24 julio, 2021

MI FAMILIA TAURINA: LOS MARTÍN VAZQUEZ.

A menudo me han preguntado que cuando se manifestó en mi por primera vez el deseo de ser torero. Siempre me ha sido difícil contestar esa pregunta, pues soy incapaz de señalar un específico instante en que yo me dijera a mí mismo “quiero ser torero”. No obstante para satisfacer la curiosidad del interrogador mi respuesta era a propósito vaga, diciendo algo así como “desde siempre, desde que tengo uso de razón”.

A menudo me han preguntado que cuando se manifestó en mi por primera vez el deseo de ser torero. Siempre me ha sido difícil contestar esa pregunta, pues soy incapaz de señalar un específico instante en que yo me dijera a mí mismo “quiero ser torero”. No obstante para satisfacer la curiosidad del interrogador mi respuesta era a propósito vaga, diciendo algo así como “desde siempre, desde que tengo uso de razón”.
Lo que es verdad, pues yo no tengo conciencia de cuando eso sucedió, aunque ahora creo que adquirí la afición por osmosis durante un indeterminado espacio de tiempo pues, al vivir por gran parte de mi niñez y juventud cerca de mis familiares los Martín Vázquez, respiraba la fragancia torera con que estaba impregnada su residencia y, también, primero era testigo y luego participaba tangencialmente en las actividades taurinas que desarrollaban los toreros que allí habitaban.
Mi parentesco con los Martín Vázquez viene a través de mi madre, ya que su hermana mayor, mi tía Dolores Bazán, estaba casada con Curro Martín Vázquez, quien inició esa dinastía torera a principios del siglo XX. Los Martín Vázquez y los Carrión formábamos un núcleo familiar cuyo patriarca era mi abuelo materno Manuel Bazán. Vivíamos en la Calle Resolana del Barrio de la Macarena en Sevilla en residencias casi contiguas, pues solamente tres edificios nos separaban, y los miembros de ambas familias nos relacionábamos continuamente, especialmente los niños y los jóvenes, quienes entrábamos y salíamos de ambas casas como si ambas fueran la nuestra.
Tal vez si tuviera que elegir un hecho impactante que me hizo ser consciente del toreo, tiene que ver con mi tío Curro y con dos cabezas disecadas que colgaban en una pared en el patio sevillano de su casa. No sé por cierto la fecha exacta, de cuando sucedía lo que voy a relatar, pero sí que era a finales de la Guerra Civil española y yo tendría entonces unos cinco años.
Me gustaba subir al segundo piso de la casa de mis tíos para desde allí, asomándome a una barandilla que existía, contemplar de cerca, casi cara a cara, las dos monstruosas y negras cabezas de toros cinqueños, que aunque inmóviles, desde la pared parecían mirarme amenazantes. Entonces, yo miraba hacia abajo y observaba a mi tío Curro que, sentado en un sillón debajo de las cabezas, descansaba tranquilamente. Con la curiosidad inquisitiva de la niñez un día le pregunté a mi tío sobre las cabezas y me dijo que él había dominado y matado a esas fieras. Desde entonces, mi admiración por mi tío creció, no por lo de ser torero, que eso a mi edad significaba poco, sino por imaginarme que era un poderoso superhombre capaz de luchar gallardamente con esas impresionantes bestias. De ahí en adelante, ya cuando subía una y otra vez a contemplar las cabezas, ya no me parecían tan amenazadoras, pues pensaba que, al igual que mi tío, si me atacaban yo también vencería a esas fieras.
Poco a poco al crecer empecé a darme cuenta que mi tío no era un superhombre sino que era un hombre dotado con el valor, el conocimiento y otras cualidades para lidiar toros con cabezas como las que colgaban en la pared del patio, y que al igual que él, sus hijos Manolo, Rafael y Pepín no eran tampoco superhombres, sino simplemente toreros. Y decidí que yo también lo sería.
Tal vez motivado por la reciente muerte de Pepín, una supe figura del toreo, en estos días he recapacitado mucho sobre mi familia torera y he decidido recordarlos aquí con unas resumidas semblanzas de sus vidas toreras, complementándolas con algunas de mis impresiones y recuerdos que de ellos tengo, basadas en nuestras relaciones personales. Curro Martín Martín Vázquez.
Mi tío Curro Martín Vázquez o “Curro Vázquez” nació el 28 de marzo del 1882 en Alcalá de Guadaira, un pueblo situado a pocos kilómetros de Sevilla, y murió en Sevilla en el año 1946 en la casa número 11 de la calle Resolana, en donde residía y en donde sus seis hijos habían nacido.
Antes de continuar con su semblanza quiero aclarar algo sobre su nombre, pues también se aplica a sus hijos y ha creado a veces alguna confusión. Su nombre real era Francisco Martín Gómez, pero por alguna razón que desconozco en Alcalá le llamaban “el de Vázquez”, por lo que se anunció en los carteles como Curro Martín Vázquez o bien como Curro Vázquez. Luego mis primos, aprovechando que el nombre era conocido, oficialmente se cambiaron el nombre a Martín Vázquez, que se debería escribir con guión, como primer apellido, manteniendo el Bazán, que es el apellido materno. En cambio, el nombre taurino de padre e hijos se escribe sin guión y sin el segundo apellido.
El señor Curro, como a menudo se referían a él, no tenía antecedentes taurinos. Por lo tanto es el fundador de la dinastía torera Martín Vázquez. Sus comienzos tuvieron lugar toreando como podía en las duras capeas y encerronas por Andalucía. A los 21 años hizo su presentación en público vestido de luces en Algeciras el 15 de agosto del 1903, para, después de una dura lucha durante tres años, hacer con considerable éxito su presentación como novillero en Sevilla el 20 de mayo del 1906 y en Madrid el 5 de agosto del mismo año. Continuó actuado como novillero durante el resto de esa temporada y en la del 1907 hasta que el 6 de octubre tomó la alternativa en Barcelona de manos de Antonio Fuentes. Dato curioso es que esa tarde el toricantano tuvo que matar cuatro toros, por el padrino haber sido herido gravemente. A la semana siguiente, el domingo 13, el diestro alcalareño confirmó la alternativa en Madrid, siendo el padrino Vicente Pastor.
La carrera como matador de Curro Vázquez se extiende desde el 1907 hasta el 1921, o sea que actuó durante 14 temporadas en España, Francia y Portugal e intermitentemente en algunas plazas de México y de otros países hispanoamericanos.
Según los datos que aparecen en LOS TOROS del Cossío, puede considerarse que su carrera de matador tuvo dos períodos, una primera etapa ascendente, desde la alternativa en el 1907 hasta el 1914. Durante este período actuó alternando con la flor y nata de la torería en 167 corridas, que no son muchas, pero sí un buen número, si se considera que el valiente maestro fue uno de los toreros más castigados por los toros en la historia del toreo, por lo que a menudo se encontraba en el dique seco. Tantos percances le hicieron perder un sinnúmero de festejos.
De las muchas cornadas que sufrió fue la más grave la recibida el 29 de agosto del 1909 en el Puerto de Santa María, la que lo tuvo al borde de la muerte. El pitón le penetró y destrozó el ano, dejándole secuelas que le afectaron durante el resto de su vida. La inmediata consecuencia fue que esa temporada tuvo que cortar su campaña, y que comenzó tardíamente la temporada del 1910 actuando solamente en cuatro festejos. Poco a poco volvió a recuperar su cartel, sumando 19 corridas en el 1911, 25 en el 1912 y 32 en 1913, y eso a pesar de haber sufrido otros varios percances más.
El valor fue uno de los más relevantes dotes toreros del maestro, ya que, según las referencias, a menudo reaparecía en los ruedos con las herida abiertas. Aun así actuaba con la misma determinación que antes de ser herido.
Durante esa primera etapa, sin ser una gran figura, mi tío desarrolló un papel muy notable en el toreo. Luego, desde el 1915 hasta su retirada en 1921, tuvo altos y bajos durante sus campañas y paulatinamente tanto su cartel como el número de actuaciones decayeron, aunque no su afición ni su determinación ante los toros.
Es mi opinión que el lento ocaso, tanto de este maestro como de otros muchos de sus correligionarios, tuvo que ver con el no acoplarse al cambiante gusto de los públicos, que después de la revolución belmontista, comenzaron a apreciar más la plasticidad del toreo que una buena dominante y valerosa lidia del astado como preparación para ejecutarle la suerte suprema con la más pureza posible.
Curro Vázquez, como Bombita, Machaquito o Vicente Pastor, pertenecía a la era pre-belmontista. Su fuerte era el valor para dominar al toro y el ser uno de los mejores ejecutores de la suerte suprema, a tal punto que en la prensa se referían a él como “El Rey del Volapié”. En cambio, aunque su persona tenía una elegancia natural que la mantuvo hasta su muerte, su toreo carecía de un refinado estilo.
Las ganancias obtenidas durante sus años en los ruedos y su buena administración, le permitieron a él y a su familia llevar una vida acomodada. Al retirarse, compró una finca de olivares en el término de Dos Hermanas, muy cerca de Sevilla y se dedicó a explotarla, siendo esa su ocupación hasta su muerte pues, a pesar de que sus hijos Manolo, Rafael y Pepín eligieron los pasos del padre, sus actividades taurinas cesaron, a tal punto que permitía a los apoderados de sus hijos dirigir las carreras sin él inmiscuirse en ellas.
En esa finca de Dos Hermanas sus hijos entrenaban en un corralón que imitaba un ruedo, con burladero y todo. Yo pasaba allí algunas temporadas durante mis vacaciones escolares y, entrenando con Pepín en esa placita, adquirí mis primeros conocimientos toreros.
Tengo un vivo recuerdo de mi tío pues tenía una personalidad y carácter muy particulares. Recuerdo su natural y sencilla elegancia, que la mantenía incluso en el campo llevando ropa de trabajo. Era algo introvertido, muy serio, formal y parco de palabras. Aun así, tenía buenos amigos pues su compañía y conversación eran agradables. Me encantaba sentarme cerca de él, y silenciosamente escuchar sus conversaciones, especialmente cuando el sujeto era el toreo. En la familia, era el jefe, un padre a la antigua que cumplía con su deber y esperaba que los demás lo hicieran sin excusas.
Resumiendo se debe decir que Curro Martín Vázquez era un hombre respetable, responsable, cabal y recto tanto como torero como persona.
Manolo Martín Vázquez.
Manolo era el segundo hijo de Curro Martín Vázquez, y el primero que decidió seguir los pasos de su padre. El hubiera podido ir a la universidad para estudiar cualquier carrera como hizo su hermano Paco, el primogénito de la familia, pues mi tío nunca presionó a sus hijos para que fueran toreros. Paco estudió medicina y se convirtió en un buen médico especializado en garganta, nariz y oído.
Manolo vio la primera luz del día el 14 de enero del 1921 y me contaban que el gusanillo de la afición le picaba desde que tenía uso de razón. Probablemente, se inspiraría, como yo, mirando las cabezas que colgaban en el patio de su casa, imaginándose que en el futuro, como trofeos de sus logros toreros, allí también se colocarían algunas cabezas de toros lidiados por él.
Así que, siendo aun muy jovencito, comenzó sus andanzas taurinas durante la Guerra Civil española (1936-39), unos tiempos muy difíciles para hacerse torero, pues apenas se celebraban festejos taurinos en España. Al terminarse la contienda hizo un triunfal debut en las Ventas el 3 de septiembre del 1939 y al año siguiente se situó como un novillero puntero, consiguiendo tantos e importantes triunfos que le merecieron el tomar la alternativa en Barcelona, en donde había toreado con éxito en ocho novilladas. Se doctoró en la Plaza Monumental el 6 de julio del 1941, siendo el padrino Manolete y el testigo Pepe Luis Vázquez, lidiando toros del Duque de Pinohermoso. El 1 de octubre del mismo año confirmó la alternativa en Madrid de manos de Marcial Lalanda, y ante la presencia de Manolete. Esa temporada sumó 17 novilladas y 19 festejos mayores. Su carrera iba viento en popa durante la temporada del 1942 hasta que el 19 de julio en Madrid un toro le pegó un cornalón que cambió el rumbo de su carrera. Perdió una considerable cantidad de corridas, y aun así terminó su campaña con 32 festejos en su haber. No obstante, el grave percance afectó el ánimo del diestro.
Cuando en la temporada siguiente, la del 1943, iba recuperando el sitio ante los toros, el 25 de julio en Valencia un peligroso astado de Pérez de la Concha, al herirlo de mucha gravedad, se encargó de que de Manolo, en vez de reencontrarse a si mismo, comenzara un declive profesional que concluyó el 5 de octubre del 1947 en Lorca, en donde hizo su último paseíllo.
Así como su padre se sobrepuso a los efectos negativos de las múltiples cornadas, Manolo no consiguió hacerlo, por lo que sus actuaciones decrecieron en cantidad y en calidad. Actuó en 18 corridas en el 1943, cinco en el 1944, dos el 1945, ninguna en el 1946, y tres en la temporada de su despedida. José María de Cossío en el cuarto volumen del EL TOREO, página 558, evaluaba así el estilo de torear de mi primo y razonaba cual fue el motivo de su retirada:
La nota característica de su toreo, especialmente en sus grandes temporadas de novillero, fue el valor, realzado por una majeza y una gallardía muy torera que… provenían de sus condiciones físicas. Ello le otorgaba personalidad en la plaza y fuera de ella. Al fallarle el valor…y al no poseer otras cualidades taurinas que encubrieran sus vacilaciones, bajó su rendimiento artístico, hasta írsele olvidando, y él supo anticiparse con su retirada.
La decadencia de Manolo como profesional coincidía con la meteórica ascendencia de Pepín, el menor de la dinastía, quien ya en el año 1944 era una supe figura y acaparaba la atención de la prensa, la afición y de la familia. Esto tuvo que hacer mella en la mente de Manolo, quien hasta entonces había sido el abanderado de la dinastía, pues la carrera de Rafael fue muy breve y de poco relieve. Fuera o no esta la razón, el caso fue que durante sus últimos años como torero activo, aunque oficialmente seguía teniendo su residencia en Sevilla, Manolo prácticamente vivía en Madrid, y poco a poco se fue desvinculado de la vida en la Macarena, a donde venía de visita de cuando en cuando.
Al retirarse, Manolo se casó en Madrid con una bien acomodada señorita jienense, que poseía una finca de olivares en Martos (Jaén) y un piso en el prestigioso barrio madrileño de Salamanca, que había heredado de sus padres. En ese piso establecieron la residencia familiar y el torero retirado se hizo agricultor, al dedicarse a llevar la finca de su esposa, lo que le obligaba a pasar en la finca desde noviembre hasta marzo.
A esa ocupación pronto añadió la de apoderado de toreros, pues partir del 1948 o 1949 hasta su retirada, su hermano Pepín le otorgó poderes. Luego, a partir de junio del 1950, cuando yo toreé mi primera novillada sin caballos hasta junio del 1957, al regresar a España, después de completar mi primera aventura americana como matador de toros, administró mi carrera, compaginando su labor taurina con sus actividades camperas.
Mi relación taurina con Manolo tuvo dos etapas. La primera, cuando él estaba en su apogeo, del 1939 al 1942, y yo era un imberbe para quien el toreo todavía era un juego. Entonces, lo admiraba como si él fuera otro superhombre como mi tío Curro, pero él no influyó en mi toreo. En cambio, luego al él aparecer menos por Sevilla, y Pepín comenzar su arrolladora carrera, orienté mi admiración hacia el menor de los Martín Vázquez, la persona que me servía como modelo de torero y quien me guío al dar mis primeros pasos como aspirante a torero. En la segunda etapa, al Pepín retirarse y Manolo convertirse en mi apoderado, yo pasaba en Madrid los meses de la temporada taurina en continuo contacto con Manolo quien, aparte de administrar mis asuntos taurinos, se convirtió en mi personal guía que intentaba controlar mis actos como si fuera un padre de un hijo inmaduro.
Mi juventud y el respecto, cariño y el agradecimiento que yo les tenía a los Martín Vázquez permitieron que Manolo me controlara y que, a pesar de notar algunos de sus fallos en la función de apoderado, rechazara algunas aberturas que hacían para que cambiara de administrador taurino.
La falla mayor de Manolo como apoderado consistía en que era su norma que, al terminarse la temporada en octubre, se iba con la familia a su finca jienense para dedicarse a las faenas campestres, poniendo en neutro sus actividades taurinas hasta regresar a Madrid en marzo o abril, cuando la siguiente temporada ya estaba en progreso. La circunstancia agravante era que en la finca no había teléfono, y la manera para él comunicarse con el mundo era por medio de telegramas o cartas. El resultado de esta acción era que yo comenzaba las temporadas más tarde que otros toreros con similar cartel o menos, por sus apoderados haberse movido durante el invierno.
Ahora bien todo llega a su fin, pues en mayo del 1957, al regresar de completar mi primera aventura torera en América, en donde había madurado por haber estado solo sin apoderado o cuadrilla, atendiendo yo mismo mis asuntos, nos reunimos en Madrid para discutir los planes para la temporada española. Naturalmente, mis primeras preguntas fueron que si él tenía ya algún compromiso inmediato para mi reaparición, y que sí había algo concreto hecho para el futuro. La respuesta a la primera pregunta fue un rotundo no, y a la segunda un tal vez aquí o allá, pero nada tangible. Entonces me lamenté que parecía que mis éxitos en América y el eco que ellos tuvieron en la prensa española hubieran ayudado a que él me tuviera contratada alguna corrida, y añadí, con un atrevimiento que él no esperaría de mi, que tal vez algo hubiera salido sí él hubiera estado en Madrid desde hacía unos meses, en vez de estar encerrado en el campo durante ese tiempo atendiendo solamente sus propios asuntos. De ahí pasamos a discutir otras cosas que me molestaban, y que yo nunca las había mencionado antes. La consecuencia del encuentro fue que hubo un rompimiento que no resultó ser amistoso. No nos volvimos a ver hasta 17 años después, cuando pasé unos días en Madrid de vacaciones para enseñarle la belleza de la ciudad a mi familia americana. Se me ocurrió hacer una llamada de cortesía a Manolo, no como su ex-poderdante sino como familia. El resultado de la llamada fue una agradable sorpresa, ya que mi primo nos acogió con cariño, y que incluso me organizó una cena homenaje, atendida por algunos miembros de mi antigua peña taurina y por otros amigos. También, llamó a la ya desaparecida revista El RUEDO para informarles de mi presencia en Madrid. El resultado fue que me hicieron una entrevista. En mis sucesivas visitas a Madrid nos volvíamos a reunir, hasta que Manolo murió a causa de una penosa enfermedad, que lo había mantenido en vida retirado del mundo por unos años.
Rafael Martín Vázquez.
Rafael Martín Vázquez nació el 20 de agosto del 1924, tres años después que Manolo, por lo que no es extraño que, creciendo junto a un padre que había sido torero y un hermano que ya lo era, le inspirara a querer serlo. Lo curioso es que los comienzos como novillero de Rafael coincidieron con los de su hermano Pepín, quien tenía tres años menos que él y que mientras la carrera de Pepín tomó vuelos para remontarse al cenit del toreo, la de Rafael solo revoloteó hacia el olvido. Su carrera en los ruedos puede resumirse en un par de párrafos.
El caso de Rafael en el aspecto profesional es el más raro que he presenciado, leído u oído en mis años en el mundo del toro. Rafael después debutar como novillero en El Puerto de Santa María (Cádiz) se presentó y corto una oreja en Sevilla el 21 de junio de 1942. En la Maestranza actuó como novillero seis festejos más, ganándose a los aficionados locales con su toreo profundo y clásico, ejecutándolo con enorme valor. En la temporada del 1944 se hizo figura de los novilleros, debutando en Madrid el 15 de junio en un festejo de ocho novillos y compartiendo el cartel con El Boni, Luis Miguel Dominguín y su hermano Pepín. Sumó 26 novilladas consiguiendo triunfar en plazas importantes.
Terminó esa temporada dejando intuir que el año siguiente sería el de su consagración. Pues bien, sin sufrir una cornada y sin ningún motivo evidente, en la siguiente temporada no dio pie con bola, mostrando en sus actuaciones miedo, pánico a veces, y además una absoluta falta de interés por el toreo, como si la afición y el valor se hubieran congelado con el frígido invierno y la tibia primavera no fuera capaz de descongelarlos. Ese año actuó en solo cinco novilladas, y en el 1946 se fue a México probar suerte en un nuevo campo. Al no encontrarla, volvió a España para el 15 de mayo de 1947 tomar una alternativa de compromiso, probablemente con la intención de poder decir que era matador de toros. Esa corrida fue el único festejo mayor en el que actuó. Su padrino fue El Estudiante y el testigo Belmonteño, y lidiaron un duro encierro de la Viuda de Molero.
Al retirarse, estableció, junto con un socio, una tienda de artesanía para regalos en Caracas, Venezuela, un negocio que duró poco. Luego, con el resto de la familia ya independizada, mi primo se quedó a vivir con mi tía Dolores, sin tener que trabajar para sufragarse las necesidades diarias. Con el dinero que heredó, primero de su padre y luego de su madre, se la avió para vivir bien sin tener un trabajo regular. Siempre mantuvo muy buenos amigos y una activa vida social, y paseaba por Sevilla luciendo una gallardía torera como si fuera un Manolete, parando de vez en cuando para saludar y conversar con amigos y conocidos.
Al recapacitar sobre Rafael, tengo pocos recuerdos taurinos de él. En cambio, me quedan muy buenas memorias de nuestra relación familiar. Casi todos los días al volver o ir de la Macarena al centro de Sevilla, o viceversa para estar con sus amigos, subía a vernos para jugar con nosotros, sus primos pequeños —a mi me llevaba ocho años—y charlotear con sus tíos Juan y Manuela, mis padres, a quienes quería como a los suyos.
A Rafael, lo recuerdo más cuando él era un veinteañero y yo un chiquillo que soñaba en ser torero. Entonces, Rafael tenía una personalidad de las que son difíciles de olvidar. Siempre era elegante, alegre y jovial. Se sentaba a la mesa con nosotros y de su boca salían un torrente de chistes y unos comentarios sobre gentes y sucesos tan jocosos como inofensivos. A veces los ratos alegres se hacían horas. Probablemente sus tristezas las ocultaba bien, pues supongo que le sería difícil vivir a las sombras de sus hermanos, una súper-figura del toreo como era Pepín y un buen torero como Manolo y pretender triunfar como ellos sin conseguirlo.
Mi tío Curro, un hombre cabal, de un valor a prueba de cornadas, no parecía comprender la falta de ánimo de Rafael ni le perdonaba que siguiera vistiendo el traje de luces sin la dedicación necesaria para llevarlo. No lo forzaba a seguir en tan peligrosa profesión sino, por el contrario, le urgía a entregarse a ella o a dejarla.
Rafael pronto dejó la profesión, o la profesión lo dejo a él, pero hasta su muerte lució su tipo torero por las calles sevillanas, y se llevó a la tumba el secreto del porqué de su extraña conducta torera.
Un día de la primavera del 1997, en una de mis visitas a Sevilla estuve con Rafael en el Ateneo, sin presentir que esa sería la última vez que disfrutaría de su compañía y de sus ocurrencias, pues moriría el 31 de enero del año siguiente.
Pepín Martín Vázquez.
Al menor de los Martín Vázquez, en el año 1943, cuando ya empezaba a darse a conocer como novillero sin caballos, estoy seguro que los taurinos y aficionados, que comenzaban a notar su valía, lo identificarían como “el hijo de Curro Vásquez” o “el hermano de Manolo Martín Vázquez”. En cambio, dos años después de sus excepcionales históricos triunfos en los ruedos europeos, que superaron a los de la familia, habría un reverso en la identificación de sus mayores, pues entonces al patriarca de la dinastía se conocería como “el padre de Pepín” y a Manolo como “el hermano de Pepín”. Así fue de meteórico el ascenso de este joven torero en el mundo taurino.
El benjamín de la dinastía nació el 6 de agosto del 1927 en Sevilla en la misma casa que sus hermanos toreros, y un cliché sería el anotar aquí que, influenciado por el medio en que creció, desde niño quiso ser torero. Ahora bien, en su caso, debido a su precocidad, no sería exagerado el afirmar que más bien Pepín nació ya siendo torero.
Desde de que Pepín se retiró de los ruedos en el 1953 ha habido relativamente pocas referencias al maestro macareno, especialmente considerando sus relevantes logros en los ruedos. Sin embargo, hace apenas un par de meses, debido a diferentes circunstancias, ha habido lo que podríamos calificar como una revisión histórica que ha recordado al aficionado antiguo y ha mostrado a los modernos el papel tan importante que el diestro macareno desempeñó en el toreo.
El primer toque de atención lo dio Andrés Amorós en un artículo en el diario español ABC, publicado el pasado 10 de febrero, en el cual promovía la idea de que Pepín era un perfecto candidato para que se le premiara con una de las Medallas de las Bellas Artes que anualmente concede el Gobierno de España. Esta sugerencia causó que críticos, como Carlos Crivell e Ignacio de Cossío, entre otros, hicieran eco de esa petición. La segunda circunstancia ha sido la trágica noticia de la muerte del diestro, la que sucedió el 27 de febrero de este año, motivando aun más a que se publicaran resúmenes biográficos de su vida, e incluso en los portales de Internet se incluyeron enlaces a vídeos que mostraban la calidad de su toreo. Finalmente, al concedérsele después de su muerte la prestigiosa medalla mencionada, hubo otra invasión de noticias sobre el torero y su singular estilo de interpretar el toreo.
Yo no podía hace menos por lo que en este portal he escrito artículos con referencias a los sucesos relacionados con Pepín. Por lo que ahora al hacer aquí un resumen de la carrera de Pepín y expresar mis sentimientos sobre su toreo y su persona, no tendré más remedio de plagiarme a mí mismo repitiendo algo de lo que recientemente he escrito.
En sus inicios, siendo todavía un niño, Pepín de becerrista, actuando vestido de traje corto, formó pareja con Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma” hijo, hasta que debutó como novillero sin caballos el 16 de septiembre del 1943 en Cehegín (Murcia).
En 1944 su carrera tomó vuelo, pues en una temporada a la edad de 16 años pasó de ser un prometedor novillero a figura del toreo. Debutó con picadores el 27 de febrero de en Barcelona y el primero de abril hizo su presentación en Madrid, y el 21 de mayo la hizo en Sevilla, triunfando en las tres ocasiones. En las Ventas repitió el 18 de mayo, teniendo que matar cinco utreros por sus compañeros ser heridos, y en la Maestranza volvió a actuar el 4 de junio desorejando a sus novillos. También tuvo éxitos notables en otras plazas como las de Barcelona, Valencia y Ronda. En total sumó 34 novilladas antes de doctorarse en Barcelona.
Pepín tomó la alternativa el 3 de septiembre del 1944. La corrida fue de ocho toros con Domingo Ortega, Pepe Luis Vázquez y Carlos Arruza en el cartel, lidiando un encierro de Alipio Pérez Tabernero Sanchón. Domingo Ortega ofició de padrino. El toricantano actuó esa temporada en otras trece corridas más, alternando y triunfando junto a las grandes figuras del momento.
En la temporada del 1945 el diestro macareno hizo su primera campaña completa como matador de toros, sumando 66 corridas colocándole en el tercer lugar del escalafón, detrás de Manolete y Arruza, siendo el diestro que más veces alternó con esos monstruos del toreo, motivando a un crítico a apodarle como “El Tercer Hombre”. El 19 de abril Pepín debutó como matador de toros en la Maestranza en una corrida de la Feria de Abril sevillana con Manolete y Arruza en el cartel. Fue declarado junto a Manolete como “Máximo Triunfador” del ciclo. Confirmó la alternativa en Madrid el 29 de abril, siendo el padrino Pepe Bienvenida y el testigo Morenito de Talavera, con toros de María Montalvo. En las Ventas actuó cinco tardes más triunfando en todas sus presentaciones, siendo excepcional la faena que le bordó al tercer toro de Buendía de la corrida celebrada el 16 de mayo. Los triunfos se sucedieron durante toda su campaña, terminando la temporada colocado como un figurón del toreo.
Concluida la temporada española el joven diestro viajó a México para hacer la temporada invernal 1945-6. El 16 de diciembre confirmó la alternativa, de manos del genial diestro azteca Silverio Pérez en la Plaza El Toreo de la Ciudad de México. En la misma plaza repitió varias veces, cortando un rabo en una de las corridas. Alternando con Manolete y con las grandes figuras de la Edad de Oro del toreo mexicano actuó en varias plazas de los estados, incluyendo tres corridas en Guadalajara, en donde curiosamente salió en hombros sin siquiera obtener un trofeo.
Pepín volvió a España, en donde en la temporada 1946 reverdeció sus laureles, siendo uno de los puntales de muchas ferias, entre ellas la de Abril de Sevilla, en donde toreó tres de las cinco corridas del abono. Sumó 50 festejos que hubieran sido muchos más si el 30 de junio en las Ventas un toro de Fermín Bohórquez no le hubiera infligido una grave cornada en la fosa ilíaca derecha. Este fue su bautizo de sangre, y desde aquí en adelante los toros le castigaron fuertemente. Antes, el 30 de mayo, y después, el 26 de septiembre, también había triunfado en esa misma plaza.
Comenzó la temporada del 1947 como el diestro de más tirón, después de Manolete. Tenía 87 corridas contratadas pero un percance fue el causante de que solo sumase 37. En esos festejos, como en las dos temporada anteriores, los triunfos se multiplicaban, ente ellos: el haber cortado dos orejas a un toro de Bohórquez el 18 de abril en un festejo de la feria abrileña en Sevilla; el haber sido el máximo triunfador de la recién estrenada Feria de San Isidro; y especialmente, el haber desorejado por partida doble a dos astados de Bohórquez el 16 de julio en la tradicional Corrida de la Beneficencia. Pepín alternaba esa tarde con el Monstruo de Córdoba, quien resultó herido. Con los frecuentes triunfos madrileños, el sevillano se había convertido, aparte de en un una figura de toreo fuera de serie, en lo que llaman hoy “un torero de Madrid”.
El trágico percance que cambio el rumbo de la carrera de Pepín tomó lugar el día 8 de agosto en el pueblo manchego de Valdepeñas, en donde un toro de Concha y Sierra le perforó la femoral en la parte superior del muslo, causándole una gran pérdida de sangre que puso en peligro su vida, y el estar fuera de circulación por alrededor de ocho meses. Curiosamente Manolete le hizo el quite. Poco se podría imaginar el malogrado diestro cordobés que diez días después un toro asesino le quitaría a él la vida, mientras que el menor de los Martín Vázquez con una herida de similar gravedad se salvaría.
Después de su larga recuperación, que no fue completa porque le quedaron algunas secuelas de la cornada, Pepín reapareció en Barcelona el 12 de mayo de 1948 en la Plaza Monumental y el 3 de junio toreó en Madrid triunfando una vez más. En las Ventas alternaba con sus paisanos Antonio Bienvenida y Manolo González, quien confirmaba la alternativa. Tres días después en el mismo ruedo, al entrar a matar a un astado de Buendía fue herido de gravedad en la región axilar derecha. Volvió a torear en Las Ventas el 16 de septiembre en la Corrida de la Asociación de la Prensa alternando con Luis Dominguín y de Manolo González. Pepín en esta campaña actuó solamente en 30 corridas, obviamente la disminución de actuaciones fue debida tanto al tardío comienzo de su campaña como a la cornada recibida en Madrid.
Al terminar la temporada, Pepín, protagonizó la película de tema taurino Currito de la Cruz, que fue estrenada en 1949. El éxito de la película fue enorme con el resultado de expandir la popularidad del diestro mucho más allá de las fronteras del mundo del toreo. Videos de esta película ofrecen a los aficionados que no vieron torear a Pepín, la oportunidad de apreciar la excepcional tauromaquia de un maestro, cuyo toreo aun hoy tiene actualidad. En Currito de la Cruz se ven tantas escenas, especialmente filmadas para la ocasión, como pasajes de sus faenas en corridas regulares en Madrid y México. Ya retirado, en 1954 filmó la película francesa Chateaux en Espagne. Esta película fue estrenada en enero del 1955 en Madrid, con el título de El Torero, y a pesar de ser la protagonista la famosa estrella francesa Danielle Darrieux, a diferencia de Currito, la película no tuvo éxito.
Después de la temporada del 1948 la carrera de Pepín comenzó un lento declive, lo que se refleja en su campaña del 1949, en la que únicamente actuó en 22 corridas. A este reducido número

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