SI AL NIÑO SE LE FOMENTA EL HORROR A LA MENTIRA TAURINA, PUEDE LLEGAR A SER VERDADERO TORERO.

ARRASTRE LENTO… Quien lo ha vivido no lo podrá negar. La experiencia de estar cerca de los principiantes del toreo, ocurrencia que les nace a los infantes como un juego que les obsequia satisfacción inmediata, y que suele evolucionar hasta convertirse en ilusión, es por demás interesante.
Y resulta hasta cierto punto conmovedor ver la manera en la que los niños, asumiendo la seriedad de los grandes actores del toreo, simbólicamente se arman caballeros para lanzarse a la impredecible aventura de hazañosos peligros.
Ayer las circunstancias me brindaron la oportunidad de ser testigo de la virtual ceremonia en la que se armó de caballero, listo para emprender la gran cruzada, a Diego Sánchez, heredero de Fernando Sánchez, nieto de José Sánchez, sobrino de Ricardo Sánchez, y primo hermano de Juan Pablo Sánchez.
Este último, como parte de sus entrenamientos, lidió y mató al mediodía, a puerta cerrada, un astado en la plaza Monumental. Antes de que Juan Pablo le metiera la espada al de La Venta, una voz le preguntó a Diego, que atento estaba con su capote en un burladero, si quería darle unos muletazos al bicho que de ninguna manera era cómodo para un chaval principiante. -¡Claro!, exclamó el mozalbete que, más raudo que el rayo de un relámpago, ya estaba metiéndosele a las costillas al astado que, ignorando la edad y condiciones del infante toreador que lo retaba con animosa ingenuidad, acometía con la violencia con la que hervía su sangre.
Los oleeés se multiplicaron tanto como los desarmes y las evidencias de una inmadura pericia: pero el ánimo nunca le falló. Luego de cederle los trastos a Leo Valadez, también chiquillo retozón con grandes aptitudes, Juan Pablo finiquitó al cornúpeto dando por terminado la mitad de su entrenamiento. La otra mitad la cubriría en la ganadería de Medina Ibarra, finca campestre a la que se trasladó par tentar vaquillas con miras a la actuación que tendrá en san Luis Potosí el próximo viernes.
¡Así se hacen los toreros!
Pero quedó en la mente de los que presenciamos las conmovedoras escenas el infantil arrojo y quietud de Diego Sánchez.
Lo vivido ayer me da oportunidad para seguir creyendo que el aprendizaje del toreo, sólo si se alza sobre sólidos cimientos estructurales, puede ofrecer ciertas garantías de lograr una construcción sólida. Aunque…
Aunque no deja de parecerme una ingenuidad querer atribuir alcances a los juegos infantiles que, si bien suelen evolucionar hasta la dimensión de arraigarse en el espectro de los sueños y las ilusiones, ciertamente son impredecibles como para avalar su trascendencia.
El sentido común me obliga a ser cauto. Y lo soy. Pero reconozco que por algo se empieza. Y como empieza Diego Sánchez me permite aventurar a los cuatro vientos la idea de que, consanguíneo heredero al fin de una cultura taurina, bien podría estar destinado a dar continuidad, prohijándola en la dimensión imaginaria, a la dinastía Sánchez.
Lo cierto es que Diego no se encuentra aislado, como tampoco lo estuvo de niño Fermín Espinosa, hijo de Fermín, hermano de Miguel, de la influencia de la actitud del espíritu torero que mamó en su hogar.

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