23 julio, 2021

YA HUELE A FIESTA GRANDE, YA DE MADRUGADA SE GUSTA EL AMANECER MÁS TORERO DE MÉXICO.

ARRASTRE LENTO… Creo que en más de alguna ocasión se lo he comentado a los tres lectores que me favorecen con su atención; al que se lo he comentado un chorro de veces es a mi compadre. Pero como éste se volvió abstemio por la piadosa recomendación de la cuaresma, y no lo puedo saludar en el merendero que tiene su silla vacía, pues… Pues se lo cuento a la aurora que se entretiene en mi soliloquio matinal. ¡Cuánto me gusta vagar por mi ciudad de madrugada!

ARRASTRE LENTO… Creo que en más de alguna ocasión se lo he comentado a los tres lectores que me favorecen con su atención; al que se lo he comentado un chorro de veces es a mi compadre. Pero como éste se volvió abstemio por la piadosa recomendación de la cuaresma, y no lo puedo saludar en el merendero que tiene su silla vacía, pues… Pues se lo cuento a la aurora que se entretiene en mi soliloquio matinal. ¡Cuánto me gusta vagar por mi ciudad de madrugada!
Me gusta el silencio hondo, expectante de mi ciudad; me gusta el silencio anheloso de la noche cuando quiere irse pero las estrellas no la dejan partir. Y me gusta mi ciudad de madrugada porque sus brazos se alzan ágiles para poner en orden las pinceladas del nuevo día.
Sí; me gusta mi ciudad – la más taurina de cuantas conozco- porque todo su cuerpo ¡ah, el más torero de todas las urbes que han logrado seducirme! es fiebre delirante con sueños de gloria.
Y me gusta el rostro de mi ciudad porque toda ella, siendo una fina pincelada de fantasía e inspiración, se proyecta en la tez de porcelana urbana que sabe de misterios y magias con olor a torería. Y me gusta comprobar de madrugada –que es cuando salgo a correr por esas avenidas solitarias y humedecidas con el rocío matinal de la primavera- que son reales las virtudes de mi ciudad, una ciudad que no puede negar que toda su alma sea luz. Una luz que trasciende y cobija con rápidos vórtices llameantes de ilusión taurina.
Sí; me gusta mi ciudad porque en los aromas de su periferia se agita y esconde el olor a campo bravo, y me gusta de madrugada porque, cual reina que se despierta e incorpora para atender al rey de los toreros, sacude su seno, dobla y estira sus brazos, curva su cuerpo, y toda ella vibra, se estremece, se ondula y contorsiona para abrazar a sus habitantes toreros que deciden ver el milagro maravilloso del nuevo amanecer.
Sí; me gusta mi ciudad cuando veo que de madrugada se agiliza en movimientos en los que apenas si tocan sus plantas el suelo para lanzarse entusiasta al ruedo para ligar las faenas de la vida diaria; y me gusta cuando se empina, cuando se eleva, cuando inicia el ascenso diario en el que se espiritualiza al grado de dar la impresión de estar próxima a una levitación. ¡Oleé por el cuerpo tan torero de mi ciudad!
Y me gusta mi ciudad cuando la noche da por acabada su participación hasta desvanecerse dejando el escenario de la tauromaquia -torres y campanas, capotes y muletas, en el ruedo de la oración- para que surja de nuevo una ardiente y voraz insurrección de deseos y fantasías toreras.
Sí; me gusta mi ciudad de madrugada, silenciosa, luciendo en esbelta silueta la gracia de la recién despertada, y me gusta cuando toda ella palpita, cruje y salta ante mis ojos como una llama ascendente en un alarde de consumación.
Lo cierto es que, tan próxima como está la serie de corridas de feria, las oleadas de la madrugada torera me hacen sentir que, la madrugada torera de mi ciudad, le da un vigor extraordinario a la potencia de los deseos que, nacidos en el alma de los toreros y ganaderos que tomarán parte en el serial, desconocen las fatigas de las ilusiones.
arrastrelento@gmail.com

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