1 agosto, 2021

POR FORTUNA O POR DESTINO PERO LA AFICIÓN DE AGUASCALIENTES MUCHO LE DEBE A LA TELEVISIÓN.

ARRASTRE LENTO… Se decía, hace ya algunos años, que domingo sin toros no era domingo. Lo recuerdo porque, exprimiendo el jugo de la memoria, en el vaso dorado de la nostalgia queda el saldo afectivo de los años en los que, habiendo festejos en la plaza México, -los cuales eran tantos que prácticamente había toros cada domingo- los provincianos podíamos verlos por la televisión que, en comparación a la moderna, era ciertamente rudimentaria.

ARRASTRE LENTO… Se decía, hace ya algunos años, que domingo sin toros no era domingo. Lo recuerdo porque, exprimiendo el jugo de la memoria, en el vaso dorado de la nostalgia queda el saldo afectivo de los años en los que, habiendo festejos en la plaza México, -los cuales eran tantos que prácticamente había toros cada domingo- los provincianos podíamos verlos por la televisión que, en comparación a la moderna, era ciertamente rudimentaria.
Pueden no considerarlo así muchos amantes de la tauromaquia que vivieron aquella época, pero la realidad es que su gusto por el toreo se acrecentó de tal manera que, resulta inevitable apuntarlo, su afición se entronca, y se sustenta, en la roca dura de la costumbre de esas transmisiones en las que el televidente no sólo se divertía sino que, guiado por la docta voz del maestro José Alameda, aprendía tanto como para, justo es, agradecerle a don Carlos Fernández Valdemoro su cátedra nunca cobrada.
No es ocioso mi reencuentro con don José. Por la necesidad de encontrar ciertos datos me dediqué a buscarlos en los archivos periodísticos que conservo –tan pocos son que me arrepiento de no haber guardado con el celo del ahorro muchos más—. Haciéndolo me encuentro con una expresión muy de él –de don José desde luego- que me parece oportuno tejerla en el zurcido de la tela que la considero, salvo la mejor opinión del lector- colcha verdadera.
Cuando se refiere en el diario que circulaba por aquellos años, EL Heraldo de México, al respecto de la próxima impresión de su libro “La Pantorrilla de Florinda”, en la justificación de sus motivos y argumentos escribe, solicitando a los lectores que no duden ni nieguen la verdad de la historia: ¡”No sea uno el hecho y el decir diverso”!
Permanecen en mi memoria las amenas tertulias que, frecuentes entre ellos, sostenía el célebre catedrático del toreo –pues a tales niveles llegó la autoridad y nombradía del Maestro Alameda- con don Víctor Manuel Esquivel, ilustre personaje que en el Distrito Federal –nos- dio apoyo moral y asistencia material a una considerable cantidad de torerillos de Aguascalientes.
En ellas, con pujante seguridad, afirmaba su tesis en la que postulaba como verdadero el concepto por él propalado: “La historia del toreo es dura como el monte en el que sólo las cabras y las ovejas volanderas sin quejosas actitudes se desplazan. Y aunque en tales alturas el agua hielo parece, no deja de ser agua”.
Así me imagino a los aficionados que niegan la verdad de los hechos. No podrán negar, salvo capricho voluntario, que habiendo tan pocos festejos en aquellos años en la ciudad de Aguascalientes su afición creció, hasta el cultivo de la cosecha más esplendorosa, de tal manera y dimensión que negar –la parte que le corresponde- su formación gracias a las emisiones de la televisión domingo tras domingo, sería como negar el frío teniendo el cuerpo sumergido en el lago congelado.
Lo cierto es que, en lo particular, aún hoy me gustan las figuras literarias que usaba don José Alameda para pontificar sus ideas. “El que no quiere aceptar la verdad se me figura como un cadáver triste sobre la playa yerta”.
Y verdad es que los aficionados de Aguascalientes, y de todo México, mucho le debemos a la televisión y a don José Alameda, entretantos otros personajes que también hicieron historia en los medios –radio y prensa- de aquellos años.
arrastrelento@gmail.com

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