5 agosto, 2021

UNA OREJA JUSTICIERA PARA LUIS CONRADO.

Domingo 4 de septiembre del 2011 Séptima novillada de la temporada de la Plaza de toros México.
Novillos: Cuatro de Acapangueo, primero, segundo, tercero y sexto. Interesantes por su pinta, pero no se les puede llamar animales de lidia. Dos de Marco Garfias, cuarto y quinto, esmirriados, pero colaboradores en grado mínimo.

Domingo 4 de septiembre del 2011 Séptima novillada de la temporada de la Plaza de toros México.
Novillos: Cuatro de Acapangueo, primero, segundo, tercero y sexto. Interesantes por su pinta, pero no se les puede llamar animales de lidia. Dos de Marco Garfias, cuarto y quinto, esmirriados, pero colaboradores en grado mínimo.
Novilleros: Luis Conrado, mató al que abrió plaza de pinchazo en lo alto y entera: aviso y al tercio. Al cuarto le tumbó una oreja con una estocada de buena factura que cayó en el rincón. Mató al quinto en sustitución de Cuevas, lo despachó de un par de pinchazos y tres cuartos en buen lugar: palmas.
Rodrigo Cuevas “El Príncipe”, en el segundo de la tarde, dos avisos a partir de un número incontable de pinchazos sin ton ni son; el toro no se fue vivo a los corrales por la generosidad mal entendida del juez de plaza: pitos. Al segundo de su lote no le pudo matar porque se fue a la enfermería conmocionado después de una cogida.
Julio De la Isla, estocada tendida que bastó en el tercero de la tarde: palmas. Al sexto le mató de una entera trasera y perpendicular que no le hizo daño al novillo, y pinchazo y tres cuartos: aviso y palmas.
Hay tardes surrealistas, pasadas por agua y en familia, en las que los mil parroquianos tercos se emocionan con lo que queda de la novillería andante en este pobre país. Uno no entiende el criterio para anunciar encierros parchados de muy dudosas cornamentas y sangre aguada. El novillero que quiere destacar se planta ante lo que le echen, sea esto un mueble con cuernos o un animal taimado y matrero.
Luis Conrado, el muchacho capitalino que tiene una afición que no le cabe en el cuerpo, hizo todo lo humana y toreramente posible ante su primero, un bicho facado, bragado, calcetero y rabicano que manseó de lo lindo. El cornúpeta no daba dos embestidas ni seguidas ni iguales, topaba y se rajaba con alegría. Luis le buscó las cosquillas y demostró pundonor y oficio.
Con el cuarto, un ejemplar cariavacado de Garfias, Conrado emocionó al cónclave con el capote. Primero,se plantó en los medios para recibir de hinojos al novillo, luego quitó por las saltilleras más elegantes y arriesgadas que se han visto en años.
La faena de muleta transcurrió entre altibajos, destacando el toreo al natural con el engaño bien planchado y llevando al toro hasta atrás de la cadera. También hay que recordar un cambio de manos por delante que tuvo sabor y hondura. Se tiró a matar como los grandes, como los toreros que tienen hambre, y logró tumbar al burel. Le fue concedida una oreja que es el justo premio al esfuerzo y a la raza de un joven coleta que ha sufrido todos los calvarios del toreo. Ojalá esto sirva para que vuelva a ponerse en el candelero.
De un señorito que se pone en los carteles con el atrevido mote de “El Príncipe”, mejor ni hablar. Tuvo en el segundo de la tarde a un amigo con cuernos, no a un enemigo avieso, y ni así logró controlar sus ansias de irse de la suerte cada vez que el berrendo aparejado de Acapangueo le embestía. Los gritos de: ¡Toro, toro! lo explican todo. Y con la toledana estuvo no mal sino del diablo. El novillo, al oír el segundo aviso, decidió doblar para evitarse mayores sufrimientos.
Salió a enfrentarse al quinto y se notó que trataba de controlar a sus piernitas bailarinas, pero… Quitó por una especie de navarras y tafalleras siendo achuchado. A continuación se encaró con la gente de sol y en un esbozo de derechazo el toro le trincó y lo noqueó. Ahí encallaron las ilusiones del muchacho hidalguense.
Conrado tomó la muleta y firme y sereno tuvo detalles de torería, interrumpidos por los chuflas que habían venido a apoyar al “Príncipe”, quienes no le dejaron hacerle faena al rumiante. En fin, con su pan se lo coman, el tiempo dirá quién tenía madera de torero y quién no.
Julio de la Isla dejó bien claro que posee la actitud y el arte necesarios para gustar al respetable. En su primero, un torillo que se apagó rapidísimo, estuvo elegante con el percal, pegando faroles de hinojos y quitando por vistosas chicuelinas modernas. Puso los palos con garbo y conocimiento, si bien el barrizal le impidió lucir plenamente. Con la pañosa no perdió jamás el paso y estuvo siempre por encima del pupilo del ganadero Cuevas, pariente del “Príncipe.”
El último de la tarde fue un regalito al que no se le podía sacar un muletazo completo. Julio porfió y se entregó en medio del diluvio universal, siendo aplaudido por los sufridos aficionados capitalinos, esa rara especie en peligro de extinción.
Conrado y De la Isla merecen mil oportunidades más, pero con ganado de lidia, con novillos plenos de casta y bravura, no las raspas que mandan los contlapaches del empresario.

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