¡LA PEREGRINACIÓN ES TAN LARGA, Y LA VELA TAN CORTA….!

ARRASTRE LENTO… Aún estando vacía de espectadores la plaza San Marcos es para admirarse. ¡Cuántos espíritus se han tranquilizado en su serena quietud! La simpleza del cuerpo del coso no delata la grandeza de su propia sencillez, y en secreto se ufana de su condición. Lo cierto es que luce primorosa en su inadvertencia, y que a la dignidad de la plaza le va bien su silenciosa humildad.
Mirémosla: alegre y modesta por naturaleza, íntima, secreta, sumisa al respeto cariñoso de la antigüedad. Siempre dispuesta a tolerar el maltrato de la indiferencia, siempre atenta al caprichoso llamado de la historia. Sus columnas desnudas de adornos han dialogado con el tiempo, y sus gradas, sin aspiraciones principescas, convertidas en trono, siendo elocuente testimonio de su regia espiritualidad, fortalecen a la desdentada vejez de los sentimientos románticos, y seducen a la envilecida frivolidad de la juventud.
La he mirado hasta el cansancio, y me consta que la centenaria plaza coquetea con los años. A pesar de su edad, y conservando la altivez del enamorado, sorprende a los taurinos pues por sus vetustos adobes chorrean torrentes de recuerdos, y en sus viejos aldabones rechina el brioso timbre de la ilusión en fuga. Cómo no asombrarse si transpira fragancias de beldad en primavera.
Y fueron sus columnas desnudas de adornos, ellas que han visto tanto, las que me hablaron de la prudencia. Contemplándolas recordé lo que el Copita, apoderado del mítico Currito de la Cruz, le dijo a la incipiente figura cuando empezó a despilfarrar sus capitales: “La peregrinación es tan larga, y la vela tan corta”.
Y me vino a la mente, obedeciendo el mandato antiguo de la plaza, la gran cantidad de toreros que han triunfado fuerte en ella, pero que a la postre se volatilizaron como el aroma del verano.
Hoy Aguascalientes parece contar con un nuevo ídolo: Gerardo Adame. Me quedé reflexionando en ello. Fueron las gradas y las columnas de la plaza la alfombra mental sobre las que se posaron mis ideas. Me pregunté: ¿No estoy vagabundeando en terrenos nebulosos, tomando precipitados arranques de admiración a un torero que, a pesar de los grandes triunfos que ha obtenido aquí y allá, está en la alborada de su amanecer?
De nuevo me sorprendió el argumento del Copita: “La peregrinación es tan larga, y la vela tan corta…”
También recordé, acaso porque lo viví con sorprendente intensidad, que la prematura adulación a los toreros principiantes los ha llevado por senderos resbaladizos, retorcidos, lleno de vaguedades y envilecimientos, argumentos que tan sólo pueden engendrar tropiezos y descalabros. Crea el lector que, acaso como la muda observación de las columnas y las gradas de la plaza San Marcos, mis ojos han visto una gran cantidad de actos luminosos que han terminado en la tragedia del olvido. Pluga a Dios que no se repita el hecho.
A pesar de lo cual, y porque me lo sugieren las gradas y las columnas de la San Marcos, -que tanto han visto sin presumirlo- hay algo en los toreros de mi tierra que me mueve a seguir creyendo en ellos.

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