24 julio, 2021

MANZANARES Y CUVILLO, EN LA HISTORIA DE LA MAESTRANZA.

Queridos amigos, lo vivido ayer en la Real Maestranza sevillana, se sale de toda la rutina o excepcionalidad de una jornada taurina, de una tarde de toros.
Cuando a las 12 del medio día se celebró el sorteo, caía el agua a chuzos sobre la capital hispalense, el agua de una lluvia que se ha encaprichado con Sevilla, como un quinceañero se encapricha de su compañera de clase, y no la deja ni a sol ni a sombra. Pocos podían imaginar que a la hora mágica de la corrida, iba a lucir el sol en todo lo alto para convertir al río grande sevillano en una cinta brillante, de plata, que trataba de abrazar al templo del toreo, que es la Real Maestranza, temeroso de perderse algo de lo mucho que ayer sucedió en su interior.

Queridos amigos, lo vivido ayer en la Real Maestranza sevillana, se sale de toda la rutina o excepcionalidad de una jornada taurina, de una tarde de toros.
Cuando a las 12 del medio día se celebró el sorteo, caía el agua a chuzos sobre la capital hispalense, el agua de una lluvia que se ha encaprichado con Sevilla, como un quinceañero se encapricha de su compañera de clase, y no la deja ni a sol ni a sombra. Pocos podían imaginar que a la hora mágica de la corrida, iba a lucir el sol en todo lo alto para convertir al río grande sevillano en una cinta brillante, de plata, que trataba de abrazar al templo del toreo, que es la Real Maestranza, temeroso de perderse algo de lo mucho que ayer sucedió en su interior.
La tarde se presentaba con expectativas. Una plaza llena, con ganas de ver toros y con los ingredientes necesarios para conseguirlo. Ganado de Núñez del Cuvillo, que no venía a Sevilla desde el año 2007, cuando Morante se fue a la puerta de chiqueros la única vez que un servidor le ha visto hacerlo, y una terna compuesta por Julio Aparicio, Morante de la Puebla y José María Manzanares, tres toreros que a poco que le meta la cabeza un toro en la muleta, arman el taco.
Y fue Manzanares, el que estuvo tocado por la varita del arte, que tanto se aprecia en Sevilla.
Con Aparicio, se especuló días atrás con que no venia, y la realidad es que el paseíllo si lo hizo, pero poco mas, solo un quite de buenas verónicas, que dieron paso a tres mas y una media de ensueño, de un Morante de la Puebla, que a su primero, le enjareto unas buenas series con la derecha, que nos hicieron creer que aquello podía venirse arriba, pero no fue así y aquí se acabo la tarde de Morante, bueno, de Morante, de Aparicio y de todos los que hubiesen venido a continuación, pues cuando salió el tercero de la tarde, un toro Cuvillo, de buenas hechuras, negro mulato, de 500 kilos de peso, llamado “Arrojado” y marcado con el nº 217, cambio el rumbo de la tarde, de la feria y quién sabe si de la historia del toreo.
El quehacer de Manzanares y el del gran toro de Don Joaquín Niñez del Cuvillo, caminaron de la mano en los suaves lances con que se saludaron, en el excelente tercio de varas que protagonizo Chocolate o en los pares toreros y enrazados de Curro Javier. Después de esta preparación, Manzanares tomo la muleta en la diestra y personifico la elegancia, el temple y el buen gusto del toreo. La enrazada embestida de “Arrojado” se alió con la poderosa muleta, que le presentaba el alicantino, erguido y con una tranquilidad pasmosa. Los muletazos se sucedían, uno tras otro, despacio, barriendo el albero del coso del Baratillo. Los naturales, largos y templados brillaban con luz propia, la misma luz que reflejaba el Guadalquivir, esperando la aparición del torero por la Puerta del toreo. La Giralda, se empinaba, pareciendo más grande y esbelta, para no perderse un detalle de lo que estaba pasando. Todo esto, en medio de un silencio, solo roto por los acompasados olés de un público que no se sabía, si decantarse por la pureza del toreo del alicantino que quiso nacer en La Maestranza o por la bravura de un toro que vino de “El Grullo”, para no tardar en volver.
Cuando Manzanares, monto la espada para terminar la faena, la plaza se convirtió en un verdadero palomar blanco, solicitando el indulto del bravo toro de Cuvillo, un palomar que explotó de júbilo, cuando don Julián Salguero, asomo el pañuelo naranja en la barandilla del palco. Locura colectiva. La última vez que sucedió algo parecido en la Real Maestranza sevillana, fue el 12 de Octubre de 1965, cuando Rafael Astola, indultó a “Laborioso” un novillo de la ganadería de Albaserrada. Por supuesto las dos orejas simbólicas fueron el premio para el torero.
Cuando salió el sexto, la gente empujaba para que el triunfo de Manzanares se consumara No hacía falta, el torero no estaba dispuesto a dar una sola opción para que se le escapase esa Puerta del Príncipe, que ya estaba casi abierta. El toro llego a la muleta embistiendo con raza y fijeza. José Mari, lo recogió con la muleta en la derecha, muy baja, planchada y con un temple fundamental para el desarrollo de la faena.
Los muletazos se van sucediendo, y si uno es bueno, el siguiente es mejor. Con un grandioso cambio de mano, pasa a torear por naturales, con largueza y primor. De nuevo los derechazos redondos, cargando la suerte y toreando con la cintura, inundan el amarillo albero, con la gracia y empaque de un José María Manzanares, que monta la espada y deja una estocada, que acaba con su oponente. Las dos orejas a sus manos y la Puerta del Príncipe de par en par.
¿Qué si el indulto es demasiado? ¿Qué si cuatro orejas son muchas orejas? Es posible que más de uno se lo pregunte, pero yo no les voy a contestar. Lo que nadie me va a negar es la tarde histórica que ayer vivimos, los once mil espectadores… y yo, que estábamos en La Maestranza y que disfrutamos con lo visto. Lo demás no me importa. Que me quiten lo bailado.
Que Dios reparta suerte, amigos.

Deja un comentario