1 agosto, 2021

LOS ROSTROS CAMBIAN DE EXPRESIÓN CUANDO HACEN PENITENCIA Y CUANDO HACEN EL TOREO.

ARRASTRE LENTO… Fue ayer cuando, por convención del calendario, se terminaron los carnavales a la mexicana; y es hoy cuando, envuelta en los oficios rituales de la piadosa liturgia, empieza la cuaresma. Días de carnaval, y días de cuaresma. ¡Vaya contraste!

ARRASTRE LENTO… Fue ayer cuando, por convención del calendario, se terminaron los carnavales a la mexicana; y es hoy cuando, envuelta en los oficios rituales de la piadosa liturgia, empieza la cuaresma. Días de carnaval, y días de cuaresma. ¡Vaya contraste!
Hablar de carnaval, jolgorio que incluye en nuestra época al toreo, y celebrado como reliquia histórica el domingo, lunes y martes de Quincuagésima, es hablar de desenfreno, de grotescas diversiones y mascaradas, de bacanales y excesos, es hablar, en resumidas cuentas, de un desenfreno total. Corresponde, según el espíritu primitivo que lo origina, a la gran juerga de los bestiarios.
De niño me impresionaba la solemnidad de la cuaresma, y por sensual, y hasta pecaminoso, me provocaba encontrados sentimientos el toreo. La primera me imponía respeto; el segundo me excitaba con ardiente pasión. En cuaresma tenía que olvidarme del toreo, y en carnaval mandaba al diablo a la cuaresma.
Pero había algo que con inexplicable asombro me divertía. Era el espectáculo de la metamorfosis de los rostros humanos. Después de verlas sonreír con dichosa algarabía, de un día para otros esas mismas caras risueñas se atiesaban mostrando punzante dolor espiritual. Esos rostros compungidos, y en actitud expiatoria, siendo los mismos, eran diferentes en carnaval. Lo cierto es que me divertía mirándolos.
No entendía la extraña devoción asumida con religiosa puntualidad por quienes en carnaval lucían el rostro abotagado del consuetudinario cervecero, y en cuaresma a las primeras de cambio entre quejumbres y lamentos de abstinencia exhibían los fingidos estragos de un ayuno obligado por el folclore litúrgico.
Y como –yo- era monaguillo, con la obligada seriedad del caso, aunque por dentro me desternillara de risa, me causaban un no sé qué de incertidumbre quienes acudían al templo a recibir las cenizas. La altanería quedaba humillada cuando a los devotos se les recodaba la insignificancia que los constituye ¡polvo eres, y en polvo te has de convertir! ¡Qué poca cosa! Una cosa que ayer reía, y hoy gime de arrepentimiento. ¡Vaya contraste!
Lo cierto es que con la íntima ufanía que les causaba a los feligreses la tiznada en la frente, la ceniza acercaba a los hombres a la devoción de los templos, a la abstinencia, a la mortificación, al olvido de las frivolidades. Las funciones de cine se suspendían, las estaciones de radio dejaban para otra programación el mambo y el chachachá, y el bolero. El chamuco entraba en receso. ¿Milagro?
Los rostros volvían a sonreír cuando los penitentes salían del suplicio cuaresmal. Al diablo los templos, el recogimiento, y el confesionario.
Aquellos rostros con inusitada pasión volvían a encandilarse con el lance de la verónica, magistral acto de amor realizado para limpiar el rostro de quien vino a confiarle al mundo que con medias verónicas, sentidos recortes, y graciosas revoleras se engaña al diablo de la vida. Y que con muletazos de rodillas, máxima expresión de la devoción, y realizando la cruz sobre el morrillo de la existencia, se mata y se burla a los pitones del diablo, se alcanza la plenitud de la vida, y se llega a la gloria del misticismo religiosamente taurino.

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