QUE ME HA CAUTIVADO LA RADIACIÓN MÁS PURA DE UNA AFICIONADA QUE VE A LOS TOREROS CON OJOS DE ANGEL.

ARRASTRE LENTO… Ni yo mismo lo creía. Fue una amiga la que ayer, en el lugar de siempre, el merendero que tiene la gracia de trasladar a sus visitantes a la gloria con esas ricas bebidas que elevan el ánimo y el espíritu, la que me mostró el espectáculo visto por una mujer.
-“Los hombres parecen ciegos, y en su cerrazón visual no alcanzan a ver la semblanza mixta de los toreros”, dijo mi amiga con tono de reproche dando a entender que el varón, al no ver lo que mira la mujer, se pierde de algo brillante y esplendoroso con su ceguera.
-¿”A qué te refieres”? –pregunté con excitada curiosidad.
-“Cuando las mujeres admiramos a los toreros vemos la dualidad que los compone; vemos al hombre, y vemos al torero a la vez, en tanto que ustedes los hombres tan sólo ven unitariamente al torero”.
Por fortuna, y para mi deleite, no necesité ni rebatir ni polemizar para que ella se explayara. El alegre trote de su palabra me hizo sentir en hipódromo de rosas.
-“Algo hay que a los hombres les impide ver lo que de hermoso tiene el semblante vacilante de los toreros, y lo que de cautivador tiene la firmeza del gesto decidido. No saben ver los aires de seducción del valor de los toreros arrogantes y temerarios, arrojo que nos hacen caer rendidas a sus pies, ni saben mirar con ternura y compasión el miedo que sufren aunque no lo digan. Lo malo es que a veces éste los delata tan toscamente que llegamos a sentir lástima por ellos”.
Con tantas maravillas asombradas, la dejé hablar sin interrupción alguna. Y como quien confiesa sus secretos, seguramente sintiéndose en la intimidad del confesionario, se acusó de ser pecadoramente admiradora de los toreros.
-“Me encanta ver a los hombres vestidos de luces. Algo tiene de maravilloso y refulgente el terno que pareciera que los eleva toda vez que con su prestancia llenan el escenario de un brillo realmente esplendoroso. Y los adoro cuando la gallardía y la clase, dándoles un toque de excelsa categoría, les corona la frente poniéndolos en un trono que los convierte en modelo admirativo de reyes”.
-“Y cuando los desnudo…”.
Seguramente mi expresión con ojos saltados le movió a tomarme de la mano para, con el timbre suplicante del ruego conquistador, interrumpir su descripción y aclararme:
-“¡Espérate!, no pienses mal. Lo que sucede es que acostumbro a desnudar mentalmente al torero para ver al hombre desde el fondo de su alma. Me conmueve que siendo tan humanos, mortales como cualquiera de nosotros, por su entrega y generosidad, -hizo una breve pausa para tomar aliento- ¡vamos! que darse en el ruedo como se da tan noblemente un torero cuando es honrado y hombre cabal, por naturaleza de buenos sentimientos, le roba algo a los dioses para hacerlo suyo, nos obliga a cantar preces de afecto tan celestiales que… ¡mira tú!, que como me estás mirando parece que estoy loca”.
Lo que siguió después no se lo puedo contar por caballero que soy. (¡Hey!, no sea mal pensado el lector suspicaz). Tan sólo me queda decirle al lector que me quedaron grabadas las palabras con las que cerró su amenísima charla –la parte que- le puedo contar: -“Bendigo a Dios, el que por amor no desdeñó encarnar en su propia hechura, por crear las condiciones para que los hombres se hicieran toreros y, vestidos como tales, dieran la impresión de elevarse al mismo cielo.
Cuando esto escuché se aparecieron en mi mente dos personas que, por su don de gente y amabilidad, merecen las mejores consideraciones de mi parte: mis amigos Gilberto Bolaños San Vicente, el dilecto “Panadero” –que así le decimos y por tal lo conocemos-, y su gentil esposa doña Laurita Becerra. Sus finos modales, y la clase con la que, como los mejores artistas en el ruedo, se desenvuelven en su trato con las personas, me da la impresión, -insisto, como los toreros vestidos de luces- que algo influye para que se eleven. Por lo menos se elevan en el aprecio que me merecen.

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