¿QUIÉN ES QUIEN PARA EXTENDER CERTIFICADO DE NULIDAD PROFESIONAL A LOS TOREROS?.

ARRASTRE LENTO… Claro que los conozco. Son tan comunes que su vulgaridad los delata con inaudita precisión. Me refiero a esos tipos raros y extravagantes, pus sobre la tez de seda, que se deleitan en la insana complacencia sino de odiar, por lo menos de criticar cuanto ocurre en la Fiesta moderna.
El fenómeno es frecuente: cuando un novillero logra despertar el interés de los aficionados, lo cual conlleva despertar las ilusiones de sus familiares y amigos –dígase por ejemplo Ricardo Frausto; dígase por ejemplo Alejandro López-, y no logra satisfacer las expectativas de los malhumorados fanáticos siempre insatisfechos, el juicio y la opinión de éstos envilecidos rufianes se expresan en términos burlones.
Entiendo a los aficionados que no se cubren la boca para decir qué hermosos y llenos de estímulos habían sido en los tiempos de su juventud los eventos taurinos. Pero no logro entender a los que entre humores acedos niegan la validez de lo que hoy ocurre en los ruedos mexicanos.
Y menos entiendo –es más, hasta siento necesario establecer una prudente distancia con ellos- a quienes esperan el fracaso de los toreros, novilleros o matadores, para extenderles con repugnante petulancia un certificado de nulidad profesional.
Por eso me siento en el tendido de enfrente. Desde ahí puedo aplaudir a mis anchas a los novilleros –o matadores- que con bravío narcisismo responden a todas aquellas voces cuyos ojos quisieran verlos arrastrándose en la fétida alfombra del fracaso. Y les aplaudo porque con su entusiasmo y convicción, aliados éstos a su inteligencia siempre alerta a las circunstancias, disponen a su espíritu para estar al servicio de su vocación.
Y es verdad que no entiendo qué motivos puede tener un aficionado sensible y culto para negarle reconocimiento –el aplauso, y hasta la admiración- a los guerreros y artistas con vocación triunfalista si aquellos saben que el solo hecho de vestirse de luces para salirle al toro con honradez es digno de alabanza.
Es más, el buen aficionado, por noble y franco, aplaude hasta a los que, convencidos de la inutilidad de sus propósitos, claudican en el empeño de seguir porfiando en una trayectoria que no es para ellos.
La verdad es que no entiendo a los aficionados -¿?- que tienen motivos gratuita y graciosamente aleatorios, y menos cuando los alimentan con estímulos viscerales, para odiarlos con burla, o para burlase de ellos con odio, a los profesionales del toreo. Lo que sí entiendo es que al buen aficionado siempre le va por delante el respeto, ese que, como piedra preciosa, da realce a la corona que lo engalana.
Lo cierto es que me queda claro que el odio y la vulgaridad, la falta de respeto y la burla, no van con la categoría de un buen aficionado. Y desde luego que también me queda claro que el aplauso, diadema de gloria para los toreros verdaderos, le corresponde como la luz al día a los diestros que con su espíritu enérgico y elevado demuestran a los fanáticos dos cosas: la primera, que su hostigamiento, gran instigador ciego de la sin razón, es una alabanza en sentido contrario. Y la segunda, que la suya es una posición estúpida, correspondiente a la de un aficionado sin la menor idea de lo que es la calidad y la clase.
arrastrelento@gmail.com

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