QUE LA PLAZA DE TOROS SAN MARCOS SE CONVIERTA EN UN ESCANDALOSO MANICOMIO.

ARRASTRE LENTO… La declaración me parecía extravagante, tanto como lo es por momentos mi estimado compadre. Ahora se trae entre labios el truculento destello de la locura: -“Me gustaría, lo dijo echándose un trago que, por ser el último del vaso, intencionadamente fue tan sonoro como las repetidas de los árabes al final de sus hartazgos, que la San Marcos se volviera un manicomio alborotado, lleno de vida, agitado por la sin razón, conmovido por la falta de lógica”. Con esas nos salió.
Sin que él lo pidiera, ya tenía la otra en sus manos, y entre sorbos y besuqueos al hielo, siguió con las expresiones que parecían tomadas de un libro de chascarrillos baturros y desgastados. –”Sí la verdad es que la plaza debería convertirse en el escenario donde los novilleros que van a tomar parte en la próxima temporada se vuelvan locos por la supremacía, locos por tomar el liderazgo, locos por estar en la cima y eso, habrá de perdonarme compadre, lo dijo modulando sus palabras con la resonante calma de la certeza, no es ninguna extravagancia”.
-“¿O qué compadre, insistió, no le gustaría ver a los novilleros apremiados por el deseo insaciable de aplastar a todos, no le gustaría ver a un chaval que, con el ardor del apasionado se empeñara en sostener una batalla de amor propio tan intensa que se olvide de todos los términos de cortesía para darse a entender en el ruedo”.
Ligada su reflexión a la ruinosa monotonía que impera en cuanto a estilos y personalidades en los ruedos mi compadre, dándose entender con el frenético arrebato de la emoción desbordada, le daba sentido a su discurso. Escuchándolo, a ratos hasta compartíamos los contertulios lo que en un principio sonaba a chaladuras.
-“La verdad es que quiero ver locos, arrebatados, chavos movidos por el insano impulso de la avaricia que quiere todos los elogios, todas las admiraciones, quiero ver locos que no se llenan ni satisfacen al tener todos los rendimientos y reconocimientos a sus pies”.
Estoy de acuerdo. Y sin palabras asentí con la cabeza. Así la extravagancia tenía sentido. Y es que, eso me queda claro, le haría un beneficio enorme a la Fiesta mexicana que se revivieran los tiempos de ardimiento primitivo. Entendiéndolo así le quité a las palabras de mi compadre el peyorativo burlón de extravagante.
Y es que, la verdad sea dicha, hacen falta novilleros diferentes, fuera del machote de un academismo rutinario sin fondo ni color. Es cierto que el corte de los toreros modernos, además de ser similar como género, lo es en estilo y actitud.
Estoy de acuerdo con mi compadre. Que la plaza de toros se vuelva un manicomio. Y estoy de acuerdo cuando afirma que la lógica es un argumento rutinario que, por respetada, al uniformar a los toreros sofoca el brillo de la variedad, de la extravagancia de la sana locura, esa que en un espectáculo público como el toreo es altamente rentable en cuanto a la convocatoria de beneficios.
Cierto: los heterodoxos han sido grandes animadores de la Fiesta. Así las cosas, por qué no hacerle caso a mi compadre y desear que por ahí brote un grupo de locos que conviertan en manicomio a la plaza San Marcos.

Deja un comentario