24 julio, 2021

UNA SEMBLANZA COMO TORERO Y PERSONA DE MI PRIMO Y MAESTRO PEPIN MARTÍN VÁZQUEZ.

Al acercarse la fecha de la concesión de las Medallas de Bellas Artes, conviene que se premie a un artista de la Tauromaquia con méritos indiscutibles y que, en contra de lo que a veces ha sucedido, sea acogida sin polémicas por los profesionales y los aficionados. Creo que muy pocos nombres reúnen mejor esas dos circunstancias que el de Pepín Martín Vázquez. Aunque vive retirado el recuerdo de su arte parece crecer cada día…

Al acercarse la fecha de la concesión de las Medallas de Bellas Artes, conviene que se premie a un artista de la Tauromaquia con méritos indiscutibles y que, en contra de lo que a veces ha sucedido, sea acogida sin polémicas por los profesionales y los aficionados. Creo que muy pocos nombres reúnen mejor esas dos circunstancias que el de Pepín Martín Vázquez. Aunque vive retirado el recuerdo de su arte parece crecer cada día…
Esto leí en una copia del artículo de Andrés Amorós que se publicó el 10 de febrero del 2011 en el diario ABC de Sevilla, el cual me envió mi cuñado Antonio Mihura.
Hace algún tiempo ya había leído similares proposiciones en un artículo de Zabala de la Serna en el mismo diario, y en otro del periodista sevillano Carlos Crivell en su portal Sevillatoro.com. Naturalmente, coincido con esos críticos en que Pepín se merece ese reconocimiento y aun más, pues este excepcional maestro sevillano, a pesar de su corta pero intensa carrera, ha sido una de las figuras más relevante del siglo XX.
Ahora bien, aunque mi opinión personal de los méritos de Pepín para recibir esa medalla, a diferencia de esos distinguidos periodistas, pudiera estar coloreada por mi afecto y relación personal con el artista, como antes no lo he hecho, ahora he decidido escribir estas líneas para recordar su grandeza. Para ello, primero expondré cual ha sido mi relación con Pepín, para dar una idea a como determino mis opiniones, luego incluyo una abreviada semblanza de mi maestro, para enfatizar algunos de sus inmensos logros en los ruedos, indicando a la vez algunas cualidades de su depurado toreo. Además, comentaré sobre un aspecto de su personalidad que, tal vez, haya contribuido a que después de su retiro de los ruedos no se haya realzado suficientemente el impacto del diestro de la Macarena en la fiesta brava, como se ha elogiado el de otras figuras con igual o menos mérito que él.
Pepín y yo somos primos hermanos, su madre y la mía eran hermanas. Vivíamos en Sevilla con nuestras respectivas familias, varias casas aparte, en la calle Resolana del barrio de la Macarena y, como era la norma en las extendidas familias de aquellos tiempos, de jóvenes compartimos una vida familiar común, y entrábamos en la casa del uno y del otro, como si fuera la nuestra.
En la casa de mi primo se respiraba el toreo, ya que era la morada de una dinastía torera encabezada por mi tío Curro Martín Vázquez y, como de chiquillo yo pasaba muchas horas allí, ese ambiente me inspiró a querer ser torero. Pepín entonces, en la década de los cuarenta, era el torero de esa dinastía que estaba en candelero, y por lo tanto busqué su compañía, ya que por solamente estar a su lado y oírle hablar, me hacía prematuramente sentirme torero. De muy chiquillo inocentemente le decía que quería ser un torero grande como él, se sonreía pero no me echaba cuenta. Ahora bien, cuando yo tenía ya quince años, e insistía en manifestarle mi deseo, comprendió que mi vocación era verdadera y no una chiquillada. Entonces, paulatinamente comenzó a ayudarme y, poco a poco, se fue convirtiendo en mi maestro y mentor taurino, refinando mis rudimentarias maneras de toreo cuando toreábamos de salón, y luego llevándome a tentaderos para probar si lo que yo le hacía al carrito me atrevía a hacérselo a las becerras. Más tarde, a principios de los cincuenta, ya siendo un muchacho, prematuramente dejé los estudios de bachillerato para comenzar a torear como novillero sin caballos. Entonces me convertí en su sombra, acompañando a Pepín a casi todas las partes, pasando temporadas en su finca entrenando y socializando con él.
Ya, con ya algún conocimiento de lo que era el toreo y habiendo visto torear a las grandes figuras de esa época, comprendí la suprema grandeza de su toreo y lo que Pepín ya había significado para la fiesta brava. Al mismo tiempo, comencé a admirar la sencillez de su personalidad, ya que ni por un instante, ni conmigo ni con nadie, le oí ni recrearse ni presumir de sus grandes hazañas en los ruedos.
Esa misma sencillez y modestia Pepín siempre la ha mantenido, como pude comprobar cuando, después de yo emigrar a los Estados Unidos, en mis regulares retornos a Sevilla, lo visitaba, y al mencionarle cualquiera de sus hazañas que yo había leído en algún medio, pues él nunca las había mencionado, Pepín sonreía, hacia un breve o neutral comentario y pasaba a conversar de otros asuntos.
Por otro lado, esa modestia le hizo el no promocionarse y el evitar que otros lo hicieran. Desde su retiro, a menudo cortésmente no ha accedido a las muchas proposiciones de entrevistas que tuvo, ni tampoco ha participado en eventos taurinos, o ha facilitado que se le hagan esas clásicas conmemoraciones tan comunes en otras grandes figuras, como, por ejemplo, la celebración de medio siglo de alternativa.
Se me vienen a la memoria dos específicos casos que ilustran esa conducta. El primero es que al celebrarse en Córdoba la conmemoración del 50 aniversario de la muerte de Manolete, Pepín que, por haber compartido mucho carteles con El Califa , además de ser su admirador, pudiera haber jugado un papel estelar en el evento, en cambio no participó, mientras que otros diestros, que apenas habían actuado o incluso no actuado con el finado, tomaron cierto protagonismo en el evento, como por ejemplo, Rafael, el hermano de Pepín, quien había tomado la alternativa años después de la muerte de Manolete.
EL otro caso estuvo relacionado conmigo. El periodista y autor José Luis Ramón, cuando en el año 1997 estaba editando el libro TODAS LAS SUERTES DEL TOREO POR SUS MAESTROS, me llamó desde Madrid a Maryland, en donde yo resido, pidiéndome que le arreglara una entrevista con Pepín para que le describiera como él ejecutaba cierto pase, para incluir la narración, ilustrada con fotos, en el texto de su obra. Yo con mucha confianza le dije que no habría problema, creyendo que Pepín accedería a ello, pues en el libro aparecían grandes figuras como Pepe Luis y Manolo Vázquez, Litri, Antoñete. Pedrés, Paco Camino y Joselito. Llamé a Pepín para pedirle el favor, y me dijo más o menos “Mario, pídeme o que quieras menos eso, pues si acepto tengo que corresponder con varios periodistas que me quieren entrevistar”. Tuve que llamar a José Luis para, con cierta humildad, comunicarle la negativa de Pepín, y me sorprendió diciéndome que esperaba esa respuesta. Aparentemente, habría intentando ponerse en contacto con Pepín por otros medios sin conseguirlo.
Por otro lado, esta tendencia a la privacidad no es tan evidente para quien conozca a Pepín casualmente, pues en público es una persona con carisma, encantadora, de fácil conversación y que trata a la gente con simpatía, cortesía y respecto, sin discriminar entre los de arriba y los de abajo. Sin embargo, parece estar más a gusto alternando privadamente con un reducido grupo de íntimos amigos que participando en actos públicos, los que evita.
Así que mi admiración por Pepín, tanto por sus cualidades como torero como por las personales, ha crecido sobremanera a través de los años, pues no he conocido a otro torero, o persona famosa, que genuinamente de menos importancia a lo que en su profesión haya logrado.
Paso ahora a comentar sobre el Pepín torero. Como es lógico, solamente recuerdo algunos desconectados instantes de la carrera taurina de Pepín, por lo tanto para resumir con cierto orden su carrera en los ruedos, he buscado los datos en diferentes fuentes en el Internet.
Pepín nació el 6 de agosto del 1927 en la casa número 11 de la calle Resolana, cerca del Arco de la Macarena, en el barrio del mismo nombre. Desde niño quiso ser torero, lo que no extraña si se considera que creció en un ambiente taurino, pues su padre Curro Martín Vázquez, su tio Manolo y sus hermanos Manolo y Rafael fueron matadores de toros. Fue un niño torero precoz, pues con Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma” hijo formó pareja como becerrista hasta que debutó como novillero sin caballos el 16 de septiembre del 1943 en Cehegín (Murcia). Desde ese momento su carera fue meteórica, pues en una temporada pasó de debutar como novillero con picadores a tomar la alternativa a la corta edad de 17 años y un mes.
Debutó con picadores el 27 de febrero de 1944 en Barcelona y el primero de abril hizo su presentación en Madrid. Sumó 34 novilladas, triunfando casi todas las tardes, sobresaliendo su actuación del 18 de mayo en las Ventas, en donde tuvo que lidiar cinco novillos por cogidas de sus compañeros, cortando orejas y en Sevilla, en donde cortó varios trofeos en dos novilladas.
Sus numerosos triunfos de novillero le animaron a tomar la alternativa. La tomó el 3 de septiembre de ese mismo año en Barcelona. La corrida fue de ocho toros con Domingo Ortega, Pepe Luis Vázquez y Carlos Arruza en el cartel para lidiar toros de Alipio Pérez Tabernero Sanchón.
El toricantano fue doctorado por Domingo Ortega. A pesar de la temporada estar ya dando las boqueadas, Pepín toreó ese año en otras trece corridas más, alternando y triunfando junto a las grandes figuras del momento, como puede apreciarse en el cartel de la alternativa.
Después de haber probablemente roto el récord histórico de en menos tiempo de pasar de novillero sin caballos, el 6 de septiembre del 1943, a matador de toros, el 3 de septiembre del 1944, lo que logró hacer en menos de un año, se convirtió en una primerísima figura del toreo en la temporada siguiente.
En la temporada del 1945 actuó en 60 corridas, obteniendo clamorosos triunfos como el que consiguió en la Feria de Abril de Sevilla altenando con Manolete y Arruza. En Madrid toreó seis tardes, incluyendo la corrida de su confirmación de alternativa. La confirmó el 29 de abril, siendo el padrino Pepe Bienvenida y el testigo Morenito de Talavera. Desde entonces las Ventas fue su plaza, más que la Maestranza sevillana. Además de ser uno de los grandes del toreo, era lo que hoy llaman “un torero de Madrid”. Concluida la temporada española hizo campaña en México, en donde sus éxitos continuaron, alternando a menudo con Manolete, y siempre compitiendo con las grandes figuras de la Edad de Oro del toreo mexicano. El genial diestro azteca Silverio Pérez le confirmó la alternativa en México el 16 de diciembre.
Ya en la cúspide del toreo, en su campaña del 1946, Pepín sumó 50 festejos que hubieran sido más si el 30 de junio en las Ventas un toro no le hubiera infligido una grave cornada. Desde aquí en adelante los toros castigaron fuerte al sevillano.
Comenzó la siguiente campaña como el diestro de más tirón, después de Manolete, y todo iba viento en popa, ya que antes de iniciar la temporada tenía 87 contratos firmados. En esa temporada había sido el máximo triunfador de la recién estrenada Feria de San Isidro y también en las Ventas había tenido otro triunfo memorable el 16 de julio en la tradicional Corrida de la Beneficencia, al desorejar por partida doble a dos astados de Bohórquez. Alternaba esa tarde con el Monstruo de Córdoba, quien resultó herido, y con Gitanillo de Triana. El famoso crítico Clarito en sus Memorias calificaba de “asombrosos” los lances y pases bordados por Pepín esa tarde.
Sin embargo, la situación cambió el día 8 de agosto en el pueblo manchego de Valdepeñas, en la que sería su trigésima y la última actuación de esa temporada. Allí, un toro de Concha y Sierra se encargó de herirlo muy gravemente en un muslo, poniendo momentáneamente en peligro su vida por la gran perdida de sangre, pues la femoral se la había destrozado. Curiosamente, Manolete, quien moriría unos días después en Linares le hizo el quite.
El percance de Valdepeñas fue el fin de la hasta entonces brillante campaña del 1947 de Pepín, y la causa de que estuviera fuera de combate por unos ocho meses. Después de su larga recuperación, que no fue completa porque le quedaron algunas secuelas de la cornada, el menor de los Martín Vázquez reapareció el 12 de mayo de 1948 en la Plaza Monumental de Barcelona. Esa temporada actuó solamente en 30 corridas, el corto número fue debido al tardío comienzo de la temporada. No obstante, volvió a tener varios grandes triunfos, como el del 3 de junio en Madrid.
Después de esa temporada la carrera de Pepín comenzó un lento declive, lo que se refleja en que en su campaña del 1949 únicamente actuó en 22 corridas. A este reducido número contribuyó el percance sufrido por el espada en Peñaranda de Bracamonte, donde un toro lo hirió gravemente de nuevo en un muslo. En Europa en el 1950 hizo el paseíllo aun en menos ocasiones, en nueve festejos. Al completar su campaña europea, toreó en octubre en la Feria del Señor de los Milagros de Lima, Perú, en donde en la Plaza Acho el 17 de diciembre un toro lo hiere otra vez más en un muslo.
Durante la temporada 1951 se mantiene inactivo, para el año siguiente volver a los ruedos, actuando en una docena de festejos, entre ellos en la que sería su última actuación en Madrid en la Feria de San Isidro. Sucedió el 21 de mayo y esa tarde le confirmó la alternativa al diestro mejicano Jesús Córdoba.
Finalmente, sin anunciar su retirada, hizo mutis por el foro el 22 de febrero del 1953 en Caracas, Venezuela. El cartel lo formaban, además de Pepín, César Girón y Jumillano, lidiando toros de Guayabita.
Tengo que añadir un hecho que explica de alguna manera el porque Pepín, a pesar de conservar aun su popularidad, no sumó más corridas en sus tres últimas campañas. Eso tenía que ver con que Pepin no aceptaba torear al menos sus condiciones como figura cumplieran con respeto al cartel, toros y dinero. Para él, el concepto de torear simplemente por sumar corridas no existía. En variaa ocasiones fui testigo de que esto sucedía, pues desde el año 1950 cuando su hermano Manolo nos apoderaba a él y a mí, yo estaba presente o oía conversaciones telefónicas en las cuales Manolo le proponía contratos que no contenían exactamente las exigencias de Pepín, y este no los aceptaba, aunque Manolo le insistía que lo hiciera.
Pepin también tuvo sus aventuras cinematográficas pues, cuando estaba en la cumbre de la torería en el 1948, protagonizó la película de tema taurino Currito de la Cruz, que fue estrenada en 1949. El éxito de la película fue enorme con el resultado de expandir la popularidad de Pepín mucho más allá de las fronteras del mundo del toreo. Videos de esta película ofrecen a los aficionados de ahora, que no vieron torear a Pepín, la oportunidad de apreciar la excepcional turomaquia del maestro macareno, la que hoy aun tiene actualidad. En Currito de la Cruz se ven escenas, especialmente filmadas para la ocasión, de Pepin toreando a campo abierto, en una playa y también pasajes de sus faenas en corridas regulares en Madrid y México. Ya retirado, en 1954 filmó la película francesa Chateaux en Espagne. Esta película fue estrenada en enero del 1955 en Madrid, con el título de El Torero, y a pesar de ser la protagonista la famosa estrella Danielle Darrieux, a diferencia de Currito, la película pasó sin pena ni gloria como se dice en términos taurinos. Al retirarse, Pepín profesionalmente se apartó completamente del mundo de los toros, para dedicarse a explotar sus fincas y a otros negocios. Pronto se casó y creó una familia, con la que vive en Sevilla.
Una pregunta lógica sería que cualidades tendría el toreo de Pepín que causó que, en una época la que había una baraja de excepcionales toreros, encabezados por Manolete y Arruza, hiciera que el macareno en poco más de un año se colocara en la cumbre, compitiendo con esos fenómenos.
La respuesta es difícil, pues cuando uno se refiere a cualquier arte es casi imposible describir las cualidades artísticas sin tener que recurrir a palabras abstractas y frases hechas, que solo dan vagas ideas del concepto. No obstante, usaré algunas de esas generalidades para dar una vaga idea de la grandeza del estilo de torear del maestro Pepín Martín Vázquez.
Su forma de crear toreo, contiene la pureza y la hondura del estilo rondeño, la verdad, elegancia, firmeza, naturalidad y templanza del manoletismo, los toques de gracia y garbo del toreo sevillano, más algún que otro gesto de valentía de los toreros de pelea y casta, pues más de una vez, cuando sus rivales triunfaban y al ver que a él se le iba la tarde en blanco, el clásico maestro no dudaba en iniciar la faena rodillas en tierra con estatuarios, y terminarla también de rodillas con un temerario desplante, tirando la muleta y cogiendo con ambas manos al toro por los cuernos. Con el capote, tenía la tendencia a veroniquear más con los pies juntos que con el compás abierto, y la gracia sevillana estaba presente tanto en esa suerte como en los artísticos quites por chicuelinas y en las revoleras y recortes con que remataba los quites. Sin embargo, asombraba con el valor con que interpretaba a menudo los quites de frente por detrás, en los que templaba y mandaba a los toros como si estuviera dando naturales. Los quites por gaoneras eran peculiares del toreo de capa de Pepín, aunque esos quites no eran ni son la norma de los llamados toreros sevillanos como, por ejemplo, un Chicuelo o un Pepe Luis Vázquez, o ahora un Morante.
En el último tercio, Pepín cogía la muleta por la mitad del palillo, y con los pies entreabiertos, clavados en la arena, y la muleta perpendicular a su cuerpo y ligeramente adelantada, en los medios, a unos metros de distancia, provocaba la arrancada del toro, y al arrancarse el animal, adelantaba muy poco el engaño para embarcarlo y llevarlo, con temple y manos bajas, embebido en la panza de la pañosa, sin usar el pico. Completaba la suerte, todavía usando la panza, conduciendo al animal en un semicírculo, rozando su cuerpo, hacia su espalda por el simple efecto de un suave giro de la muñeca. Entonces, sin forzar la figura, pero sintiéndose a sí mismo, giraba sin es

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