24 julio, 2021

LA HISTORIA DEL TOREO NO ES EL CÚMULO DE RUINAS AMONTONADAS DE GLORIAS Y ESPLENDORES.

ARRASTRE LENTO… La noche del lunes, antes de cumplir la cita diaria con el sueño, y teniendo en el fondo de la mente las imágenes, frescas aún, de la corrida en la que lució espectacularmente Fabián Barba, aparté el libro que protestaba por la ligereza con la que apenas si le prestaba atención, me incliné sobre la almohada… cerré los ojos… y me vi en un tapanco al que había subido trepándome sobre peldaños chismosos y chillantes.

ARRASTRE LENTO… La noche del lunes, antes de cumplir la cita diaria con el sueño, y teniendo en el fondo de la mente las imágenes, frescas aún, de la corrida en la que lució espectacularmente Fabián Barba, aparté el libro que protestaba por la ligereza con la que apenas si le prestaba atención, me incliné sobre la almohada… cerré los ojos… y me vi en un tapanco al que había subido trepándome sobre peldaños chismosos y chillantes.
A donde volteaba veía rostros, conocidos unos, y adivinados otros, que parecían bailar junto a sus anécdotas. Los rostros que más me llamaron la atención, luego de haberlos identificado, fueron aquellos en los que se unían la antigüedad con el interés. Cuántos rostros conocidos. A la gran mayoría nunca los vi torear, pero los reconocía por haberlos visto en fotografías cuya tinta había sido absorbida por el tiempo.
Y me pareció que en muchas de ellas los labios gruesos de los personajes se movían preguntándome. ¿Me conoces a mí? Lacerado mi dignidad, y con el orgullo por los suelos, la despiadada vergüenza me hizo callar con grotesca solemnidad en la gran mayoría. A muchos no conocí. Conmocionado, yo que me creía autoridad en la materia, sentí pena de mi ignorancia, de mi incultura.
En el fondo escuché el timbre de una palabra tranquila y sosegada: “ven, -me dijo la voz que nunca supe de quién era- deja tu timidez y vayamos sin apresuramientos a caminar de la mano con la prepotente Historia, ella nos hará darle vueltas hacia atrás a la rueda vertiginosa de los años”.
Me sentí, aliviada mi angustia, en confianza, y más cuando al oído la voz me dijo -“Conocerás caras, y sabrás sus historias personales, esas que explican la adoración que les tuvieron los hombres”. Caminando, y volteando hacia los años que en armonioso vuelo desprendían luces y sombras, me sentí como un niño que, empezando a vivir, inicia un viaje lleno de asombro.
Mi idealismo extremista se escandalizaba al ver el gran cúmulo de vanidades pueriles colgadas de la pechera de los diestros héroes y mártires. Y por doquier había ruinas amontonadas de lo que fue su gloria y esplendor.
Sin intensión declarada hacía como que no miraba los rostros en los que se adivinaba una personalidad acomodable, pobre, insípida. Me cuativaban los rostros cuya aura delataba una personalidad vigorosa, recia, robusta, bien definida, siempre anexada a un historial de cortes precisos, de relieves perfectamente bien delineados.
Y la voz me decía – “fíjate en aquel rostro, en el verás la secuela de una luminosa trayctoria rectilínea, ascensional: su vida toda fue una prueba contundente, irrefutable”.
Y había rostros de verdaderos chiquillos que, pese al tiempo, aún conservaban el reflejo de una iniciación luminosa y rica pese a no haber alcanzado el culmen de la grandeza. Algo tenían de sobrehumano.
Y había rostros risueños a pesar de haber bebido en la copa en cuyo fondo se agazapaba la muerte. En los últimos rostros que vi se pintaba el gesto de elevación que gozoso, a pesar de la piel ensangrentada y las zapatillas rotas, acusaban el esfuerzo titánico de auto-superación. Los más felices parecían ser los rostros iluminados por la altura de sus propios ideales.
Cuando desperté una curiosa asociación de ideas me hizo estremecer al encontrarme con los rostros de José Guadalupe Adame, de Juan Pablo Sánchez, de Arturo Saldivar, de Fabián Barba, de Arturo Macías. Estoy seguro que perpetuarán sus rostros para que, despiertos, los miren las futuras generaciones.

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