24 julio, 2021

LOS AFICIONADOS SERIOS PUGNAN POR LA RESPETUOSA PRESENCIA DE LOS TOROS A LIDIAR EN EL PRÓXIMO SERIAL.

ARRASTRE LENTO… Cuánta emoción se derivaría de la lidia de aquellos toros –ocurrida en 1870, y que hoy equivaldrían al término equiparable de torotes- con descomunales cabezas, y con un comportamiento más fiero que el que conocen las nuevas generaciones, a los que se enfrentaron los diestros que admiraron los papás de nuestros abuelos.

ARRASTRE LENTO… Cuánta emoción se derivaría de la lidia de aquellos toros –ocurrida en 1870, y que hoy equivaldrían al término equiparable de torotes- con descomunales cabezas, y con un comportamiento más fiero que el que conocen las nuevas generaciones, a los que se enfrentaron los diestros que admiraron los papás de nuestros abuelos.
La evaluación que hacían los espectadores debió ser tan seria que, conforme al esquema de valores que establecían jerarquías y rangos, era considerada como la más rigurosa y estricta. Gracias a la escritura, único medio que existía para conservar la validez de las proezas de los toreros, podemos entender que los diestros de antaño despertaban descomunal admiración, simpatía y respeto.
Tan desproporcionados parecen los tiempos que, se afirma, más con dolosa intensión de mortificar a los modernos profesionales en el arte de Cúchares que otra cosa, si hoy se lidiaran aquellas bestias que se toreaban cuando los abuelos de mis abuelos eran niños, habría multitud de abortos en las filas de la torería actual.
Aún así, con tanto documento que refleja la realidad de aquellos pretéritos años de la Fiesta, es posible perder la noción de los límites de lo verdadero y lo falso. Ahora que…
Ahora que, -“ojo”- la cautela impone moderación en los juicios actuales toda vez que –¡y que quede claro!- en la Fiesta siempre han existido mentiras legales, esas que gustan tanto a quienes construyen mentiras totalitarias, lo cual deja abierta la posibilidad de que en el pasado, al que tanto ha manoseado la literatura, se hayan incrustado elementos que edificaron una realidad que pudiera ser una esplendorosa ficción de impregnada magia y romanticismo.
No es para fomentar un asombroso escándalo, pero pudiera ser que éste se dimensionara a proporciones injustas cuando las voces de los adoradores del pasado toman la palabra. Lamentablemente tienen a las juventudes toreras actuales -2011- tan minimizadas que las consideran como objeto de una demagogia desenfrenada.
Lo cierto es que en la actualidad resulta difícil imaginarse el peso emocional que causaba la maestría de la figura de aquellos años. Para medio darnos una idea me parece sano referirme a una crónica de 1874. La corrida se realizó el 13 de julio de dicho año, en Madrid, y en ella participó el connotado Salvador Sánchez “Frascuelo”. Primer toro, narra la reseña: “Previos tres naturales a la catedral con cuernos, tres redondos, seis con la derecha, dos de telón, y un cambiado, mandó rodar a “Rodao” con una soberana arrancando, que arrancó los aplausos más entusiastas en mucho tiempo, llenándose la arena de cigarrillos del estanco y sombreros”.
El autor de la crónica –F. Borrel- consigna que esa era el tipo de faena de los matadores de entonces. Faena, se apunta con celo literario, que “helaban la sangre, faenas que transmitían al público escalofríos de emoción, y que se recordaban admirativamente durante años. ¡Oh tiempos del toreo trágico, en que “Lagartijo” y “Frascuelo” se entregan con alma y vida, y no como industriales”.
“En esas faenas, agrega el expositor, se interesaba más que a la vista, al corazón del espectador, y el aplauso era bastante para exteriorizar el sobrecogedor efecto que se experimentaba. Ante esos alardes, ante ¡descomunales bestias! el pueblo rugía, y se congestionaba”.
Dicho lo anterior, el lector coincidirá con los aficionados que, de la manera más ecuánime y objetiva, pugna por el respeto a la presencia de los astados que se lidiarán en el ya inminente ciclo ferial. Cierto, ayer y hoy el toro es el principal aportador de las grandes emociones. arrastrelento@gmail.com

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