2 agosto, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO MARTÍN DEL CAMPO… MÉXICO, EL PAÍS DE… “NO PASA NADA”.

Estamos en el país de “no pasa nada”; cada corrida que se suscita en el coso de la colonia Noche Buena, reafirma el rango sociocultural que tiene la sociedad mexicana, la que la única pandemia que sufre radica en el virus de ella misma

Estamos en el país de “no pasa nada”; cada corrida que se suscita en el coso de la colonia Noche Buena, reafirma el rango sociocultural que tiene la sociedad mexicana, la que la única pandemia que sufre radica en el virus de ella misma, y no en ese vulgar y mojigato invento del gobierno de la supuesta influenza, a la que diariamente y en todos los medios locales y nacionales lacayunos se le publicita, para acabar de tender los cordeles con los que como títeres mueven los “políticos” a las masas.
Contradictorio es en verdad el espíritu y pensamiento del mexicano –sin ser menos mexicano el que esta notilla firma-. Si a un hombre de empresa, trabajador, productivo y de familia le sorprenden con una pistola de alto calibre en su vehículo para defender su integridad en una ciudad invadida por la delincuencia organizada, le encarcelan y le condenan a pasar en el penal hasta dos años ocho meses de prisión; pero si aprenden a siete mozalbetes con treinta y siete armas de grueso calibre, les liberan a las dos semanas por haber “elaborado mal las averiguaciones”…
Si se le mienta la madre a un mexicano, puede llegar a matar, pero tolera o soporta “estoicamente” a alguien que le comete un fraude de proporciones gigantescas o se burla de él…
Los aztecas abrieron la guerra carnicera contra los conquistadores a partir de que les derribaron un ídolo de piedra, sin embargo los engañaban inocentemente cuando les hacían trueques de espejos por oro…
Si el gobierno aumenta el precio de los combustibles, y por cierto paulatinamente para que no “se note tanto y de pronto”, el descontento es general, más sin embargo al domingo siguiente ese mismo pueblo se revuelca de euforia cuando por la televisora más grande de la patria –esa que de lo que produce el noventa por ciento es basura y además manipula información según conveniencias de los altos mandatarios-, se transmite un gol del equipo favorito…
El viernes por la tarde-noche durante la corrida del LXIV aniversario de la plaza más grande y deshonrada del mundo, se encrespó el público porque como reserva salió un animalejo que se arreó desde los feudos tamaulipecos de los Ébanos, sin embargo se le entregó al francés Castella cuando regaló uno a manera de reintegro, no de mayor presencia que el rechazado, cuando previamente y según las imágenes de pantalla, hasta una sonrisa burlona se le escapó en contra de su voluntad; como bono de consolación todavía se atrevió a brindarlo a ese público que antes chillaba como niño encaprichado…
Hubo instantes en que gran parte del cotarro se paró de sus maltratadas butacas de la plaza México, calentando sus palmas desaforadamente ya que se le olvidaba, o era ya víctima de su propia sugestión colectiva y estaba confundido de lo que veía con lo que quería ver, que el animal este de obsequio era un novillote, indigno de haber sido criado para la México por un ganadero mexicano. Pero en este país… no pasa nada, la corrida acabó como un casi orgasmo que una eyaculación de alegría frustrada.
En esta corrida rememorada se le abrió la puerta de toriles a un encierro con elementos contradictorios, procedente de la queretana dehesa de Los Encinos; sus canales, pareció, le fueron dedicadas amablemente al carnicero, ya que ninguno de los astados ofreció a la vista de los entendidos la musculatura propia de un toro adulto, si no más bien la estampa abotagada de carnes artificiales distribuida por todos sus cuerpos, de animales para el abasto. De esto pudieron ser evidencia los cuernitos indefensos y el semblante cordial de sus caras, mientras que las pizarras les anunciaban a varios hasta con más de media tonelada; incluso el cuarto hubo de ser devuelto ya que el público le recriminó severamente cuando invadió el redondel su absoluta falta de trapío. No obstante en lidia, los bovinos comenzaron a enderezar la barca a partir del cuarto.
El abre plaza siempre que se le incitó con los engaños pasó, pero nunca embistió; el segundo apenas si pasaba con gran apuro; del tercero fue tan grande su clase como su bobaliconaía, falta de casta y fuerza; el que sustituyó al cuarto, quemado con el No. 556 fue una res inflada como cerdo –aún más que sus hermanos-, pero embistió con energía, secamente y sin dar concesiones blandengues, pese a que como está ya anotado, se le engordó con biológicos hasta casi hacerlo detonar. Ante él, Sebastián Castella hizo lo más interesante de la función; el que fue liberado en el sitio de honor se llamó “Ximeno”, e hizo méritos por este lugar ya que embistió enrazadamente. Rafael Ortega jamás le sometió, mejor se dedicó a pegarle pases y nunca a clavar reciamente sus miembros en la arena y a mandarlo con la tela roja; por ello le cogió como para matarlo, sacando, afortunadamente limpia, una lesión en el muslo derecho. El público conocedor le brindó palmas a los restos de este bovino cuando eran arrastrados por el tronco de percherones.
El que originalmente abrocharía la fiesta acudió a los percales vaticinando un gran juego, sin embargo dio la vuelta de campana, quedando unos instantes clavado de pitones materialmente sobre la superficie del ruedo y lesionándose el miembro delantero derecho al caer sobre ese lado; su espacio lo ocupó un reserva procedente de Los Ébanos, que como ya está anotada arriba, de vergonzosa e indigna presencia que soltó una bronca fenomenal entre el público; en respuesta a ello, una vez picado, Castella se negó a lidiarlo –lo que era su obligación, según reglamento-, y fue devuelto por el “juez”. Luego, como para dar al multicéfalo ese reintegro también ya acotado en esta hojilla, anunció otro cuadrúpedo de obsequio, éste del hierro titular, y para no variar sin trapío, escurrido de carnes, agalgado, sin cuello y mucho menos morrillo, pero que apartando del juicio su tardanza a los envites, embistió con casta y clase; Castella, ya hecho el brindis también señalado, se dio a interpretar muletazos por los dos flancos, con temple, arte y muy buen gusto, otorgando nivel artístico a lo que el novillo –que realmente eso fue-, en sus embestidas merecía. La faena era de rabo, pero el paisano de los que fueran emperadores de México, punzó como pinchó a sus otros dos adversarios, y todo quedó en agradecimientos abiertos hacia él, cuando en uso legítimo de la ley debió ir a dormir atrás de las rejas así haya empuñado el rabo del animalillo este.
Lo dicho, el mexicano es contradictorio, así como se encrespa cuando se siente engañado, igual se le contenta con otro engaño no menor al que le hizo disgustarse…

Deja un comentario