18 septiembre, 2021

LOS PUYAZOS DE SERGIO.

¿Dónde se escondería el que una tarde, a la salida de un festejo taurino me escupía a la cara en furibunda expresión, que la fiesta era de toreros y toros?; sabido tenía que he sostenido, en contra de un río de aguas malolientes y equivocadas que aumentan sus propias mentiras, que la fiesta es de TOROS, no de toreros.

¿Dónde se escondería el que una tarde, a la salida de un festejo taurino me escupía a la cara en furibunda expresión, que la fiesta era de toreros y toros?; sabido tenía que he sostenido, en contra de un río de aguas malolientes y equivocadas que aumentan sus propias mentiras, que la fiesta es de TOROS, no de toreros. La oración resguarda en cubierta fraguada al mejor de los templados aceros gramaticales, una sustancia vasta, amplia, grandiosa, de esencia y significado madre. De género.
Hoy se llegan al cumplido, ocho días en que sobre la carpeta arenosa del coso de la rambla Eduardo J. Correa, el de la San Marcos de la capital de las aguas cálidas, mi afirmación demolió rotundamente a los “periodistas” que en mojigata postura y actitud de cómplices prostituidos de las empresas, quieren “engrandecer” la fiesta, sacrificando su grandeza verdadera; chiqueando a mediocres, tendiendo alfombras a “modelitos” y omitiendo a muchos que valen realmente delante de las reses de lidia.
Sí, el domingo 14 de este mes al que arrancamos sus hojas día a día, salió al círculo un encierro quemado con la zacatecana figura de Malpaso; y salió con soberbia, hondeando los listones de su divisa que en cada galope, en cada embestida y en cada manifestación de su enormidad de raza, se agigantaban en intensidad, como queriendo opacar al mismo sol. Fueron seis bovinos para orgullo, este sí, de la ganadería azteca; y resultaron tan grandes en casta que no necesitaron de los presuntos lidiadores para derramar en destilado emocionante y rico, sus virtudes de toros bravos.
No, ahí no hubo toreros, solo toros que en individual accidente hicieron que el ruedo ardiera. Hubo toros bravos, que triunfaron sin la “intervención” de los de seda y oro; hubo toros encastados. Casta bendita y generosa, equilibrio complejo, mágica mezcla, punto nivelado con perfección, misteriosa combinación la de la bravura y la nobleza…
No solo los hombres que se atreven a pararse ante los pitones pueden levantar de sus gradas a las grandes masas; lo pueden lograr también los criadores con vergüenza, honradez y responsabilidad hacia una fiesta que en título exalta la palabra “brava”. El domingo anterior las mejores ovaciones, las más grandes y entregadas en paquetes de sentimientos positivos despertados, fueron para el ganadero, que una vez salido al tercio, esa misma familia taurina reunida en el graderío del coso, le obligó a dar en solitario una vuelta al redondel; atrás llevó en extraña escena a los subalternos, a los de plata que en cortesía levantaban las mil prendas, una a una, que en jubilo legítimo le ofrendaban a su paso lento y triunfal.
Si sale el toro bravo en su magnitud entera, la fiesta sufre una metamorfosis candente; el espectáculo convence, cala, extasía al entendido y al neófito, al conocedor y al villamelón, al que ve los sucesos del ruedo desde una barrera de sombra con una copa de coñac en diestra o al que la disfruta en el tendido alto bañado por la luz solar, insoportable a veces, y con un vaso de cerveza escurriendo su espuma incitante entre los dedos. Si sale el toro bravo con entereza, entonces la puesta en escena es historia verdadera, y no un ensayo público que divierte solamente, y que no marca con hondura un referente como para que trascienda y de muestra a venideras generaciones de su celebridad.
Sí, la fiesta es de toros, no de toreros; ya no lo escribo yo, se encargaron de escribirlo los ejemplares de Ramiro Alatorre el domingo pasado; y lo han escrito con devastadoras diligencias; andando se demuestra el movimiento; la casta de un toro de lidia, se demuestra en todas las partes de ésta, ante los engaños de tela que no hacen daño, o en los acorazados que por su parte alta abren las carnes y dejan vértices vivas que luego son veneros de líquido púrpura que en cada onza lleva y escurre la estirpe de la legendaria cimiente del toro bravo mexicano.
Los novillos de Malpaso fueron un caudaloso río de raza; esa que odian las “figuras del toreo”; cada ole que se escuchaba parecía que iba sobre estelas de luz y emoción, a dar honor y odas a las embestidas de inmejorable estilo de los cornúpetas; en el tendido se abrieron las compuertas de las emociones no por los novilleros, si no por aquella muestra de lo que puede dar un ganadero que como norma moral de su labor, tiene la casta de antaño, y no la moderna, pecaminosa y lacayuna “voluntad” hacia los que se llaman toreros de “primera” raya.
Ya me duelen los dedos cada vez que oprimo las teclas de las que sale el enunciado siguiente: “La fiesta mexicana crecerá de nivel al grado que se engrandezca al toro de lidia, y bajará de rango en la medida que se le humille”. Si, la fiesta es de toros, no de toreros; porque alguna vez se escuchó en la soledad del campo bravo, entre aires y roces de ramas secas, de cantos y alabanzas de hojas y riachuelos, que el fantasma de un toro decía: “Yo, sin ti, seguiré siendo lo que Dios me hizo… ¡Un toro!, pero tú sin mi, serás únicamente un simple hombre¡…
La fiesta es de toros… no de toreros; y quien quiera entenderlo… que lo entienda…

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