¡LA ÚLTIMA Y NOS VAMOS,… A LA MONUMENTAL!

ARRASTRE LENTO… Un viejo amigo, aficionado de muchos ayeres, un tipo alegre que entre otros atributos cuenta con el de prolongar su desenfadada sobrevivencia a través del tumulto de palabras folclóricas e inofensivas, en uno de esos fortuitos encuentros en los que la plática de esquina termina por encandilar el alma con la luminosidad del chascarrillo fácil y oportuno, a manera de saludo, me espetó ayer a la cara: -“¡La última y nos vamos!”-.
El asombro declarado en mi rostro le hizo guardar un breve silencio que fue roto cuando le comenté un tanto turbado que a esas horas, casi las siete de la mañana, que es cuando salgo a la calle para trotar con aires atléticos, no le entro al chupe.
Lo que dije le pareció un soberano disparate pues mis palabras fueron festejadas con una buena dosis de risas anti solemnes. –”Lo que quiero decir es que la del domingo es la última novillada en la San Marcos, y luego nos vamos a la Monumental a la Feria”-.
Lo cierto es que la pintoresca personalidad de mi amigo se dibuja en sus expresiones. –”Qué barbaridad tan bárbara, –dijo el pícaro y develado trasnochador que tenía enfrente- no puede ser que tan bonito coso no vuelva a abrir sus puertas sino hasta dentro de nueve meses, ¡qué desperdicio de plaza”.
¡Vaya que tiene razón mi amigo!
Recuerdo que, apenas el mes pasado, el amigo de marras me invitó a su casa a festejar el cumpleaños de su esposa. En la animada celebración me desconcertó que fuera ella la que, cansada de la ruinosa galanura del desordenado vivir de mi amigo, reconociera con el dulce acento de la resignación mal disfrazada, que todo le puede prohibir a su amado, menos impedirle que hiciera acto de presencia a las plazas de toros cuando hay funciones taurinas.
-“José, me dijo en la cena, tú que eres cuate de la empresa diles, aunque no te hagan caso, pero por lo menos que te escuchen, que compren tunas y no mameyes; la verdad es que me parece que al cerrar tantos meses la San Marcos, ideal escenario para dar un chorro de festejos, se comete una colosal e irrespetuosa irreverencia a la vocación de servicio del viejo coso”.
En la sobremesa fue cuando casi me desternillo de risa: -:¡Vieja, alardeó mi amigo acentuado el fingido don de mando, tráigase la botella que me regalo mi jefa –su mamá-, ah, que vieja tan chula, tú escuchaste cuando me dijo que para vivir en paz hay que amar a nuestros enemigos, eso dijo ¿verdad?, pues hay que hacerle caso”-.
Sin maltrato, y siguiéndole la corriente a su marido, la cumpleañera, cuando puso en la mesa la mentada botella, con el más tierno de los cariños tan sólo le recriminó –”eres un bribón y un sinvergüenza, ¿desde cuándo el vino y las mujeres son tus enemigos?, porque, cómo los quieres”-.
Lo bueno fue que con credenciales de cortesía la señora terminó su arenga tan divertida: -“Así amas a la Fiesta de toros, con esa intensidad tan loca que en cuanto dices lo que no te gusta porque contradice la ortodoxia te echas en cara a muchos que parecen odiarte por la despiadada crudeza con la que hablas, ¡mejor deberías callarte!”-
-“Vieja, -se sobrepuso mi amigo a los efectos de la puntilla que le había dado a su agraciada consorte- tú sabes que la empresa miente, por eso no le creo sus injustificable proceder de no dar festejos durante nueve meses. Pero en fin, así es esto”-.
-“Tienes razón vieja, ya me voy a callar”- fue lo que dijo mi amigo. Pero el silencio nos dejó escuchar su claro murmullo: -“no sé por qué pero me acuerdo cuando un ciego veía la sombra de un toro, y un sordo escuchaba los mugidos de la res, el colmo fue cuando un cojo le dio a entender a señas al sordo, y a voces al ciego, que él, el cojo, agarraría a patadas a los dos por mentirosos”.
-“¡Así la empresa!, verdad vieja”-.

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