POR LA HUMILDAD DE LA VOCACIÓN TORERA VIENE UNO A ENTENDER LA PREPONDERANCIA DEL ARTE.

ARRASTRE LENTO… Por una de esas amables paradojas de la vida, por la humildad de la sierva viene uno a comprender la excelencia de la reina. Por una de esas amables paradojas de la vida taurina, por la humildad de la vocación torera uno viene a entender la preponderancia del arte del toreo.
Qué curioso: pareciera como si el destino le cerrara las puertas de la gloria del toreo a la petulancia, a la vanidad, al orgullo extremo, a la soberbia, a la falta de humildad. Y más curioso resulta –paradoja duplicada- que la sencillez sea el natural basamento de la grandeza del Tauromaquia.
¡La verdad es la humildad!, reza el refrán. Ojalá y sea verdad que los tres novilleros que actuarán hoy en la San Marcos, en especial Alejandro López, que es el que despierta curiosidad en la afición local, tienen vocación torera. Por añadidura, como atributo concedido por la sabia naturaleza, se deduce que son humildes. Ojalá y con humildad de gigante se arrimen fuerte, tanto que, por su desmedida impresión, colapsen la sensibilidad de los espectadores.
Y porque, al menos en lo particular, interesa el heredero del apreciado galeno López Delgado, sobre él giran los comentarios. Comentarios que, como argumento constructor, parecen no coincidir con lo que ha determinado su apoderado.
Me parece que, viendo la poca utilidad de las prisas, se adelanta la presentación en su tierra de Alejandro. Y me parece que, pese a su afición, entusiasmo y entrega comprobada, se le pide algo que aún no está en condiciones de ofrecer. No sé por qué, pensando en él –Alejandro-, me viene a la mente la contrariedad que le causaba a mi abuelita que el cura desde el púlpito obligara a los devotos a gastar sus ahorros en cirios para los santos.
Los que conocen la crueldad de la Fiesta saben a lo que me refiero. Y porque lo he visto en una notable cantidad de muchachos apresurados administrativamente, me arriesgo a ser contradicho con violencia toda vez que sostengo mi idea del innecesario apresuramiento por presentarlo aquí. Con cuánta tristeza verían mis ojos sin mirar, ¿o mirarían sin verlo?, que la bienaventuranza taurina la alcanzara Alejandro, de no tener suerte la tarde de hoy, por caridad movido, luego de verse obligado a recoger las hojas esparcidas para volverlas al árbol dolorido. Y volver a empezar.
Tampoco me parece sano que a Alejandro, (teoría especulativa) en caso de lograr un triunfo, sobre todo un triunfo como esos que concede gratuitamente el destino, propiciado por la suerte del novato, lo vayan a trepar a un yate que por fuera parece de lujo, pero que en su economía diaria no alcanza ni siquiera para comprar el combustible que le permita adentrarse al océano de la gloria taurina.
Y es que, dada la simpatía social que ejerce el doctor Alejandro, es muy probable que ésta se extienda a su hijo y en el ruedo se le festine cualquier cosa. Y con tratamiento de coba, me permito parafrasear al cantante divo y tocayo suyo, Alejandro Fernández, se le evalúe con una sobredosis de ternura.
El taurino con experiencia sabe que la Fiesta está embadurnada de un sucio orín, ese que a la nariz ofende, y que a la mirada le provoca náuseas. ¡La coba!. El engaño sentimental.
La coba, vulgar excremento de utilería, toma la figura de las bestias demoníacas que, por su maldad aconsejada, van tras de la nobleza y virtudes taurinas como perros tras la liebre fatigada.
Lo cierto es que, lo deseo de todo corazón, me gustaría que Alejandro despertara de sus dulces sueños, y disipara sus fantasías como las disipa la nueva luz del día golpeando los párpados de los niños antes que despierte el pensamiento.

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