1 agosto, 2021

SORPRENDE LA VIGOROSA ESPIRITUALIDAD ANTE LA CONTEMPLACIÓN Y VALORACIÓN DE LA SAN MARCOS.

ARRASTRE LENTO… Estimado doctor Alejandro López Delgado:
Seguro estoy que alguna vez le ha sorprendido el asombro de las cosas insignificantes, esas con las que nos topamos en la vida diaria y que, a fuerza de ver, no vemos. Alguna vez le ha sorprendido el asombro de las cosas viejas, de las cosas antiguas, esas que, acaso por vetustas, han perdido el timbre sonoro de la novedad.

ARRASTRE LENTO… Estimado doctor Alejandro López Delgado:
Seguro estoy que alguna vez le ha sorprendido el asombro de las cosas insignificantes, esas con las que nos topamos en la vida diaria y que, a fuerza de ver, no vemos. Alguna vez le ha sorprendido el asombro de las cosas viejas, de las cosas antiguas, esas que, acaso por vetustas, han perdido el timbre sonoro de la novedad.
Sin embargo esas mismas irrelevancias se apoderan de nuestra atención cuando, sacudidas de la modorra rutinaria, el simbolismo, la significación y el honor le dan a la materia carácter de reliquia. En el fondo las reliquias son el ejemplo vivo de lo antiguo, de lo añoso, de lo que, por derecho propio, ha sido merecedor de perpetuarse.
Las vemos todos los días, apacible, sencilla, modesta, irrelevante, acogedora, pero nunca reparamos en su grandeza. A fuerza de verla diario ya no le vemos. Doctor, a fuerza de mirar todos los días a la plaza San Marcos, ya no nos fijamos en lo bonita que es.
Lo cierto es que, en materia de toros, vaya que hay reliquias que, acariciándoles su pátina, se convierten en virtuosas musas que dan vuelo a la inspiración. De ahí que, acostumbrado como está el taurino a vulgarizar lo simbólico a través de la rutina, le sorprenda la sensación que resulta cuando pervive dominante el hálito que, como misterioso soplo, suave y sereno, logra trascender la materia. Y hay una especia de estremecimiento cuando el taurino percibe que la fuente de la San Marcos exhala vientos gratificantes. Sensible como es usted apreciado galeno, su fino olfato los ha detectado.
Tan maravilloso es el singular fenómeno que a la atmósfera espiritual que rodea a la centenaria plaza, como cosa inanimada, tenida como reliquia, se le perciba como una aura mágica y envolvente. Antier nos preguntábamos don Alejandro: ¿Cuánto vale torear en la plaza San Marcos? No tiene precio por lo inalcanzable que resulta.
Lo curioso del caso es que, respirando diario en sus aires, ya no evaluamos su aroma de castillo. Trivializamos la grandeza de sus perfumes. Nos preguntábamos: ¿Cuánto vale –el inmueble- la San Marcos? En pesos tiene su precio, pero en la balanza del romance es incuantificable. Como reliquia, tenida como un irrepetible residuo que con el tiempo ha asumido el carácter temporal que otorgan las huellas y los vestigios de un pasado colosal, adquiere una estimación de altísimo precio. Su precio resulta inalcanzable.
Así las cosas, la preciosa joyita de la San Marcos, estando todos los días a la vista, oculta su grandeza. Qué bien ha eludido el vetusto coso material la degradación espiritual que el tiempo a otros recintos ha corroído sin piedad ni misericordia.
Y es que a pesar de estar en ella todos los días, de saludarla y mirarla, algo tiene que me resulta novedoso. Tan sólo basta con mirarla con detenimiento y atención para comprender que es una reliquia con derecho a eternizarse.
Mirándola se convierte en instrumento de admiración: tan sencilla, tan modesta, pero a la vez tan grande. Mirándola se convierte en instrumento de formación. Con tan sólo mirarla de frente se le ayuda a la memoria a tener presente a los misterios que como aura y hálito influyentes salvaguardan el nexo que existe entre el ser y su imagen.
Doctor, esperando encontrarle el domingo en la San Marcos… para verla, sentirla y admirarla.

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