sin pulmones de tanto gritar.
Quienes me platicaron lo que me platicaron al final de la corrida me dijeron que, luego de la lidia de la desabrida corrida para los de a píe, como estrellas en el escenario, lucieron los arrebatos bruscos y malhumorados del gentío que se dio cita para congraciarse con el triunfo, pero salió abrazada del desencanto. ¡Otra vez será!

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