LIDIANDO ASTADOS FALTOS DE TRAPIO SE EXTRANGULA LA FIGURA RETORCIDA DE LA PRESUNTA CATEGORÍA DE LA PLAZA MONUMENTAL.

ARRASTRE LENTO… Eran alrededor de las cinco de la tarde –del pasado viernes-. El toldo de nubes sucias sobre la ciudad desalentaba la idea de ir a la plaza Monumental a ver la alternativa de Gerardo Adame y la reaparición de Arturo Macías, paisanos que al lado de Miguel Ángel Perera le daban al cartel un atractivo motivante.
El telón gris, por la imaginable macicez de su construcción, se me hacía odioso. Pero más odioso me parecía por su terquedad para no irse y permanecer encima de nuestras cabezas. Al verlo con la seguridad desafiante con la que se alzaba cual insulto para el taurino, me parecía tan necio como el torero viejo que es incapaz de mirarse en un espejo para ver la extravagancia de su lamentable deterioro.
Eran casi las seis de la tarde y todavía en el cielo se miraba la nube que en mucho me evocaba a los toreros antañones que por su improductiva veteranía se parecen a los edificios anacrónicos que son objeto de burla y desprecio. Y como las ráfagas violentas del viento tampoco inspiraban, creí que la plaza habría de mostrarse vacía. Lo cierto es que en el ambiente se vislumbraban tintes chocantes.
En consecuencia, a la tarde se le añadió el matiz de esas nubes abigarradas y sucias que, pese a su amenaza formal, nunca llegan a desatar tormenta. Tampoco en el ruedo, pese al augurio del diluvio vaticinado por la contextura del arte, hubo inundaciones espectaculares.
No por eso puedo negar que hubo considerables desprendimientos de gotas de arte y emoción, las suficientes como para estimar que serán suficientes como para hacer multiplicar los frutos y sembradíos de esperanza en el futuro de Gerardo Adame y Arturo Macías.
Lo curioso del caso, siendo este el motivo de la presente columna, es que, como quien despierta de un insomnio mal atendido por el caprichoso sueño que nunca llega, me estremeció el clamor con el que el gentío, con repudio latente, protestaba por la escasa presencia del segundo de la tarde. El cielo se pintó de un rojo incendiario, lava del volcán de coraje del aficionado que no le gusta que le den atole con el dedo.
Viendo el cielo nada claro, y el repudio de la parroquia enfurecida, sentí el escozor que se experimenta cuando se mira un asesinato a mansalva. Creí que con su tolerancia el señor Juez, desentendiéndose de la evidente falta de trapío del astado –y de varios que han salido al ruedo en el presente ciclo feria- estrangulaba la figura retorcida de nuestra presunta categoría de la plaza. No se puede negar el canon tan toscamente.
En fin, cuando eso sucedía –la rechifla y el brioso reclamo colectivo-preguntándome porqué cuesta tanto trabajo armonizar la fina presencia del toro –trapío- con la seriedad de una plaza de primera categoría, volví a mirar al cielo y me pareció como esas nubes que cual sapos mal humorados, se inflan y desinflan ante las amenazas pueriles de quien trata la solera, el respeto y la categoría como un niño que le tira piedras a las ranas.
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