31 julio, 2021

LA SUPERSTICION Y EL MISTERIO ENVOLVIERON EL FRUSTRADO MATRIMONIO DE RAFAEL “EL GALLO” Y PASTORA IMPERIO.

El torero Rafael Gómez El Gallo contrajo matrimonio con la artista Pastora Rojas Monje, hija de un sastre de toreros Víctor Rojas y de Rosario Monje “La Mejorana” tal vez la mejor bailaora del siglo XIX.

El torero Rafael Gómez El Gallo contrajo matrimonio con la artista Pastora Rojas Monje, hija de un sastre de toreros Víctor Rojas y de Rosario Monje “La Mejorana” tal vez la mejor bailaora del siglo XIX. Fue el emparentamiento de dos familias gitanas de arte, una unión que además de breve y fugaz estuvo envuelta por la rivalidad entre las dos familias, la superstición, el machismo, la soberbia y el misterio. Una ruptura matrimonial, cuyas causas fueron en su día y lo sigue siendo hoy aún, uno de los secretos mejor guardados sobre los divorcios entre gentes del teatro y del toreo.
Ninguno de los dos cónyuges confesó nunca por qué se separaron, ni aportaron dato alguno para justificar un divorcio que suscitó grandes especulaciones en los mentideros de Madrid y Sevilla. Especulaciones que adquirieron ribetes insospechados, ya que la imaginación popular y los corrillos llegaron incluso a murmurar que Rafael y Pastora se habían separado al descubrir que eran hermanos. Es cierto que el padre de Rafael, el torero Fernando El Gallo tuvo sus escarceos amorosos en aquellas largas temporadas que pasaba solo en Madrid toreando, aunque no es menos cierto también que no existe ningún dato que refuerce esta teoría. Se habló mucho en la época de los celos de Rafael hacia Pastora, como la causa más certera de esta ruptura, celos mezclados con la soberbia y una rivalidad llena de malos entendidos entre las dos familias gitanas.
Lo cierto es que Rafael El Gallo llegó a pensar que Pastora era poco menos que una “bruja” que lo perseguía continuamente proporcionándole esa gota de mala suerte y fatalismo que le propinaban a Rafael los malos augurios que se le antojaron a lo largo de toda su vida en aquellos días aciagos, cuyas causas fueron adjudicadas por él a Pastora. El nombre de Pastora Imperio se lo puso el dramaturgo Jacinto Benavente, que un día al verla bailar dijo: “Esta Pastora vale un Imperio”. Pastora fue una artista muy completa. Una fuera de serie que complementaba maravillosamente el baile con la canción. Triunfó en todas las ciudades españolas, aunque fue Madrid donde su reconocimiento era mayor pues allí se la idolatraba. Jacinto Benavente la llenaba de elogios, pues incluso la llamaba “Giralda de Sevilla” y “La Faraona” sobrenombre que bastantes años después le otorgaron a Lola Flores, también gitana.
No obstante esta singular pareja tuvo momentos muy buenos llenos de romanticismo y pasión. Rafael y Pastora se conocieron y enamoraron en México cuando ambos, por motivos profesionales realizaban una gira por el país azteca. El flechazo de Cupido entre ambos fue inmediato pues allí vivieron un romance apasionado. La boda tuvo lugar la tarde de un lunes 20 de febrero de 1911 en la Iglesia de San Sebastián, justamente donde había sido bautizado Rafael cuando nació en Madrid. Se celebró una ceremonia íntima, montada así para evitar aglomeraciones de los muchos admiradores que los dos artistas contaban en la capital de España. Los dos artistas se encontraban en la cresta de la ola. En la ceremonia actuaron como padrinos por parte de ella, su madre “La Mejorana” y por parte de Rafael el matador de toros Enrique Vargas González, “Minuto”.
Tras la ceremonia religiosa, los pocos invitados que asistieron al enlace, lo celebraron en un merendero que había en la Cuesta de las Perdices, en la carretera de la Coruña, y tras el ágape la flamante pareja se volvió a la ciudad y se fueron al teatro, ocupando allí un palco. El público, que ya se había enterado de la boda entre estos dos famosos, se puso en pie cuando ellos ocuparon su lugar en el teatro regalándolos con una gran ovación que llenó de dicha a los recién casados.
Todo prometía un futuro lleno de felicidad y triunfo. La vida sonreía a los dos jóvenes que compusieron la típica pareja en la que ella tuvo que aceptar el dejar su profesión y los escenarios, mientras que el marido seguía en activo como torero. Pero a los pocos meses de la unión (no llegaron al año) la convivencia se agrió y se produjo la ruptura repentina. Una separación que se produjo sin escándalos ni comentarios por ambas partes. En ese justo momento comienza el misterio y la especulación. Pastora dijo: “Lo nuestro no ha sido cuestión de caracteres…”, pero nunca explicó que es lo que había ocurrido.
Tras la separación Pastora volvió a los escenarios y comenzó a cantar un cuplé lleno de morbo y que decía así: “tengo yo una pena, pena/ que me está quitando la vía/ y que me tié que matar”, en el que ya se adivinaban sus sufrimientos tras separarse de su marido. Algo parecido a lo que años más tarde ocurrió con Isabel Pantoja y su copla “Marinero de Luces” tras la muerte en Pozoblanco de Francisco Rivera “Paquirri”.
Pastora pues reapareció y se fue a trabajar a América poniendo tierra de por medio a su pena, en un intento de pasar página al capítulo más doloroso de su vida. Allí en América tuvo que encontrar el consuelo de algún hombre, pues cuando regresó a España años después llegó con una hija, una niña que muchos años después se casaría con el torero gitano Rafael Vega de los Reyes “Gitanillo de Tríana”. Por cierto que Pastora tampoco quiso jamás descubrir al hombre en quien encontró consuelo en América y con quien concibió a esa hija. Ella estaba muy orgullosa de haber sido madre soltera: “Por encima de todos mis triunfos – dijo- he tenido un orgullo mayor: el de ser madre”. Ella dijo muchas veces que era mujer de un sólo hombre. En una de las pocas ocasiones en las que habló de su matrimonio con Rafael, dijo que “se había equivocado” sin dar más explicaciones sobre el asunto. En todo caso si el enamoramiento de estas dos personas fue apasionado, apasionada y feroz fue también su ruptura, que en ocasiones tuvo tintes de amargura. Jamás desde la separación habían pasado cerca el uno del otro.
Pastora debió de tardar tiempo en olvidarse de Rafael y tardó bastante en desechar la idea de la concordia y la reconciliación. Con motivo de una grave cornada sufrida por Rafael El Gallo en la plaza de Algeciras, Pastora Imperio hizo un intento de reconciliación y de recomponer su matrimonio pero fracasó. Ella lo explicó mas tarde: “hubo motivos para una buena reconciliación, pero me cerraron el paso y no me dejaron verle. No fueron los médicos”.
La prensa de la época por más que buscó los motivos de tan extraño divorcio, nunca los encontró y sólo lograron retazos y vaguedades. Rafael por su parte era parco y conciso al hablar de ella: “no quiero hablar de esa mujer. Me abandonó y nada más. Ya no existe para mí”. Lo cierto y verdad es que la vida del torero estuvo siempre marcada por el recuerdo de ella, que le señaló muchas veces de manera supersticiosa sus actuaciones.
Su banderillero Manuel de la Plaza contó en cierta ocasión un hecho curioso que le ocurrió con Rafael en Colombia. Estaba Rafael El Gallo con De la Plaza y Saleri II en una estación esperando a coger el tren para trasladarse a Bogotá donde tenía que torear al día siguiente. De pronto Rafael vio en el andén a una mujer con las hechuras y andares de Pastora y que caminaba con paso seguro acompañada de dos curas hacia donde estaba él con sus subalternos. A Rafael se le erizaron todos los pelos de su cuerpo y con los ojos desencajados les dijo a sus subalternos señalando al trío que se acercaba: “Es la Pastora y los curas que me casaron. Nos traen la desgracia y yo no me subo al tren”.
Menudo problema que se creó, pues el contrato de Bogotá no se podía perder. Al final y una vez que desapareció el “temido trío” lo convencieron a duras penas y todos subieron al tren. A los 70 kilómetros el convoy descarriló peligrosamente pues incluso hubo muertos y heridos y ellos se salvaron de milagro. Ante lo ocurrido Rafael sentenció: ¿No os lo dije yo?. Era ella… la Pastora y los curas que me casaron”.
La cosa no acabó ahí ese día, pues el tren de socorro que llegó después con ayuda para trasladar a los viajeros y heridos también descarriló, y desde entonces De la Plaza y Saleri II dejaron de tomarse a broma los malos presagios que a menudo venían a la mente de Rafael y se ponían a temblar cada vez que estos se hacían presentes.
Un año después, toreando Rafael El Gallo en Lima y hospedados en una fonda de la capital, el subalterno De la Plaza fue a la habitación de su maestro a ver como se encontraba horas antes de la corrida. Al entrar allí encontró a Rafael muy nervioso y excitado. Al preguntarle el subalterno sobre las causas de su estado el torero le contestó desesperado: “Casi ná!. Hase un rato ha entrao por la ventana el moscardón negro de La Pastora y yo no toreo esta tarde porque no quiero que me pegue una corná el toro”. Aquella tarde estaba todo el papel vendido en Lima y si El Gallo no se presentaba en la plaza se podía liar el escándalo del siglo. Rafael se plantó en que “no toreaba y que no toreaba”. Al rato dijo que sólo torearía si en la habitación entraba una paloma blanca “porque esta me salvará del moscardón de La Pastora y de la corná del toro”. De la Plaza y Saleri II fueron a hablar con el empresario y entre todos buscaron una paloma blanca. Saleri II distrajo en la habitación a El Gallo según el plan urdido anteriormente con cuidado. Desde la habitación contigua que tenía un balcón corrido que comunicaba las dos habitaciones, De la Plaza lanzó la paloma dentro de la habitación aprovechando que el maestro estaba de espaldas al balcón. Saleri II comenzó a gritar teatralmente y Rafael al ver la paloma revolotear asustada por la habitación recobró la paz y el sosiego y decidió torear. Aquella tarde en la plaza de Lima cortó las orejas y el rabo y De la Plaza dijo que fue la tarde que mejor lo vio torear en la vida.
En todo caso, el moscardón de La Pastora debió de ser para él una metáfora que tuvo permanentemente en su cabeza y que nunca logró desterrar. A Rafael no le gustaba hablar de su frustrado matrimonio y mentía al decir: “Yo no he vuelto a acordarme de aquella mujer. Para mí se murió el día en que nos separamos. Aquello fue una equivocasión que pa subsanarla hubo de romper un hogar y la libertad de dos personas. Esa mujer pá los restos o pál que la quiera. Yo no la puedo ni ver”.
Y esta es la historia de este extraño matrimonio entre gitanos de arte. Su separación ha sido y sigue siendo un misterio que ni siquiera el tiempo transcurrido ha resuelto, pues las causas de esta extraña ruptura ambos se las llevaron consigo a las tumbas. Celos…?, rivalidad entre dos familias gitanas…?, malos entendidos…?, falta de comunicación para aclararlos mezclada con brotes de soberbia por ambas partes…?, el descubrimiento de su posible fraternidad…?, …quien sabe. Sólo ellos sabían la verdad de lo sucedido.

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