23 julio, 2021

LA CULTURA TAURINA ESTABLECE RANGOS ENTRE QUIENES SÍ Y QUIENES NO LA CULTIVAN CON ESMERO Y ADORACIÓN.

ARRASTRE LENTO… Lo creo complementario, y de hecho lo es. ¡Al aficionado –amante genuino del mundo del toro- que lo es por vocación lo complementa la cultura! Me refiero a la noción de cultura taurina –patrimonio de ideas- que tiene perfectamente definida su historia, su herencia, y sobre todo sus valores.

ARRASTRE LENTO… Lo creo complementario, y de hecho lo es. ¡Al aficionado –amante genuino del mundo del toro- que lo es por vocación lo complementa la cultura! Me refiero a la noción de cultura taurina –patrimonio de ideas- que tiene perfectamente definida su historia, su herencia, y sobre todo sus valores.
Y es el aficionado culto el que con devoción promueve el respeto y la comprensión a tan enriquecidos elementos que a través de una interrelación finalmente llegan a ser motivo de adoración de quienes tienen un mismo sistema de valores y criterios culturales, identificándose por las maneras de pensar, de juzgar y de obrar.
A los verdaderos aficionados los abastece una gracia especial, la cual muy bien podría equivaler a la energía que proporcionan el alimento y el conocimiento. Es cuando el gusto razonado por adherirse a la cultura taurina se vuelve vida. Y como no se puede vivir sin alimento, tampoco el aficionado culto puede vivir sin investigación, recreación y análisis.
Entiendo que la cultura se vuelve conocimiento intelectual que complementa la formación de espíritu torero. ¿Cómo justifica el aficionado las actitudes y comportamientos modernos si no conoce –mucho menos lo podrá entrelazar sin que se ocasione un burdo y grotesco empastelamiento de ideas y datos- el simbolismo del pasado del toreo?
Así, tocado por el mágico don de la afición, al taurino que en verdad lo es le mueven el gusto y la necesidad de curiosear en el pretérito remoto de la Fiesta, le mueve la necesidad de hurgar en el pasado próximo, y lo mismo en el inmediato, mecanismo que parcialmente le acredita como “culto” taurinamente hablando.
Ya está: hay aficionados cultos, y hay aficionados incultos. Y esa diversidad puede marcar tendencias bastante curiosas. ¿Cómo puede entenderse a sí misma la Fiesta mexicana si la promueven sistemas de valores sustentados por aficionados incultos?
Y fue de esa manera que, teniendo como testigo a mi compadre, en la charla de casi todos los días comenté la existencia de una variedad que muy pocas veces se habla de ella, siendo conveniente hacerlo pues se definen posiciones y criterios.
-“Hay aficionados, ustedes lo saben, -apunté con disimulado protagonismo a quienes departíamos en la mesa que expulsaba aromas de magia torera- que lamentablemente hay aficionados cultos y aficionados incultos. Y es más, hay toreros profesionales que, aunque pudiera parecer contradictorio y confuso, son extraordinariamente incultos. Apenas si saben quien fue Manolete, y saben de Armillita y Gaona porque se encuentran con esos nombres todos los días”.
Lamentablemente por su improductividad práctica inmediata, la cultura taurina es para muchos aficionados y profesionales totalmente secundaria. Para éstos la que tiene cierto –relativo- valor es la cultura popular, la coloquial, la que se genera y se asimila en la calle, en la taberna, en las réplicas de actitudes y gestos de toreros famosos que se han perpetuado en la pintura, en la escultura, y que han multiplicado su fama gracias a la transmisión de un lenguaje, de un sistema de valores emparentados con creencias que los hace leyenda.
arrastrelento@gmail.com

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