24 julio, 2021

LOS CHAVALITOS JUGANDO AL TORO SON TODO UN ESPECTÁCULO PARA EL ADULTO.

ARRASTRE LENTO… Los niños juegan: lo hacen intuitivamente. Es más, en mayor o menor medida, pero necesitan del juego. Lo cierto es que al niño que no juega porque las circunstancias no se lo permitieron le cuesta trabajo comprenderse a sí mismo en sus progresivas etapas de crecimiento. El juego en el niño, por tanto, es un estado dentro de un proceso natural de equipamiento para el desarrollo normal del ser humano. Queda claro entonces que el juego es un derecho vital del niño.

ARRASTRE LENTO… Los niños juegan: lo hacen intuitivamente. Es más, en mayor o menor medida, pero necesitan del juego. Lo cierto es que al niño que no juega porque las circunstancias no se lo permitieron le cuesta trabajo comprenderse a sí mismo en sus progresivas etapas de crecimiento. El juego en el niño, por tanto, es un estado dentro de un proceso natural de equipamiento para el desarrollo normal del ser humano. Queda claro entonces que el juego es un derecho vital del niño.
Lo curioso del caso es que el adulto, creyendo saber lo que es bueno o malo para el infante, arbitraria y caprichosamente le permite o le priva de experiencias y episodios concesionados unilateralmente. Es un hecho indubitable que al niño le conceden jugar libremente bajo la doble dependencia de la herencia y del entorno: el papá doctor simpatiza con que su niño juegue al doctor; el futbolista nada le reprocha a su hijo que se divierte pateando la pelota tal y como lo hace papá. La niña juega a ser mamá, y con precipitado entusiasmo le imita el arreglo, las maneras y el comportamiento.
Todo es un juego, y en él el niño empieza a asimilar la naturaleza de sus deberes. Finalmente el niño, siendo observado de cerca, es todo un espectáculo cuando, ensimismado en su universo particular, se esmera en el juego que lo absorbe hasta ubicarlo en un mundo aparte.
Así las cosas, cómo no habría de sorprenderme viendo a niños de cuatro o cinco años jugando –imitándolos con inusual precisión y fidelidad- a ser torero. La verdad es que me conmueven tales chiquitines que no logran intuir el peligro y riesgo explícito que existe en el juego de los toreros adultos. Lo contundente es que el niño experimenta indescriptible gozo imitándolos. Y en su embeleso crea ilusiones y fantasías que se enredan en la estructura de su yo adulto.
Ya en otras ocasiones me había dado cuenta de la complacencia familiar cuando el hijo de un torero retoza alegremente con capotes y muletas. El hecho me parece por demás natural. Y me había divertido viendo al niño que le fue concedido el permiso para elegir libremente su propio juego; me había divertido el niño que se inclinó al juego de los toros; me había divertido viendo al niño que inconscientemente empezaba a experimentar, a partir de la imitación de los adultos, con las raíces de los valores familiares y sociales.
También me divirtieron los acabados rasgos del suavizado semblante de los adultos viendo al niño mezclarse precozmente con su universo -de los adultos-. Y tanto o más me divirtieron los endurecidos rostros de quienes con rígida austeridad de gestos lamentaban la posibilidad de que ocurriera, invitando al niño a convivir con los mayores, su virtual desintegración familiar.
Pero más me divierte el niño cuando está hecho de fresca espontaneidad, de juego, y de libertad. Y me divierte el niño que jugando a los toros, siendo verdadero niño, es caracterizado por la autenticidad infantil. Y me divierte el niño que, a pesar de su curiosidad e inclinación al juego de los toros, vive al amparo del mundo adulto.

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