21 septiembre, 2021

RECUERDOS DE MI NIÑEZ.

Apenas las fiestas de navidad, año nuevo, vacaciones escolares, regalos con moño y baterías incluidas, habían contagiado de alegría el rumbo de los altos de la casa paterna cuando se llegaba la fecha del seis de enero, día de ir a los toros en la “San Marcos”, a ver a los niños becerristas.

Apenas las fiestas de navidad, año nuevo, vacaciones escolares, regalos con moño y baterías incluidas, habían contagiado de alegría el rumbo de los altos de la casa paterna cuando se llegaba la fecha del seis de enero, día de ir a los toros en la “San Marcos”, a ver a los niños becerristas. De la mano de mi abuelita Serafina, una artista de la cocina, “martinista” por pasión y “caleserista” por convicción.
Días previos al día de los Reyes Magos, llegaban como regalo de Melchor, el maestro Heriberto García, acompañado por una cuadrilla variada en características de personajes sacados del baúl de los recuerdos del viejo toreo de la condesa, don Heriberto era el apoderado del niño torero, que tenia que salir al ruedo a enfrentar a la becerra en turno, hoy el actual matador de toros de Ocotlan, Jalisco, Humberto Flores, que en cerrada competencia alternaba con Héctor de Granada, Ricardo García, “Caminito”, Pepe Órnelas, Iván Ureña, el sastre “Poncianito” y Marcos Míreles, “El Cachiman”.
Los infantes incluido el que redacta la vivencia, pasábamos apurillos por la edad, que aun no era reglamentaria para estar dentro de “El Fausto”, el bar del hotel Francia, pero aclaro, bebíamos refresco de sabor para no alterar los nervios con la cocacola chica, que acompañaba el coñac de los mayores, que de la mano del recuerdo, se paseaban por la historia del toreo de México y España.
Flores presumía un traje corto azul marino de estreno, Ureña banderillea al viento y “Caminito” le da el de pecho al mesero que presuroso, con charola en mano, se encaminaba a la mesa de la platica taurina, con aroma a puro de la marca “Manolete” comprado por rumbos de “El Parían”.
El momento de abandonar el lugar se llegó, encaminar los pasos rumbo a la casa de mi papá, Ramón Ávila Salceda, en un tercer piso de la primer cuadra de la calle Juárez, donde “La Nueva York”, que cerraba sus puertas al comercio y las abría a la ilusión de los chavalillos que soñaban con ser toreros y, donde disfrutábamos la proyección de películas en dieciséis milímetros, con un potente aparato que alumbra la pantalla, acartelados en la corrida imaginaria por el ruedo de la cinematografía la encabezaba “El Califa de León”, don Rodolfo Gaona, seguido por Joselito, “El Gallo”, en la “Real Maestranza”, de Sevilla, películas sin sonido, pero ambientadas con un cante de Manolo Caracol, aquella vieja cinta que rescatamos varias veces de las garras de la grabadora que se tragaba al cantaor con todo y martinetes, soleares y bulerías. “Manolete”, vida y tragedia asombraba a los presentes y antes de ir a la cena, Paco Camino y Rafael de Paula nos mandaban con apetito a la mesa.
Lo que allí se contaba era una lección de vida sacada del manual de la experiencia y vivencia dentro del ruedo y frente al toro, los becerristas a dormir y yo también, ya casi son las dos de la madrugada y mañana se torea, pero antes de ir a la cama a partir la rosca de Reyes, regalos pocos, ilusiones todas, por la tarde del seis de enero en la “San Marcos”, el niño que triunfe en el ruedo tiene juguete nuevo, “al que le toque el niño de la rosca torea en Yahualica”, dijo don Heriberto, que presuroso se monto su calañe, en cabellera cárdena clara, y tomó el olivo camino al hotel Francia, con toda su cuadrilla, despidiéndose de los anfitriones e invitados.
Al día siguiente después del festival taurino, se repite el cartel en la proyección y cena con niños toreros, que ronronean entre capotes y muletas polvorientos de la tarde, los momentos buenos, las volteretas y los triunfos, lo bueno que eso allí queda en la memoria de unos cuantos que a la sazón de tiempo nos hemos convertido en hombres y en pie de lucha continuamos viviendo para el toreo y ese niño que llevamos dentro.
Hasta la próxima velada de recuerdos y nostalgias con la gente que me gusta, por que a la vera de ellos, esos días nos vuelven a recargar. Suerte y a la par de dioses artistas.

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