25 septiembre, 2021

REFLEXIONES Y VIVENCIAS EN TORNO AL “CURRISMO”.

2ª PARTE… Como les decía ayer, el “currismo” es pues un sentimiento. Un sentimiento estético, de amor a la verdad como esencia del todo o de lo absoluto. Un sentimiento estético acompañado de una fuerte carga de estoicismo, con la que sufrir y aguantar sin variar nuestras convicciones, los fracasos con los que muchas tardes nos premió Curro en muchas plazas de España.

2ª PARTE… Como les decía ayer, el “currismo” es pues un sentimiento. Un sentimiento estético, de amor a la verdad como esencia del todo o de lo absoluto. Un sentimiento estético acompañado de una fuerte carga de estoicismo, con la que sufrir y aguantar sin variar nuestras convicciones, los fracasos con los que muchas tardes nos premió Curro en muchas plazas de España. Y estoicismo también, para aguantar y sufrir las risitas maliciosas de todas aquellas personas que nunca se tomaron en serio el concepto de la “verdad en el toreo”, y que con una o dos tardes desafortunadas del maestro encontraron un argumento fácil para burlarse cruelmente de cualquier “currista”. Ese “estoicismo”, ese espíritu de calma en el sufrimiento, de saber aguantar estoicamente las burlas de la gente y de saber esperar la llegada del júbilo ante el momento de inspiración y genialidad del “maestro” sin desfallecer, también es un elemento importante dentro de esta filosofía de la que les hablo.
Otro aspecto importante en esta filosofía del “currismo” es su “no posible ubicación” en un lugar geográfico concreto. En cierta ocasión, hace ya algunos años, me encontraba yo en Ronda, para ver una corrida goyesca, y en la reunión de personas en la que estaba, hubo alguien que me dijo a mí en un tono un tanto despectivo que cada vez comprendía menos a los “curristas”: “vosotros los sevillanos, – me dijo – es que tenéis ahí una cosa con Curro…”; como si ser sevillano y “currista” significara no tener objetividad y sí solo pasión por un mito. Naturalmente le respondí que yo no era de Sevilla, sino de Lucena (Córdoba), pero que si mi madre me hubiera parido en Moscú y yo hubiera tenido la oportunidad de ver torear a Curro como él sabía una sola vez…, seria igualmente un moscovita “currista”. A mi no me hubiera importado ser de Sevilla, de Almodóvar del Campo, o de Granada, …o de Alicante, o de cualquier lugar, pues nadie elige a la carta el lugar donde debe de nacer. Porque ser de allí o de allá, no es ningún mérito nuestro, ni somos más o menos que nadie por ser de un lugar u otro. Mucha gente comete el error, por tanto, de ubicar el fenómeno del “currismo” a Sevilla. Es como si quisiéramos ubicar a Picasso, en Málaga, o a Velázquez en Sevilla, cuando Picasso al igual que Velázquez y Curro Romero, son tres artistas universales, de los que nadie se puede apropiar sometiéndolos a absurdos localismo o paisanajes.
No crean ustedes que el “mito de Curro Romero” me tuvo esclavizado y que me hizo perder la objetividad. No soy un esclavo ni del “mito” ni de las “religiones”. Es más, huyo de mitificar a nadie ni a nada, porque si lo miran bien, el lenguaje original del mito es simbólico y casi siempre se vale de personajes y hechos irreales o cuya realidad ha sido transformada, para los fines inspiradores de determinadas doctrinas. En pocas palabras, que los mitos son simples fraudes urdidos “ex profeso” para motivar una adhesión a algo. Por eso creo que a Curro Romero no se le puede mitificar, no necesita que se le mitifique, porque la majestad, la hondura y la pureza de su toreo, se producía cada tarde mágicamente como un milagro en los ruedos de este país, y ese hecho era algo real y tangible para los buenos aficionados a la Fiesta que hemos sabido ver y diferenciar “la verdad auténtica” de las verdades a medias. Es más, pienso que el que sea buen aficionado a la Fiesta y no haya sido “currista” es que no tiene perdón de Dios.
Se sorprenderían además si les dijera la de veces que he abroncado al “maestro” en esas tardes aciagas, más de las que hubiéramos querido todos, en las que Curro estuvo desastroso, y tras el fracaso nos decíamos: “hoy no pudo ser ¿estará acabado el maestro?… Me he reído mucho también de él. De esas estocadas “pezcuezeras”, de sus miedos en el ruedo, de sus triquiñuelas de “perro viejo”. Pero yo creo que mi admiración por el torero no está reñida con mi sentido del humor. Decía Sigmund Freud que: “el mito unido al humor libera los fantasmas de la mente”, o sea que de vez en cuando es muy sano para nuestras mentes reírnos, no solo de los mitos y los dioses, sino de hasta de nuestra propia sombra y también de la sombra de los demás. Y esto es algo que yo llevo a la práctica continuamente, seguramente porque me considero con una buena salud mental. (Continuará mañana).

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