24 julio, 2021

VULGAR ABERRACIÓN QUE LOS PRINCIPIANTES HAGAN BURLONA ESTIMA DE LA GRANDEZA DEL PASADO.

ARRASTRE LENTO… Estoy convencido de que algunos toreros jóvenes, al negarse a repasar el pasado, no alcanzan los niveles, ya no digamos ideales, sino hasta elementales, de ilustración. Por su indiferencia, o negligencia tal vez, causales y promotores de supina ignorancia, no aprovechan el tesoro de la historia para enriquecer su capital humano.

ARRASTRE LENTO… Estoy convencido de que algunos toreros jóvenes, al negarse a repasar el pasado, no alcanzan los niveles, ya no digamos ideales, sino hasta elementales, de ilustración. Por su indiferencia, o negligencia tal vez, causales y promotores de supina ignorancia, no aprovechan el tesoro de la historia para enriquecer su capital humano.
Lo cierto es que por más que lo he intentado no he podido desligarme de las amarras del pasado pues con una terquedad bestial sigo teniendo presente a los toreros que, siendo recuerdos bellamente estremecidos, no dejan de ser ejemplo e inspiración para quienes luchan por emprender el vuelo en horizontes de riesgo. El pasado, así lo estimo, es una universidad abierta para el que tenga deseos ampliar sus límites culturales.
Y me queda claro que meterse en los vericuetos del pasado, y encontrarse de frente con la realidad de los grandes toreros, es un acto de generosa colaboración del destino. Despreciar la oportunidad concedida por la naturaleza me parece inconcebible.
En el pasado hay historias fabulosas, estremecedoras, convincentes. Tan sólo me refiero a las que se han escrito con la tinta del bravío narcisismo que respondió valientemente a los ojos que quisieron verlos un día arrastrándose en la fétida alfombra del fracaso.
Así las cosas, y si con anterioridad –metiéndose en el pasado- se hubieran enterado que la actitud es un elemento indispensable, que no ficción, en el crecimiento de los toreros, los novilleros Cristina Verdín, y Francisco Velázquez, quienes actuaron el domingo pasado en la San Marcos, estarían tan sonrojados por la ausencia de la actitud –o por su entorpecida disposición- que no tendría valor para salir a la calle. Así de desafortunada e irrelevante fue su actuación.
Y si de confesiones se trata, permita el amable lector acusarme de una que en verdad me irrita: me resulta insoportable escuchar a los novilleros incipientes, y hasta a los avanzados, referirse con burlona estima de la grandeza de los grandes personajes que con mucho justificaron el despilfarro de los adjetivos laudatorios en su honor.
Y es en el pasado, redescubierto en su misma historia, en el que se encuentran capítulos sorprendentes y deslumbrantes. Uno de ellos, harto elocuente: el hecho que Juan Belmonte, enrabietado y avergonzado, no haya querido salir a la calle luego del baño que le diera José Gómez Joselito en la arena de Bilbao. Y no es que el legendario “Pasmo” hubiera estado mal, lo que ocurrió fue que las orejas se las había llevado el hermano menor del célebre “Gallito” dejando con las manos vacías al trianero.
Luego del baño que les dio Gerardo Adame al tapatío Verdín y al portugués Velázquez seguramente, de haber entendido la lección del pasado, y comprendido la dimensión del orgullo y la vergüenza, tardarán cinco años en reaparecer con ufanía en la calle. ¡Qué novillada dejaron ir! Pero como son hombre de bien, seguramente en la reflexión podrán sustentar su arrepentimiento y modificación del curso.

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