24 julio, 2021

LOS MOZOS DE ESPADAS.

ARRASTRE LENTO… Seguramente el aficionado sabe que el mozo de estoques tiene un perfil entre mítico y bohemio que le es propio e irrenunciable. Estos colaboradores de utilería lejos de ser un simple sirviente que, aplicándose en el rigor del rito, supera el convencionalismo del acompañamiento y asume, atendiéndolas con suma eficacia, posiciones que no pueden omitirse en el gran teatro del toreo, es de cualquier aficionado sujeto conocido.

ARRASTRE LENTO… Seguramente el aficionado sabe que el mozo de estoques tiene un perfil entre mítico y bohemio que le es propio e irrenunciable. Estos colaboradores de utilería lejos de ser un simple sirviente que, aplicándose en el rigor del rito, supera el convencionalismo del acompañamiento y asume, atendiéndolas con suma eficacia, posiciones que no pueden omitirse en el gran teatro del toreo, es de cualquier aficionado sujeto conocido. Y no es, según las apariencias quien, luego de poner en las manos del diestro las armas para la lid, solamente recoge la ropa sucia para lavarla con el más fino champú de la discreción en casa. En función de su utilidad, el mozo de espadas es imprescindible. Es el mozo quien viste al príncipe de gala, y lo desviste al final de la función. Y es él quien escucha la callada oración del actor que, una vez liado el capote de seda y finos metales, sale a jugarse la vida.
En ocasiones se tornan personajes, y su humilde rol lo mutan en celebridades. Es él quien primero comprende lo que le ocurre al torero sobre el albero y, comprendiéndolo, le disculpa las flaquezas.
Es él quien, ante la violenta oleada de pitos, chillidos y reclamos, haciendo gala de la indulgencia, hija del optimismo y la esperanza, se muestra comprensivo con la hostilidad colectiva.
Es él quien, antes que nadie, obsequia la mejor de las sonrisas, benévolas y mira sensiblemente a través de cristales de bondad y consideración.
Es él quien, estando a una mínima distancia del escenario, se revela como apuntador y guía. Y es él quien en los instantes previos al compromiso, en los que cuesta trabajo conciliar el sueño, maneja en silencio la inquietud y el nerviosismo que secuestra el ánimo del torero. Se hace confidente del suplicio rigurosamente existencial. Finalmente, en los trances de apremio, es él quien empuja al torero al peligro en el ruedo, o bien con su mirada lo invita desistir del alarde excesivo en la temeridad y el arrojo.
Mil caras tiene el rostro del mozo de estoques. Y así lo identifica el aficionado: obstinadamente servicial, afectuosamente solidario, elocuentemente cómplice, religiosamente acompañante: amigo, consejero, paño de lágrimas, báculo en la flaqueza, dínamo en el aliento, crisol en el forjado, alfombra en el mal paso, auxiliar en el desfallecimiento. Sí, el mozo de espadas, a veces paramédico, a veces simple sastre y costurero remendón, desempeña una función tan diversificada que en los umbrales de la gloria a ésta la acaricia, y en el averno ardiente del fracaso con encendida resignación lo encapsula para tragarla con amargura.
Fino con el borde de los estoques, joyero con los avíos, artesano con las seda y el metal, recio ante la rabia de la fatalidad, resistente como el roble cuando el agotamiento y el cansancio hacen perder el equilibrio al torero en la cumbre, indulgente con el enfado y las exigencias de los públicos intolerantes, y tierno con el esfuerzo que pone de pie al desconcertado torero que en mala hora flaqueó.
Tranquilo en la tempestad, sereno en el desorden, ecuánime en la hostilidad, terapeuta en la sobreexcitación, y todo ello sin nunca olvidar la risa, muro contra las iras, algodón contra las impertinencias de los aduladores, el mozo de estoques, investido con modesta y sencilla librea nunca se marea en las alturas de la montaña rusa, ni se deprimir en las andanadas del suelo raso, prestando sus servicios tan ágilmente en el llano como en la altura de las nubes.
Fuera de la providencia, la actitud y personalidad del mozo de estoques, con sus aires entre maternales y paternos, resistiendo toda contradicción, son el alma oculta de los toreros en el ruedo. Y cosa curiosa, como muchas otras, tampoco, aunque mucho le salpique, nunca se empapa, puesto que no le corresponde, con la gloria de la cascada del triunfo.

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