TALAVANTE CANTÓ CON AIRES DE FIESTA. ORTEGA Y CHAVEZ A BAJO TONO

ARRASTRE LENTO… Tal vez al lector en algún momento le ha sucedido lo que me ocurrió cuando algunos de mis pensamientos privados de carácter taurino se volvieron sentimientos públicos: sentí pudor. Un pudor que en la intimidad me llenó de ardiente rubor.
Para darme a entender lo escribo cual sucedió: al terminar la corrida de ayer en la plaza México, y mirando a la actual Fiesta de toros mexicana, siento que me agobia una dolorosa certeza relativa, pero al fin certeza: certeza cuyos efectos pudieran semejarse a los que produce la brusca humillación de ser encontrado con las manos en la masa… de la mujer ajena.
Y es que a la razón de los taurinos les resulta inexplicable que la descendencia de padres gigantes –Gaona, Armilla, Garza, El Soldado, Silverio, Arruza, más todos los grandes que no se mencionan- sólo haya dado enanos. Conste que no es mi intensión ver a ciertos toreros mexicanos del tamaño de un pigmeo vestido de luces, pero es curioso. Es curioso lo que sucede con la torería nacional: se ha escabullido la magia que la pueda despertar de la anestesia en que está.
Pero es que… claman los optimistas.
Pero es que ¡naá!, que así lo pronunciara un español.
Al ver el relumbrante lucimiento de los diestros ibéricos me invade un sentimiento de desaliento pues, si de competencia hablamos, los triunfadores han sido los mentados gachupas. De nuevo la esperanza frustrada de los mexicanos fue ayer marco de nuestra desilusión.
Al ver los resultados de otros festejos, llevados con rasgos grandilocuentes a los titulares de los medios, se multiplican en mi las tentativas de descifrar aquello que está detrás de la máscara, de los profesionales mexicanos que no logran encender en la afición los nuevos bríos del asombro torero, mucho menos avasallar.
Y aunque queda claro que el diestro nacional, pese a todas las vicisitudes que ha encontrado en su camino, está capacitado para triunfar, sobresale la pregunta: ¿Qué pasa entonces que no se coloca por encima de los afamados toreros españoles que, una vez más, han sido los grandes animadores de la temporada? Hemos sido testigos que a muy pocos toreros mexicanos, en la actual temporada, se les ha dado la oportunidad de reír con altivez.
¿Qué vimos ayer en la México? Hubiéramos querido que la emoción presidiera la tarde, pero se dio tan solo a pausas. Fue así que, con los ojos metidos en el ruedo, notamos la mudanza de ánimo de la asamblea. Con Ortega se palpó un ambiente raro, apuntando al desánimo. Su labor nunca tuvo color. Y como desistió pronto, pronto se fue al olvido.
La emoción reapareció con Talavante que llevó prendida la tersura en la izquierda, y con tal dictó un concierto en el que intercaló vivísimos detalles de una variedad sorpresiva. Por su indiscutible torería mereció el reconocimiento unánime de los capitalistas. Fue el triunfo de otro torero grande que lució senda oreja de sus dos faenas.
La actuación de Juan Chávez se anunció sin ánimo, así nació, y murió sin pulso de viva. ¡Amén!

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