20 septiembre, 2021

LA HISTORIA ES ¿LA DESCOMPOSICIÓN DE LOS TIEMPOS EN EL TOREO, O SU EVOLUCIÓN PROGRESIVA?.

ARRASTRE LENTO… Todo es cuestión de imaginación. Y hasta creo vivirla: ¡cuánta emoción se derivaría de la lidia –concretamente en España- de aquellos casi míticos torotes, con descomunales cabezas, y un comportamiento tan fiero que ni por asomo conocen las nuevas generaciones, a los que se enfrentaron los diestros que admiraron los papás de los abuelos que tenían a la escritura, único medio que existía, al margen de la pintura, para conservar la validez de las proezas de los toreros subordinados después del toro!

ARRASTRE LENTO… Todo es cuestión de imaginación. Y hasta creo vivirla: ¡cuánta emoción se derivaría de la lidia –concretamente en España- de aquellos casi míticos torotes, con descomunales cabezas, y un comportamiento tan fiero que ni por asomo conocen las nuevas generaciones, a los que se enfrentaron los diestros que admiraron los papás de los abuelos que tenían a la escritura, único medio que existía, al margen de la pintura, para conservar la validez de las proezas de los toreros subordinados después del toro!
La imaginación es artísticamente precisa. En ella supongo que la evaluación que hacían los espectadores de aquellos años debió ser tan seria que punzaba por estricta y rigurosa. En la juguetona imaginación me queda claro que, sometidos los tiempos a comparación, si hoy se lidiaran las pavorosas bestias que se mataban cuando los abuelos de mis abuelos eran niños, habría multitud de abortos en la lista de aspirantes a toreros.
La escritura fue el notario de la fidedigna historia taurina. Aún así, con tanto documento que refleja y reproduce los años pretéritos de la Fiesta, es posible perder la noción de los límites de lo verdadero y de lo falso. Sobre todo si se toma en cuenta que en la Fiesta siempre han existido mentiras legales, -las que gustan a quienes construyen mentiras totalitarias-, lo cual deja abierta la posibilidad de que el pasado, al que tanto ha manoseado la literatura, pueda ser una esplendorosa ficción impregnada de magia.
En lo personal le doy crédito al mitológico pasado. Y le basta a mi buena fe el fondo de una crónica del año 1874. La corrida se realizó en Madrid el 13 de julio: en ella participó el connotado Salvador Sánchez “Frascuelo”.
-“Primer toro –narra la reseña-; previos tres naturales, tres redondos, seis con la derecha, dos de telón y un cambio, mandó a rodar a “Rodao” con una soberana arrancando, que arrancó aplausos entusiastas, llenándose la arena de cigarrillos del estanco y sombreros”.
Con esas crónicas, tan escuetas y ausentes de los adjetivos, es difícil imaginarse el peso emocional que causaba la maestría del torero. Como fuese, la crónica se da por fiel.
-“Quinto toro. Brindó la muerte –Frascuelo- a Rafael Molina “Lagartijo”, que se hallaba en el palco 88. Salvador, sereno, valiente, fresco y ceñido, pasó a “Cantarillo” con cuatro naturales, tres con la derecha y cuatro cambiados, señalando un buen pinchazo en hueso, después del cual se dejó caer con un colosal volapié hasta los gavilanes que dio con el toro en tierra instantáneamente. “Lagartijo”, entusiasmado, y con el cariño que se le profesa a su compañero, se despojó de su magnífico reloj de oro, y envuelto en un pañuelo lo arrojó a “Frascuelo”. El público, frenético, colmó de aplausos al joven matador y le arrojó, durante largo tiempo, una nube de cigarros y sombreros, así como una buena petaca. ¡Todo se lo merecía Salvador!”.
Era el tipo de faenas de entonces. Faenas que helaban la sangre, y que transmitían al público escalofríos de emoción, y que se recordaban admirativamente durante años. Faenas que interesaban más que a la vista al corazón de espectador; y el aplauso no era bastante para exteriorizar el sobrecogedor efecto que se experimentaba. Ante esas faenas el público rugía y se congestionaba.
arrastrelento@gmail.com

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