24 julio, 2021

LA INCOMPRENSIÓN ES CIERTAMENTE UN ALARDE DESHUMANIZADO DE LOS AFICIONADOS Y TAURINOS.

ARRASTRE LENTO… Se la voy a contar tal cual y ocurrió. Ni le quito ni le pongo. En todo caso le sumo el coraje que sentí al vivir tan desagradable suceso. Y crea el caro lector que ni exagero, ni mis visones corresponden a las de un perturbado. ¡Aunque –alguien me decía- de lejos pareces, y de cerca ni duda cabe!

ARRASTRE LENTO… Se la voy a contar tal cual y ocurrió. Ni le quito ni le pongo. En todo caso le sumo el coraje que sentí al vivir tan desagradable suceso. Y crea el caro lector que ni exagero, ni mis visones corresponden a las de un perturbado. ¡Aunque –alguien me decía- de lejos pareces, y de cerca ni duda cabe!
El sábado pasado, platicando con taurinos, uno de ellos, a guisa de hacerse el simpático, cual dragón lanzando llamaradas de acidez incendiaria, y con su cola venenosa hundida en el pestilente carro de la mofa, se refirió a los toreros de Aguascalientes, concretamente a los que siguen batallando y soñando con su oportunidad ante la vida, describiéndolos, por el desánimo que según él acusan, como “huesos sin pulpa”.
Tan tristes los ve que, por su frágil figurilla, así lo dijo, “del buen pasto ayunan”. Su hiriente tono dejó un sabor de mal gusto, aunque no faltó quien celebrara la disparatada ocurrencia.
De pronto, incendiado por el sol del verano que puntual envía sus anticipados fulgores, puesto de pie, con el rostro, como el fuego, colorado, un contertulio, balbuceante de coraje, con la voz quedada entre los dientes, con retadoras palabras reprochó al torpe acusador: -¿”qué sabes tú del tormento que vive un torero, teniendo facultades, cuando no nadie les da toros ¡¡¡pedazo de excremento!!!? Y se retiró del lugar sin poder engañar el sofocante silencio que, invadiéndola, se adueñó del área.
Al burlón, petrificado, cual peregrino ausente por la fatiga, la huella visible de la vergüenza le perló la frente de sudor frío.
Y me vino a la mente lo que toreros de la vieja cuña –Javier Maceira, Manolo Durón, Manolo Urrutia, entre otros- nos decían a quienes apenas iniciábamos como aspirantes a novilleros. “No se aparten jamás de sus deseos, menos de sus ilusiones”. Sus apalabras tenían el efecto de la revelación.
Hoy lo entiendo. Sobre todo después de comprender a los toreros jóvenes que no se les ha dado el triunfo fuerte. Así es la vida: a veces los caminos del destino distan mucho de los personales. Inclusive, en ocasiones, cual astro que se pierde en la bruma de las sombras, los senderos se borran del panorama dejando al soñador en la más cruel de las perplejidades.
¿Qué aguas son las que brotan de la fuente de las ilusiones y los deseos que pese a beberlas con fruición nunca calman la sed? Por eso es admirable la templanza de los toreros que con resignación y prudencia, en el ejercicio de la tolerancia, saben concederle potestad al tiempo. Saben que no hay mal que dure cien años, ni cristiano que los aguante.
Y es que hay que conocer a los toreros en trance de mortificación, como cuando las empresas no les dan toros: sólo quien los conoce sabe que, consumiéndose en las entrañas del horno emocional, el humo concentrado es señal de fuego, y entre cenizas ardiendo late su corazón. Por eso me sorprendió el mal gusto del taurino que se refirió a la clase de toreros que tienen por aliada la tristeza. Como la tiene el soldado que al frente del batallón, pero sin entrar a la lluvia de la pólvora, no sabe cuándo se decidirá la refriega: ni puede hacerse para atrás, pues todo lo será menos un cobarde, ni tampoco puede dar un paso adelante pues no hay espacio para él en la contienda.
arrastrelento@gmail.com

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