24 julio, 2021

LA PASION, DAMA SOLITARIA QUE RECOGIENDO FLORES EN EL RUEDO HA VIVIDO EN AGUASCALIENTES, LE FALTA A LOS TIEMPOS MODERNOS.

ARRASTRE LENTO… Claro que los tiempos cambian. Al menos esa fue la conclusión que remató la amena charla nocturna –de ayer- que como imborrable hábito suelo sostener con mis compañeros de oficio. Le parchamos al globo terráqueo las ponchaduras por donde se fuga el aire de la gracia torera. Claro que los tiempos cambian.

ARRASTRE LENTO… Claro que los tiempos cambian. Al menos esa fue la conclusión que remató la amena charla nocturna –de ayer- que como imborrable hábito suelo sostener con mis compañeros de oficio. Le parchamos al globo terráqueo las ponchaduras por donde se fuga el aire de la gracia torera. Claro que los tiempos cambian.
Confieso que, la de anoche, en el lugar de siempre, fue de una de esas sesiones en las que escuchar se convierte en deleite. Mi compadre, que inspirado como pocas ocasiones estaba, fue el centro de donde manaba la palabra. Por eso me caen bien charlistas talentosos que acusan cierto cariz de locura, y me caen bien porque cuando hablan no hay a quien de los oyentes no inspiren. Y como mi compadre se refirió a una época gloriosa del toreo en Aguascalientes, quienes la vivieron, –por suerte me tocó la parte final de ella- al rememorarla miraron y remiraron el largo espacio en el que la intensa flama del romanticismo iluminaba, incendiándola, la atmósfera que envolvía a la pequeña capital.
“Hoy, dijo mi compadre, hay muy buenos toreros, de suyo interesantes, nacidos en Aguascalientes, pero su aparición no se narró con el dulce verso y la grave prosa del romance. Los toreros que vienen agitando el ánimo de los aficionados tienen otra textura social. Y es que…”.
“…al terminar la década de los años cuarenta- del siglo pasado- Aguascalientes vivía en calma: su alegría taurina no sospechaba que al clarear el alba un gozoso estremecimiento habría de sacudirla con reverente violencia. En sus entrañas misma con sigilo se gestaba el ardoroso parto que convulsionaría la serena sociedad que tranquila se dedicaba a las labores del bordado”.
Y siguió mi compadre. “La armonía provinciana que antecede a la tormenta se eclipsó insospechadamente cuando un chaval, sin nombre ni historia, delante de un toro habría de transformar el noble terraplén de un suelo que sin montañas que lo anticipara, con asombro vio irrumpir el candente volcán que hoy prestigia honrosamente a la ciudad”.
“Así, de la noche a la mañana, – continuó narrando la voz con aires de solemnidad, la enclenque figura del anónimo soñador que, venido del Distrito Federal, cargado de necesidades e ilusiones, y después de su heroica gesta se convirtió en pilar gigante de la nombradía de la región, modificó la contextura taurina de la tierra de la gente noble que nunca había supuesto que la apasionada entrega de un hombre a sus ideales volvería locos de entusiasmo a una comunidad”.
Hablaba mi compadre de Rafael Rodríguez, torero cuya patente no han podido borrar ni las agresivas aguas del tiempo.
¡Los tiempos cambian!
De ahí que se pueda decir sin peligro de errar que aquellos tiempos, que fueron únicos, no los recompone ni quien los mire con la nostalgia viva. Quedaron para la historia que nadie, a pesar de las rachas y de los soplos rebeldes, podrá extinguir.
“No fue, con timbre sereno lo explicaba mi compadre, una llamarada la aparición del “Volcán”, ni fue un chispazo genialmente fugaz la imprevista cuanto rauda y violenta aparición de ese fenomenal torero que encendió los fuegos del entusiasmo social a tal grado que hoy, a pesar de los años que han pasado, goza de la cálida temperatura con el recuerdo ardoroso”.
“Por eso digo que, pese a sus virtudes e indudable valía, los jóvenes toreros locales que hoy son admirados con graciosa devoción, no han convulsionado a la sociedad como lo hizo aquel que pese a su insignificancia primeriza signó una excepcional época ¡romántica! que ni se podrá olvidar, ni ha dado lugar a otra similar. Los tiempos cambian. Cierto. Ahora los toreros modernos, -hablo de los que nacieron en esta tierra que, pese a la atroz sequía que la flagela, pierde sus húmedos aires -las aguas termales, ¡agotadas! le quedarán hasta siempre- lindamente provincianos. Y cierto es que, siendo admirados los toreros modernos, no han logrado convulsionar como lo hizo aquél que, siendo volcán, con su lava anegó de pasión a la Fiesta mexicana.
Y, aunque venera la afición a sus paisanos triunfadores puesto que valen, en la charla de taberna se sigue invocando aquellos tiempos en los que la aparición de un rayo que, como Rafael Rodríguez, espantó a las tinieblas que hoy, curiosamente, espantan a los aficionados que se niegan a ver lo que aún queda de maravilloso al toreo. ¡Los tiempos cambian!

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