24 julio, 2021

VINO-TOROS… TABERNAS-TORERÍAS… MATRIMONIO SIN BODA.

ARRASTRE LENTO… No es que al lector le interese saberlo, pero previo permiso de la Autoridad, y en el gozo de la indiscreción, le voy a contar que, en ausencia de mi espectáculo favorito, me di al deleitoso y terco gusto de gozar con otra de mis predilecciones: meterme a los libros y vagar en el mar de las ideas. Y creyendo olvidar al toro, Omar Al Kayyam, elegante místico del pensamiento persa, pronto me sumergió de nuevo en la hondura de los océanos del toreo.

ARRASTRE LENTO… No es que al lector le interese saberlo, pero previo permiso de la Autoridad, y en el gozo de la indiscreción, le voy a contar que, en ausencia de mi espectáculo favorito, me di al deleitoso y terco gusto de gozar con otra de mis predilecciones: meterme a los libros y vagar en el mar de las ideas. Y creyendo olvidar al toro, Omar Al Kayyam, elegante místico del pensamiento persa, pronto me sumergió de nuevo en la hondura de los océanos del toreo.
Siguiendo los pasos de finísimo poeta me di cuenta que, atendiéndole con cautiva devoción, ya estaba en el ruedo de la imaginación. Cuando leí que “Todos los reinos por un vaso de vino, toda la ciencia de los hombres por la suave fragancia del mosto fermentado”, asocié lo que el vino y las tabernas significan para la Fiesta de toros. Representa tanto que los bares y el vino son indudable factor de influencia.
No encuentro la manera de negar que me identificó con el poeta. Al menos cuando con la pureza de la sencillez reconoce que hay estados que hablan del mismo síndrome que deleitosamente comparte con el ambiente del universo del toreo: “Nuestros tesoro el vino; Nuestro palacio la taberna.
Y es que en la taberna es donde, como si fuera el taller del espíritu, se ha recreado la policromía de la tauromaquia para erguirse en una construcción aparte. Es ahí donde, movido por el apasionado arrebato del alma en trance de composición, el taurino convierte al bar en altar, y a sus paredes en seminario. De esa institución lo han tomado prestado lo consumados creadores que, como los grandes charlistas del toreo, tienen como sus fieles amigos a la sed del vino para el alma, y a la embriaguez incorpórea para el espíritu.
¡Lo que se ha vivido en un bar torero! Infinidad de veces he visto cómo los aficionados, decepcionados de las malas tardes de toros, con la copa que no es sino el cielo congelado, como el poeta persa, gimen con la ronquilla dulzura de la golondrina clamando “Vino, esconde mis tristezas como los pájaros heridos se ocultan para morir”.
Así las cosas, no hay más que reconocer que la asociación del toreo con el vino, los bares las tabernas, es una fórmula mágica que le concede a la Fiesta los primores sacramentados propios de las construcciones místicas.
Antes de los festejos, entre la legión de bebedores conviven quienes, deseándole buena suerte al toreo, o al ganadero tal vez, al jugo de la vid lo convierten en murmullo de plegaria y consejero de la ilusión. Y escuchan al duende que, en secreto, cual copa al borde de los labios, les sugiere pensar en el presente, olvidar el pasado, e ignorar el mañana.
Y he visto llorar al sentimiento de los taurinos que, añorando a sus viejos, saben que sus grandes antepasados “son el polvo con el polvo confundido”. Su tristeza les mueve a tomar el trago de vino.
Teniendo como referente al poeta persa que leía, Omar Al K., pensé en la entrañable Fiesta de toros. Ahí los titanes del pasado se vuelven fenómenos, y los ángeles del mañana se tornan misterio. Y es que con frecuencia el presente llena de tristeza, haciendo que el canto del poeta adquiera relevante sentido “Vino, concédeme tu indiferencia para mis tristeza”.
No hablar: por donde le busque encuentro lógico el matrimonio sin boda del toreo con el vino, con la taberna, con el mágico mundo que alberga a los fieros y traviesos duendecillos de la alegría disfrazada de niñerías.
arrastrelento@gmail.com

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