28 julio, 2021

POBRE DE AQUEL AFICIONADO QUE, CUANDO VE LA LUNA LLENA, LA MIRA SIN UN FONDO DE ROMANTICISMO.

ARRASTRE LENTO… No cabe duda que la supervisión y la conciencia poética en el toreo es un asunto “no para cualquiera”.
¡Ah!, pobre de aquel aficionado cuya visión sea esencialmente poética. No los compadezco –puesto que entre ellos me encuentro-, aunque los comprendo a pesar de que nadie los entiende.

ARRASTRE LENTO… No cabe duda que la supervisión y la conciencia poética en el toreo es un asunto “no para cualquiera”.
¡Ah!, pobre de aquel aficionado cuya visión sea esencialmente poética. No los compadezco –puesto que entre ellos me encuentro-, aunque los comprendo a pesar de que nadie los entiende. Al buscar semejanzas forzadas con la venerable realidad, esos aficionados zurcen elevadísimos sueños e ilusiones, retazos de fantasías y deseos, a la colcha grotesca del materialismo. Convertidos en idealistas, no entienden al mundo que, cuando se habla de luna llena, la mira sin el menor asomo de romanticismo.
Cierto: hay aficionados que cuando el sentimiento les habla de un dolor punzante, no entienden al médico que les receta una redonda cafiaspirina para su jaqueca del alma. Los dolientes saben que su medicina está en la contemplación del brillante y luminoso plenilunio.
¡Ah!, pobre de aquel aficionado que en los vuelos de su romanticismo, que nada tiene de infantil pasatiempo, prefiere contemplar la realidad taurina actual como quien contempla las nubes viajeras que llevan entre su equipaje de algodón los valores que le dan la regia dimensión al toreo.
Y son éstos taurinos –que algo tienen de realistas aunque finalmente se les tenga por locos- los que estiman como valores perdidos en la tauromaquia moderna, siendo fundamentales para la perspectiva romántica y poética, el sentido místico del orgullo, de la dignidad, de la honra.
De ahí que a éstos soñadores les palpite aceleradamente el corazón cuando vuelven a tener ante sus ojos exponentes de huyen de las tinieblas del materialismo para adentrarse en la luz de la poesía y el romanticismo. Y son éstos quienes finalmente aprecian la espiritual disposición de los toreros jóvenes de Aguascalientes que, convencidos de los infinitos alcances de la locura poética, eterna admiradora de los valores etéreos que consolidan la materia, le apuestan a la claridad del iris del honor y el orgullo, de la dignidad y el misticismo.
Y es que, confesado a título personal, soy ferviente admirador de los toreros que –tal cual los muchachos locales que hoy son noticia con alardes futuristas- fueron a proveerse de la energía que sólo se puede extraer de las profundidades del alma romántica, soñadores, idealista, poética. Lo tengo bien claro puesto que lo he vivido: sólo del manantial de la ilusión mística puede brotar la sangre del héroe en catarata. De tal suerte que, como una ecuación de reacción física, la altura del torero como persona será directamente proporcional a la hondura de su introspección en los confines de la fe en la conquista, de la ilusión creadora, de la fantasía romántica, de la inspiración que eleva.
Por eso me siento cautivado por la actitud y disposición moral y emocional –espíritu neto- de los toreros, jovencísimos en su gran mayoría, que traen vuelta locos a los aficionados que, creyendo en ellos –en los toreros aludidos- a futuro los ven como los herederos naturales del reino de la tauromaquia mexicana.
¿Será verdad tanta belleza?.
arrastrelento@gmail.com

Deja un comentario