24 julio, 2021

SIN NECESIDAD DE REVOCAR NINGÚN DECRETO, QUE MALDICE AL TOREO, LA FIESTA BRILLA COMO UN SOL DE NUEVO DÍA.

ARRASTRE LENTO… Ayer, por esas cosas de la vida, no pude encontrarme con mi compadre para hablar de toros. ¿Hablar de toros? ¿Qué otra cosa pueden hacer los aficionados cuando no hay eventos para disfrutarlos tal y como se disfruta el más deleitoso de los manjares?
Y me acuerdo de mi compadre –hasta lo extrañamos en las largas sesiones nocturnales con los cuates- pues es él quien insiste en destacar la idea de que la Fiesta es de suyo escandalosa y chismosa, y que la palabra resulta ser su mejor promotora. ¡Nunca se sentirá a gusto en una maldita fosa!

ARRASTRE LENTO… Ayer, por esas cosas de la vida, no pude encontrarme con mi compadre para hablar de toros. ¿Hablar de toros? ¿Qué otra cosa pueden hacer los aficionados cuando no hay eventos para disfrutarlos tal y como se disfruta el más deleitoso de los manjares?
Y me acuerdo de mi compadre –hasta lo extrañamos en las largas sesiones nocturnales con los cuates- pues es él quien insiste en destacar la idea de que la Fiesta es de suyo escandalosa y chismosa, y que la palabra resulta ser su mejor promotora. ¡Nunca se sentirá a gusto en una maldita fosa!
Estoy de acuerdo. El silencio, más que la inactividad, es el sordo fenómeno que sepulta y enluta al toreo. Cuando no se habla de él bien pudiera decirse que lo ha devorado el hondo abismo en el que reposan las ánimas que no se inmutan al verse en las sombras que nunca han buscado.
Pero en cuanto hay un sesgo por donde se filtre el rayo de luz de la palabra, el toreo emerge del artificial sepulcro para hacerse ver luminoso. Pareciera como si el sol tuviera por delante. Así de escandalosa es la Fiesta.
En la reunión de ayer –tan bien estábamos acompañados de esas sustanciosas bebidas, elixir de los dioses mundanos- que, animada como estaba la concurrencia, nadie reparó cuando el alba venció a la noche que, huyendo de ella, necesitaba escabullirse para no seguir escuchando virtudes que está lejos de entender y comprender.
Se dijo, y quedó claro, que el toreo moderno mexicano está vivo, y lo está, en buena parte, gracias a los toreros, en su mayoría jóvenes, que con su valor –y su valía- acuden a su favor. Claro que el toreo y la Fiesta moderna valen.
Y se habló de que la Fiesta, sobre la que los sepultureros están ansiosos, y hasta afligidos, de echarle las palas en la fosa, es tan cara, específicamente en la elemental escala axiológica que se sustenta, que hay quien de su vida se desnuda hasta perderla con tal de vivir con ella. Tal y como se han desnudado los toreros –insisto, en su mayoría jóvenes- que hasta de hinojos le tributan respeto.
Por eso siento marcada preferencia, hasta el nivel de predilección, por el toreo mexicano: porque es a la oscuridad de la noche, en la que lo embodegan los antitaurinos sin darle oportunidad de vida futura, la que el sol de la Fiesta se le cae de las manos. Y me gusta, muy de acuerdo al amanecer del nuevo día, cuando la roja semblanza de la bella aurora lo hace venir de prisa.
Así es el toreo en su constitución de palabra. Su luz rojiza al ocaso baña. De madrugada, al remirarlo en el ancho mar de las ideas y los conceptos, vi que con más fulgor brillaba. Tanta es su intensidad lumínica que se lo puede mirar por ambos lados del día: por el amanecer y el ocaso, por el día y la noche.
El toreo moderno aún brilla. Como brilla la Fiesta. Sobre todo en el inmenso mar del espíritu. De ahí que no me asombre que no lo entiendan quienes jamás han navegado en las turbulentas aguas de la imaginación, la aventura, el misterio, la pasión y el arte.
Pues sí, tal es el poder de la palabra. Y hablando y hablando de toros, volvimos a darle la luminosa dimensión el misterio reparador del toreo.
arrastrelento@gmail.com

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