16 septiembre, 2021

¡LOQUERO, DAME MAS LOCOS QUE LOS CUERDOS NO SIRVEN PARA NADA, VAMOS, QUE NI LLENAN LAS PLAZAS!

ARRASTRE LENTO… ¿Pero es que acaso ya no hay locos que sin que se les quiebre el mecanismo del cerebro, y cansados de vivir en las partes pestilentes de las grandes urbes, sueñen con la ilusión de construirse un palacio regio que sea envidia de los que nunca pierden el juicio?

ARRASTRE LENTO… ¿Pero es que acaso ya no hay locos que sin que se les quiebre el mecanismo del cerebro, y cansados de vivir en las partes pestilentes de las grandes urbes, sueñen con la ilusión de construirse un palacio regio que sea envidia de los que nunca pierden el juicio?
Seguramente alguien por ahí tendrá la impresión de que el toreo es una actividad tan alucinante que pareciera estar muy por encima de la prudencia del hombre. Inclusive habrá quien afirme, categórico, que las condiciones que requiere un “anhelante de hacerse uno con la magia misteriosa de la tauromaquia”, como los sueños y las ilusiones se hacen con el azul del firmamento, son de carácter sobrehumano.
Las disparatadas versiones de los que sopesan y evalúan las características de quienes muestran inclinación al toreo llegan a tal grado que, en su extremo polar, afirman que en ellos existe una patológica sintomatología de locura. En concreto, para sentir y amar el toreo, dicen, es indispensable cierto aire y vena de locura.
Si bien reconozco que el toreo es una profesión –de alto riesgo- difícil de comprender, y más difícil aún de abrazar, también entiendo que es una manifestación tan humana que trasladarla al plano de lo enajenante es una deslealtad a la misma condición de hombre. Y es que, quede claro para entendidos y profanos, el toreo es una actividad tan humana que, para realizarla con virtuosismo y entendimiento, se requiere del sustento de las cualidades que dan categoría superior a cualquier proyecto que se perfile hacia los mágicos perfiles del arte.
Lo cierto es que quien no goce del privilegio de ser un heredero gratuito de la dádiva misteriosa de los duendes, y no posea aptitud física, inteligencia, valor, sentimiento, y sobre todo un elevado concepto del compromiso y honradez -¿eso es estar loco?- sencillamente no podrá aspirar a ingresar a la dichosa elite de los dioses mortales del toreo.
Cierto es que, como factor inicial, el hombre necesita estar dotado de vocación, toda vez que ésta es la premisa necesaria para que el ser humano cumpla con su proyecto de vida ciertamente predestinado. Sí, la vocación torera es algo así como el pasaporte para ingresar al universo en el que no puede traicionarse la inclinación a la búsqueda de una gloria que, cuando se alcanza, eleva de categoría de manera tan suntuosa que, a través de ella, el soñador puede encontrar la cabal satisfacción de su ideal taurino.
Hace poco escuché decir a un poeta y torero, demasiado poeta para ser toreo, y demasiado cuerdo para ser loco, que la noche es una anciana con cara de color de los cabellos: el poeta confirmó que al espectáculo actual del toreo mexicano lo recubren cabelleras oscuras: el toreo aseveró que el toreo mexicano luce tan anciano que ya lo recubren las nubes que nos logran impactar por carecer de formas extravagantes y torcidas.
Algo ha pasado que el espectáculo del toreo mexicano vive en el más grande desaire popular, tanto que parece imposible la renovación de públicos y aficionados. ¿Verdad plaza México? ¿Verdad Guadalajara?
Y es que, acaso también suceda en mi linda Aguascalientes, hacen falta locos, pero no como aquellos que hacen gestos sin sentido, monstruosos y hasta obscenos. No. Falta hacen los locos que con la lengua en silencio, y los ojos en sus cuencas, hagan perder el juicio a los espectadores que parecen vivir en un mundo tenebroso por falta de la genial locura de los privilegiados.
¿Loquero, dame más locos que sepan vestirse de toreros!

Deja un comentario