29 julio, 2021

UN VESTIDO PAL`RECUERDO…

Malva y oro con faja y corbatín en verde. Así vestía Alejandro Talavante cuanto indultó, en el ruedo de la Monumental, al “Niño Bonito” de Begoña. Dueño del temple y la distancia, que no es erróneo decir que maduró en sus temporadas mexicanas, parecía jugar al marcarle, en cada muletazo, el derrotero que el propio matador quería que siguiera el astado cuando se inventaba su faena al son de “Pelea de Gallos”…

Malva y oro con faja y corbatín en verde. Así vestía Alejandro Talavante cuanto indultó, en el ruedo de la Monumental, al “Niño Bonito” de Begoña. Dueño del temple y la distancia, que no es erróneo decir que maduró en sus temporadas mexicanas, parecía jugar al marcarle, en cada muletazo, el derrotero que el propio matador quería que siguiera el astado cuando se inventaba su faena al son de “Pelea de Gallos”… de malva y oro, el mismo vestido, el mismo color de faja y corbatín de un Alejandro Talavante que mandó a la inmortalidad a otro toro, “Cervato” de El Ventorrillo –la ganadería con la que junto a El Juli y Luque reapareció en Sevilla después de su innegable triunfo sanmarqueño-, y de paso él mismo se fue a la cumbre al cortar los máximos trofeos que históricamente se dan en Madrid, y que son las orejas del astado, después de una faena en la que supo comprender a un toro que se movía pero que no era fácil, que requería mucha don de mando y al que le cobró una entera a un tiempo.
De paso, Talavante ha desmitificado una errónea idea: las filigranas que se le hace al toro mexicano no se le pueden hacer al toro español, porque su sola raza y complexión hacen imposible esos muletazos en redondo, o los cambios por la espalda en un palmo de terreno. Hoy, el diestro extremeño ha cerrado su faena con muletazos como los que dicen son aquí imposibles, con el mismo sentimiento que le puso a su trasteo en la feria de San Marcos, pero con la emoción que significa cuajarlo a un toro como “Cervato”, que para otro matador le hubiera significado, quizá, su tumba… porque no era fácil poderle.
Al Santo Patrono de Madrid se le durmió el gallo en la octava corrida a su honor. No quitó el agua, ni puso el sol… tarde nublada para el segundo de los carteles fuertes que reunió al CID, Talavante y Perera con una corrida de El Ventorrillo, y que por aquel resultado nada bueno presagiaba para este día. Allá, fueron mansos y descastados protagonistas de una aburrida corrida del final de Feria; acá –con mejor presencia- hicieron también cosas de mansos, no fueron fáciles para los toreros y, de nuevo, un Madrid más torista que torerista tomó partido por los astados, a excepción de Talavante, con el que se entregó rotundamente.
“Cervato” fue el tercero de la tarde. Castaño, salpicado, bragado, delantero y bien armado del que se recuerda en el capote el quite por ajustadas chicuelinas. En la muleta, Talavante se hizo poco a poco del astado. Le aguantó los primeros muletazos, llevándolo embebido en la muleta en cada una de sus embestidas; apretaba el toro y el torero no podía perderle la distancia que siempre marcó hasta el extremo de no ser desarmado, aunque ello suponía exponer en cada muletazo. Así lo hizo Talavante hasta que terminó dominando la situación. Sentimental que es, dejaba su interpretación personal en cada muletazo, vinieron en redondo, cambios por la espalda, la emoción de los tendidos y la conciencia de que ahí, estaba la Puerta Grande que al final se ganó después de la estocada…
Su segundo, el más pesado del encierro, fue el único que permitió verse en la capa con seis verónicas rematadas con la media justo al lado derecho de matadores. Con mucha plaza y más largo que un tren, el negro que cerraba plaza no se empleó muy a fondo en el caballo, donde en el primer puyazo se quedó sin pelear y del que al sacarlo se fue para la querencia demostrando su condición de manso, quite por lances a pies juntos dando la vuelta al capote para tratar de evitar que perdiera la reunión, rematadas con un torero recorte a una mano; crecido Talavante en el cierre del festejo, se molestó con la cuadrilla por la mucha capa que le dieron en banderillas. Manso que fue, permitió a su matador enseñar el poder de su muleta, sin redondear nada. Al más pesado de la corrida, 620 kilos de carnes, los mandó al destazadero de una media tendida y dos golpes de descabello no sin antes escuchar un aviso… pero eso era lo de menos, porque a Talavante le esperaba la puerta grande, primera de la feria, segunda del torero aunque es primera en San Isidro… otra vez a poner su nombre en los mosaicos del patio de arrastre y en las mismas placas de la puerta grande.
EL CID es un torero artista y de poder. Hace un año, el 21 de mayo, cortó una oreja que le catapultó de nuevo a los carteles fuertes de todas las ferias; aquel triunfo, sin embargo, contrastó por haberlo logrado la misma tarde en que Julio Aparicio recibió aquella cornada que penetró la cavidad bucal y que recordó, porque a lo menos así lo dicen los libros y las fotos de la época, a la que recibió Antonio Velázquez en el Toreo allá por 1958. Se topó con dos problemas en pitones. El primero comenzó su lidia de forma incierta, echando los leños por arriba –los puso en el cuello del caballo-, aunque en banderillas comenzó a cambiar. Con la muleta, el toro no se entregó aunque sí embestía mejor que con el capote. Quizá si El CID le hubiera aguantado los primeros derrotes, le hubiera logrado meter en la muleta. No anduvo confiado y la gente consideró que el toro fue el que se adueñó del ruedo y, como estuviera pesado con la espada, le despidieron con pitos… los primeros en su vida en Madrid; con el segundo tampoco pudo concretar. Hizo cosas de manso, pero no representaba un gran problema… quedó en el tendido la idea de que hubiera podido cuajarlo, pero no se esforzó, cosa rara en él que regresará en dos días a Madrid.
Miguel Ángel Perera, de grana y oro, lidió dos mansos que no permitieron lucimiento alguno con el capote. El primero, después de varas, pareció cambiar, incluso cuando Talavante se puso el capote por la espalda y se lo pasó en tres gaoneras ceñidas por quite. Perera buscó la faena, le insistió más de la cuenta, prolongando los muletazos, intentando meterlo sin medir riesgos ni tiempo, tanto así, que el aviso vino antes de intentar matarlo, cosa que no logró al primer viaje. El segundo tampoco le permitió el triunfo. Un toro que se ponía por delante, después echando la cabeza por arriba y finalmente tirando el derrote al salir del muletazo. De mucha plaza, castaño coleto, con un buen par de pitones, se dio por escarbar al final de la faena que ahora no prolongó su matador, y que lo envió al destazadero con una casi entera.
Después de ayer, algo es seguro… el vestido malva y oro que se estrenara en Aguascalientes y con el que se triunfaba en Madrid, no verá otra plaza… se quedará en la sala de recuerdos.

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