REPORTAJE… INFORME –PREOCUPANTE- DE LA CASTA.

Una vez ha concluido el primer tercio de la temporada, cumplidas las ferias de Castellón, Valencia, Sevilla y Madrid, es momento de hacer balance sobre el juego de las ganaderías, especialmente de las denominadas ‘duras’, las que deberían salvarnos de la tiranía del monoencaste.
La de Victorino Martín no está en su mejor momento, es evidente, como lo demuestra el hecho de no haber acudido a Madrid. Padre e hijo son conscientes de que es mejor esperar un tiempo. Sin embargo, aun en su estado, siguen ofreciendo mayor interés que el resto de divisas. En Castellón, por ejemplo, sin ser deslumbrante, aportó seriedad, variedad y emoción a una feria marcada por el medio toro. En Sevilla, la mayor parte de los toros fue decepcionante, pero ahí llegó ‘Heredero’ para salvar el honor del hierro, pese a que Salvador Cortés no estuvo a su altura. En Valencia, el día de la Virgen, barrieron a los miuras, mal presentados y que, como sucedió en Sevilla, mostraron su singularidad, propia de otros tiempos y otras tauromaquias.
Adolfo Martín trajo a Valencia la cabeza de camada, con reses tan serias como descastadas, a excepción del último de la tarde que evitó el fracaso total de la ganadería.
De fracaso absoluto hay que calificar el juego de las reses del Conde de la Maza y de Dolores Aguirre en Sevilla. Para preocupar seriamente a sus criadores, pues fue un muestrario de mansedumbre sin atisbo de casta por ningún lado.
Y llegó San Isidro, con la variedad de encastes y la presunta seriedad de los encierros. Y el fracaso de la línea torista se consumó.
Lo de Partido de Resina y de Samuel Flores no por esperado resultó menos decepcionante: una retahíla de moruchos, cuya única salida es la del matadero para poder comenzar desde cero. Más preocupante fue la de Palha. Impresentable, con toros mal hechos, en escalera, y de juego desilusionante, con falta de todo. Si no se tienen toros para cumplir con la exigencia de la primera plaza del mundo, es mejor no ofrecer esa imagen tan patética.
Más controvertida resultó la de José Escolar, de irreprochable presentación, pero con instintos asesinos fruto del genio y de la mansedumbre, que no de la casta brava. Alguno de los ejemplares fue aplaudido en el arrastre para oprobio de la afición venteña. No mostraron mejor imagen los ejemplares de Hernández Pla y del Conde de la Corte en la preferia isidril.
La corrida de Peñajara, por su parte, sin ser nada del otro mundo, ofreció ejemplares interesantes que propiciaron el triunfo de César Jiménez.
Fueron los toros de Cuadri, en el cierre del largo ciclo venteño, los que devolvieron el crédito a este tipo de ganaderías. Toros bien hechos, magníficamente presentados, hondos y serios, sin aparatosidad artificial. Su comportamiento fue variado, siempre dentro de la emoción, con tercios de varas que no se habían visto en todo el abono, para llegar al último tercio con diferentes opciones, sin caer nunca ni en la borreguez ni en la mansedumbre manifiesta. Sin duda, uno de los hierros triunfadores de la temporada.

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