20 junio, 2021

CUANDO EL TORO IMPONE SUS CONDICIONES…

Después de presenciar el juego de los toros de Xajay hace un par de semanas en la plaza México, se me vino a la mente la corrida del centenario de la fundación de la ciudad de Mexicali, Baja California, en marzo del 2003.

Después de presenciar el juego de los toros de Xajay hace un par de semanas en la plaza México, se me vino a la mente la corrida del centenario de la fundación de la ciudad de Mexicali, Baja California, en marzo del 2003. Para tal evento se dio un mano a mano entre Zotoluco y El Juli con Toros de San Martín; el coso de la Plaza de Toros Calafia registraba un lleno impresionante, y justo al esconderse los últimos rayos de sol saltó a la arena el primer ejemplar del señor Chafik. Una verdadera catedral, alto de agujas y astinegro, seña casi inconfundible de origen español. Hizo hilo hacia el burladero de matadores y remató abajo, justo frente a él, para después irse a los medios donde desafiante, se armó cómo diciendo: “Vengan por mí, él que se atreva”. Eulalio logró sacarlo y colocarlo un poco hacia el tercio para dar entrada a los caballos de pica. El animal de todo se enteraba, y en varias ocasiones se tuvo que cerrar la puerta e impedir el paso a picadores por la presencia del toro en esos terrenos. De pronto el toro se arrancó casi de tercio a tercio y fue desviado por el valioso capote de Beto Preciado, el mejor peón a la brega mexicano que he visto. Tomó la primera vara y ni se inmutó. Al contrario, movía el rabo de lado a lado y recargaba con los riñones duro contra el peto. Al sacarlo del primer puyazo el toro tomó aire y se posesionó de medios, Le dieron otros dos puyazos en todo lo alto y el resto de la lidia, a pesar de la poderosa muleta que posee El Zotoluco, se desarrolló en donde el toro decidió que esto fuera, que para el caso fue en lo medios. Había calidad en su embestida pero había que tragarle sin tocara el engaño. Equivocarse era debatirse entre la cornada o el arropón, estando el peligro presente en todo momento.
Acudió siempre al primer toque y pareciera que quisiera comerse la muleta al embestir. La última tanda por el lado derecho fue la mejor y Lalo estuvo muy bien con el pero siendo honesto, el animal impuso su voluntad sobre su matador, quizás el más poderoso de México. Y es que a todas luces, el verdadero toro bravo no permite hacerles muchas florituras, cómo también es cierto que todo lo que se le hace de faena tiene un inmenso mérito. Se tiene que torear en sus terrenos para que no se defienda y sobre todas las cosas, el toro bravo puede aprender.
Aprender que el bulto es quien lo está engañando y no los capotes o las muletas por lo que en todo momento se le debe traer bien toreado; aprende que si cómo su mismo instinto lo marca, quiere pelea, ésta debe ser en donde se sienta más a su aire para hacerlo. El toro bravo no “arrea”, sino que embiste. Es fijo donde lo dejan y fijo hacia los engaños. ¿Y este tipo de toro sale en los cosos mexicanos con frecuencia? La respuesta es si. ¿Con mucha frecuencia? La respuesta es no. ¿Razón? No los quieren torear las figuras, ni de aquí ni de allá. ¿El público reclama este tipo de toro? Creo que hay pocos que lo hacen; la mayoría queremos ver largas tandas, largos muletazos y largas faenas, ha muchos no nos llama mucho la atención (esto es imperdonable) ver largas peleas entre los montados y el toro. En fin, creo que muchos de esto tienen que ver con el tipo de fiesta que la mayoría de los aficionados aprueban y añoran. Claro, lo triunfos son importantes y los trofeos ganados también lo son. Pero no todas las buenas faenas son de sesenta muletazos; y quizás escudados en esta afirmación, lo toreros de primera línea buscan la comodidad y el desahogo. Por eso, cuando pitemos desde los tendidos el trapío de un toro o cuando sintamos que no hay emoción ni contenido en los muletazos que estamos viendo, analicemos que tanta complicidad tenemos y tengamos la plena conciencia qué, en todo momento, el toro, bravo o manso, con o sin trapío, siempre nos pondrá en nuestro sitio cómo aficionados al darnos la fiesta que nosotros mismos hemos provocado.

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