23 julio, 2021

POR LA BUENA SUERTE DE LOS JÓVENES NO HAY MOSCAS ENCIMA DEL PASTEL.

ARRASTRE LENTO… No deja de ser interesante el momento por el que atraviesan los muchachos, integrantes de la nueva generación, que han generado tantas esperanzas en el medio para convertirse en toreros importantes, tantas que los vaticinios se extienden adelantando que entre ellos están las próximas figuras mexicanas. Para bien de la Fiesta mexicana, ¡que así sea!

ARRASTRE LENTO… No deja de ser interesante el momento por el que atraviesan los muchachos, integrantes de la nueva generación, que han generado tantas esperanzas en el medio para convertirse en toreros importantes, tantas que los vaticinios se extienden adelantando que entre ellos están las próximas figuras mexicanas. Para bien de la Fiesta mexicana, ¡que así sea!
El apasionamiento que vive la afición contemporánea tiene sentido toda vez que la camada de jóvenes que viene pujando fuerte, y con el camino despejado pues no hay señores –figuras consolidadas- a quienes pedirles permiso para triunfar, se han adueñado tanto de las informaciones periodísticas, como de las conversaciones de los aficionados. En el medio se habla con tal frecuencia de ellos que a los otros, pese a su importancia, los han dejado en el olvido.
Dicho sea con todo respeto pues en la memoria pervive la nombradía de los aquellos ilustres antecesores ¿quién se acuerda de las figuras que llenaban en escenario hace uno o dos lustros? Sobre ellos –los jóvenes que gozan de la suprema libertad de sus actos- se han escrito tantas palabras que pareciera imposible que sea el triple las que faltan por escribirse. No es nuevo: la sombra tirana y déspota de las figuras, que no el hombre que la constituye, prácticamente ha sido un freno para los novicios que osan igualarse con quien manda e impone su voluntad. Ha sido una condición virtual, difícilmente desterrada, honrar la arrogancia petulante de los que de momento ocupan la cúspide.
Un día, ya bastante lejano por cierto, don Arturo Muñoz “La Chicha”, banderillero de buen prestigio, colocado con las figuras de aquellos años, platicaba que cuando Rafael Rodríguez se presentó en España, lo cual ocurrió a principios de la década de los años cincuenta (1950), lo hizo al lado de Antonio Ordóñez, diestro necesariamente venerado pues suya era la cumbre por aquellos años.
Y platicaba que el diestro hipotéticamente nacido en Aguascalientes, mirando lo que en sus sueños veía -la gloria, la fama, el prestigio, y el dinero- se atrevió a echarse el capote a la espalda y realizar un quitazo por fregolinas que puso de pie a los espectadores, y de pésimo humor al de Ronda, célebre por su virtuosismo artístico, más no por su arrojo.
Cuál no sería la sorpresa del matador Rafael que, al terminar el festejo, y esperando las felicitaciones de los que le habían visto, su perplejidad, la que no había conocido asombro semejante, fue tal que apenas si pudo creerlo.
“Rafael, comentaba don Arturo a los atentos novilleros que le escuchábamos, le dijo el apoderado del connotado rondeño, “¡eso no se hace a una figura!”
A las pocas horas el virtual paisano había tomado el vuelo de regreso a su tierra pues tan honda fue la falta de respeto a la sagrada imagen de una figura que supo que no volvería a torear en España al lado de los que eran dueños de la Fiesta por aquellos años.
La interpretación queda al arbitrio del lector: pero lo cierto es que el aire benigno que ventea en estos tiempos en la Fiesta mexicana les facilita el andar a los jóvenes que -¡sobre estas asperezas se camina! dijo mi compadre- no tiene frente a ellos la sombra de las figuras que de cualquier forma les harían doblemente dificultoso el intento de desplazarlos.
Así son las figuras: celosas de sus privilegios, poderes y derechos.
arrastrelento@gmail.com

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