1 agosto, 2021

¿VERDAD ESPEJITO QUE SOY LA MÁS HERMOSA DE LAS FIESTAS? PERO EL ESPEJO CALLÓ.

ARRASTRE LENTO… Cuando recordé el episodio del cuento aquel que, contado a niños con intenciones pedagógicas, habla de la bruja que ignorando ciegamente su fealdad le conminaba al espejo para que el horror lo convirtiera en dulce mentira, por una asociación de ideas me vino a la cabeza la figura de la Fiesta de toros mexicana, maltrecha y desaliñada como la ven los que no la aceptan en su expresión contemporánea, mirándose en un espejo.

ARRASTRE LENTO… Cuando recordé el episodio del cuento aquel que, contado a niños con intenciones pedagógicas, habla de la bruja que ignorando ciegamente su fealdad le conminaba al espejo para que el horror lo convirtiera en dulce mentira, por una asociación de ideas me vino a la cabeza la figura de la Fiesta de toros mexicana, maltrecha y desaliñada como la ven los que no la aceptan en su expresión contemporánea, mirándose en un espejo.
El cuadro imaginario, que bien pudiera formar parte de una fábula no contada, fue elocuente. Cuando la Fiesta se miraba en el espejo, con timbres de alarma reverberó una voz grave, y aunque no pude escucharla, adiviné que decía “te afea la mentira”. Vi a la Fiesta mirándose fijamente en el espejo, y lo que observaron mis ojos, además de patético, me pareció digno de pena. Una pena que no era otra cosa que la consecuencia de ver un rostro garabateado, grotesco, dibujado con rasgos de tentativas no logradas ni resueltas.
Lo que sí alcancé a percibir fue el sonido de las palabras con las que la Fiesta, tímida, y planteadas en una pregunta en sordo murmullo, interrogaba al espejo. ¿Verdad que soy la más hermosa de las fiestas mundanas? El espejo, mudo, guardó la compostura.
Experimente alegría al ver que el espejo, resistente cual roble, y consciente del dolor que causaría si dijera la verdad, guardando silencio no se deshizo en maltrecha padecería.
La escena se repitió: la Fiesta, abobada en la contemplación de su propia imagen, con candorosa ingenuidad suplicante insistía: espejito, ¿verdad que soy la más hermosa de las fiestas mundanas? El espejo, callado, guardó la compostura.
En un derroche de ensimismada conciencia, y saliéndose con un gracioso recorte, el espejo, ignorando los garabatos del rostro que tenía mirándose con obsesión en el fondo de su luna de plata resignada, echándose el capote al hombro, no se dejó seducir por la ternura de la Fiesta que, cual la bruja del cuento aquel, quería escamotearle la verdad.
El espejo sabía que no hay hermosura con mentiras. Y decidió callar. Prefirió que las siluetas dijeran la verdad. Pero la visión del cuadro imaginario terminó abruptamente.
De regreso a la realidad, comprendí que ante el espejo, y ante la verdad del toreo, las distorsiones se enderezan en el fondo. Me quedó claro que ante cualquier espejo, y ante la verdad del toreo, no hay horror más escandaloso que la mentira. Y la mentira, así sea suplicada para favorecer piadosamente al que la necesita, es un engaño, un fraude, una composición truculenta.
Lo cierto es que a veces mirarse en el espejo es meter las narices en un sitio donde vivir sin mentiras vale la pena. Así las cosas, cuánto daría porque la Fiesta de toros mexicana se mirara en el espejeo de la verdad para que detectara sus imperfecciones y, sin el auxilio de las cirugías y alardes cosméticos, pueda embellecer el rostro que hoy se mira ajado, descompuesto, afeado con los burdos intentos –acaso convertidos en realidades- de la mentira.
Los taurinos deben darle valor al espejo. Y saber que recorriéndolo incesantemente, abriendo bien los ojos para enfocar mejor las imágenes, y adentrándose hasta las fibras de sus secretos para llegar a la verdad que oculta en cada trozo que lo conforman, aprenderán que la mentira es la única verdad que afea a la Fiesta de toros mexicana hoy en día.

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