1 agosto, 2021

LA DUDA TIENE SENTIDO: ¿EL ARTE DEL TOREO ES UN ARTE ESCÉNICO, TAL Y COMO ES LA DANZA?.

ARRASTRE LENTO… El tópico me pareció interesante, y había que abordarlo. La ocasión, vista como pretexto, me pareció oportuna para reunirme con mi compadre. ¿El objetivo? Muy simple: hacer malabarismos verbales discutiendo con el acalorado apremio de la inquietud de la razón si el toreo moderno llena los requisitos para ser considerado como arte escénico, tal y como lo es, por ejemplo, la danza.

ARRASTRE LENTO… El tópico me pareció interesante, y había que abordarlo. La ocasión, vista como pretexto, me pareció oportuna para reunirme con mi compadre. ¿El objetivo? Muy simple: hacer malabarismos verbales discutiendo con el acalorado apremio de la inquietud de la razón si el toreo moderno llena los requisitos para ser considerado como arte escénico, tal y como lo es, por ejemplo, la danza.
El lector no tendrá que esforzarse mucho para adivinar que la reunión fue, como de costumbre, en el merendero donde tan a gusto se habla de toros. Los giros, animadas idas y vueltas de los meseros, de la barra a la mesa, llevando las de la casa, enviadas por el siempre amable René de Anda, se sucedían como el circular del minutero en el reloj. Dios mío ¡cuántas vueltas dieron!
-“Compadre, le dije, creo que el toreo sí debe ser considerado como un arte escénico, y lo es toda vez que, expuesto ante un público que paga una suma considerable de dinero para admirarlo, satisface el requerimiento fundamental: que se realice ante un público en un escenario”. ¿O no lo cree así?
-“Además compadre, continué con mi perorata, es un arte que en su concepción más integral asalta y conmueve. ¿Qué más habría que pedirle entonces para ser tenido como arte escénico?”.
Por primera vez en mucho tiempo mi compadre no me rebatió, antes por el contrario, sentí que existía una cierta similitud de ideas pues, asentando con el lenguaje corporal de su cabeza que remachaba los conceptos me dejó explayarme sin interrupción.
-“No me dejará mentir compadre, insistí, el toreo es un acontecimiento, pintado de hirientes colores, que la memoria se resiste a olvidar una vez que se permitió que se grabara en ella. Y asalta por la multiplicidad de imágenes, y conmueve por la severa eficiencia con la que convence”.
Ligero cual liebre retozona entre arbustos y matorrales derroché palabras y más palabras. -“Y creo compadre, continué diciendo, que el toreo es un fenómeno sensual en el que el sudor frío estremece. Tan es así compadre que, cuando retrocedo a mi pasado, un pasado que no tiene reposo pues aún se agita apareciendo en una nueva impresión, viene a mi mente aquella primera vez que sudé frío admirando los giros y requiebros de los toreros que, en soberano deleite, se complacían burlando las violentas embestidas de los pitones blancos, los ojos saltones y los hocicos cerrados de las pujantes bestias”.
Impresionado por la locuacidad de mi actitud, mi compadre, raramente sereno, tuvo a bien preguntarme: ¿a poco recuerda aquella primera vez? -“Desde luego que la recuerdo querido compadre. Y sepa que al recordarla mis extremidades vuelven a flaquear, como aquella primera vez. Y hasta me emociono, lo dije entre los sorbos bailones que denotan entusiasmo, cuando rememoro aquel brusco instante en el que los labios finísimos del arte escénico del toreo besaron mi frente y selló mi alma. ¿Cómo podría olvidar aquella primera vez compadre?”.
El remate lo canté como se cantan las victorias: -“Sí querido compadre, dije, el toreo es un violento arte escénico semejante al prodigio de un novedoso universo en expansión”.

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