24 julio, 2021

LA RAZÓN DE PAQUIRRI…

Cuando el Marqués de Santa Coloma adquirió de Fernando Parladé, a principios del siglo pasado, una porción de la ganadería de la Viuda de Murube, inició una línea de bravo que hoy, parece caer de la gracia entre muchos de los que matan toros de lidia. A la sangre original de Ibarra, el noble criador decidió cruzarla con Saltillo, porque la consideró “demasiado suave” –según los relatos de la época-.

Cuando el Marqués de Santa Coloma adquirió de Fernando Parladé, a principios del siglo pasado, una porción de la ganadería de la Viuda de Murube, inició una línea de bravo que hoy, parece caer de la gracia entre muchos de los que matan toros de lidia. A la sangre original de Ibarra, el noble criador decidió cruzarla con Saltillo, porque la consideró “demasiado suave” –según los relatos de la época-. Del empadre nacieron toros de pelaje negro y cárdeno, bien cortados y con encornaduras que hemos dado en llamar “asaltilladas”, -alargados pitones que van hacia arriba y hacia atrás-. De esa sangre provino la dehesa del Marqués de Albaserrada, hermano del fundador del encaste, que a su vez dio cimiente a la que esta tarde se ha corrido en Las Ventas, bajo la denominación de José Escolar, dehesa hermana de otras muy triunfadoras, como es el caso concreto de Victorino Martín. Sólo que en la de hoy, el encaste de Santa Coloma resultó más para el público que para los toreros, que de haberlo sabido habrían retomado aquella expresión que el malogrado Francisco Rivera, “Paquirri”, hiciera en la población aragonesa de Alcañiz cuando se vio anunciado con un encierro de Coquilla, de procedencia Santa Coloma: “O quitan a esos toros del cartel, o me quitan a mí”…
Y es que el peligro del toro en la plaza, siempre será uno de los factores que los aficionados deben valorar para juzgar a un torero. Pero cuando ese peligro, representado también de manera exterior en el trapío del animal, se mal interpreta y subyuga a los tendidos hasta el grado de no ver sus defectos, les hace aplaudir lo que no lo merece, y resulta entonces en injusticia para el torero y demérito de una fiesta que hoy como nunca, en España, adolece de la falta de bravura y de raza, condiciones a las que, por desgracia, ya nos hemos mal acostumbrado en México.
En poco menos de dos horas –algo inusual en Madrid- se lidiaron y mataron seis toros en tipo de Santa Coloma. Cárdenos, bien armados, “asaltillados” diríamos en la jerga, que en general no cumplieron con los caballos y pusieron en apuros a sus matadores. Los astados, con sordo peligro, se hicieron del ruedo en todos los terrenos y no dejaron estar en paz a ninguno de sus lidiadores, excepto a los de a caballo, que no pusieron en riesgo de perder la montura.
El primero tuvo raza. Fue el único que tomó tres puyas y que, de principio, parecía que peleaba con su matador, murciano de origen que había brindado la lidia a los damnificados del temblor de ayer. Rafaelillo le dio las tablas al inicio de la faena y el toro, por resulta, desarrolló bastante genio en aquella zona donde se sentía aún más protegido.
Buscaba al torero, al que pocos pases le permitió cuajar limpios porque tiraba la cornada, se revolvía en un palmo de terreno e intentaba alcanzarlo. Tres veces pudo hacerlo: la primera, cuando se olvidó del engaño y de forma directa se lanzó contra del matador; la segunda, en un derrote seco a la espalda en que le rompió la unión del lateral y el posterior de la casaca, que como el resto del terno era de la “aguja” en nazareno y oro, y la tercera en un intento de igualarlo para entrar a matar. Como tardó en morir, y se erró en los golpes para descabellar, la gente tomó partido por el trapío del toro y mal interpretó lo enrazado con la bravura y se dio en despedirlo con aplausos, a mi entender exagerados, tanto como los pitos dedicados al que se la había jugado en el ruedo. En el segundo se repitió la historia. De impecable presencia, su “mucha plaza” hizo que le aplaudieran de salida, Era un cromo de cárdeno con impresionantes pitones cuya medida en belleza fue similar al peligro que desarrolló desde los primeros lances. En banderillas cazó a la cuadrilla y las hizo ver mal, cuando en realidad hicieron lo único que podría exigirse: salir lo mejor librado, y con eficiencia, del momento como lo hizo José Mora, de azul y plata. Rafael volvió a arriesgar con la muleta. El animal lo cazaba, se le ponía por delante y le tiraba las cornadas buscándole los tobillos. Lo probó con la izquierda, y debió reconsiderarlo ante las condiciones del toro. El público, a mi parecer, volvió a tomar partido por el astado y pitó al torero cuya única forma de recibir aplausos hubiera sido dejándose pegar la cornada.
Fernando Robleño ha declarado que no tuvo toro. El primero tomó bien el capote, encuentro rematado con una larga. Abrigadas esperanzas, se acabaron tan pronto fue al caballo y comenzó a mostrar su mansedumbre. A partir de ahí, todo fue defenderse. Cabe reconocer que Robleño, dispuesto y con ganas de hacer las cosas como sus alternantes, se metió a sus terrenos y logró con valor darle algunos pases que no fueron ligados ni del todo limpios. A diferencia de Rafael, a quien creo que le exigieron conocedores de su espartano valor, no sólo omitieron criticarle sino que le aplaudieron en algunas zonas del tendido. Su segundo fue un crucigrama que no resolvió. Comenzó doblándose en tablas tratando de meterlo en la muleta, pero el toro no tenía un solo pase. Midiendo siempre lo que hacía su lidiador, simplemente rehusó pelear. Lo mató al segundo intento y, de nuevo, el indulgente y contrastante aficionado madrileño le aplaudió su labor.
Finalmente, Alberto Aguilar aguantó los secos derrotes que por ambos lados le tiró el primero de su lote durante toda la faena. En uno de ellos, por el izquierdo, casi le arranca la cabeza. Se la jugó el madrileño buscando ligarle dos muletazos que no consiguió. El silencio premió su esfuerzo. El que cerró plaza, con un par de agujas en el diamante del pitón, adoleció de casta y bravura. No pasaba por la muleta, se quedaba tirando derrotes y sin darle facilidad alguna al torero que de nuevo, escuchó silencio después de matarlo.
No hay mucho que escribir de un festejo que no pasará a la historia, salvo porque fue dedicado a los murcianos, en especial de Lorca, que padecieron un evento sísmico. Por lo demás, habrá que darle crédito a Paquirri en su desconfianza con la casta de Santa Coloma, en la vertiente de Albaserrada, cuando se negó a matar una corrida en la que debió tener fundados temores de que fuera como la de hoy… mala y de malas.

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