25 septiembre, 2021

LUIS MARISCAL, DEL ALJARAFE, BANDERILLERO COLOSAL.

Lo de El Torreón fue falto de fuerza, cosa que nos obliga -como lo dijo el magnífico aficionado don Ernesto Fernández Nogales- a establecer nexos necesarios entre ésta y la casta; el problema es que, entonces, hay que entristecerse y ver lazos familiares entre la debilidad y la nobleza. Hoy vimos que la delgada línea que marca la diferencia entre un animal que embiste y transmite al tendido, y otro que no

Lo de El Torreón fue falto de fuerza, cosa que nos obliga -como lo dijo el magnífico aficionado don Ernesto Fernández Nogales- a establecer nexos necesarios entre ésta y la casta; el problema es que, entonces, hay que entristecerse y ver lazos familiares entre la debilidad y la nobleza. Hoy vimos que la delgada línea que marca la diferencia entre un animal que embiste y transmite al tendido, y otro que no, depende de las exigencias del toreo postmoderno. Estos cornúpetos de El Torreón eran hermosos, pero quizá con unos kilos menos se hubieran dejado más, y su casta les hubiera alcanzado para dar embestidas nobles y completas.
De presentación ni hablar, lo del gran Maestro Rincón ha debido ponerle los cachetes rojos de vergüenza a cierto ganadero de apellido portugués, bueno, si esa gente conserva un poco de amor propio. Estos animales eran majestuosos en conjunto, a diferencia de los de Palha ayer y de los de Daniel Ruiz en Resurrección. Cuando menos nos hicieron abrigar grandes y engañosas esperanzas en el primer tercio.
Antonio Barrera perdió a su padre el mismo día de esta corrida y el mejor público de Sevilla se portó como debe ser: le tributó una ovación en el tercio después del paseíllo y del necesario minuto de silencio. El torero sevillano estuvo solvente, voluntarioso y acertado; pero con su primer toro había poco que hacer: fue un torazo sin alegría y débil. La estocada fue buena y el toro tardó en doblar porque aquí nadie le medio saca el estoque a las reses antes de que pasen veinte minutos. Cuadrillas veredes, Sancho…
Lo que nunca debió ocurrir es que un peón, de nombre Paco Peña, haya estrellado y despitorrado al cuarto de la tarde. Si se mete el capote con apuros en la tronera del burladero, a unos centímetros de los pitones, el resultado es inevitable y cruel. Este hombre es además alguien que no para de gritar, dar conversa y aconsejar a propios y extraños, matadores o compañeros. Digo en descargo suyo que banderilleó con exposición al cuarto bis, un cuasi-pregonao del Conde de la Maza. Barrera se las vio negras para lidiar a ese bicho y la gente, poco enterada o muy fría, ni se lo agradeció. Por lo menos, en el que abrió plaza, sacaron al castigado coleta sevillano con fuerza al tercio.
Luis Bolívar tuvo como primero de su lote al animal más claro y más potable del encierro. Quedan para el comentario sereno las grandes tandas por la derecha, valientes y con clase, que le instrumentó al de El Torreón. También el respetable acusó cierta frialdad polar y sólo le sacó al tercio después de una labor que merecía más eco en los tendidos. No creo que el hecho de que la espada cayera baja haya sido un referente para la indiferencia general. En el quinto, el diestro de Cali eludió hachazos y gañafones tratando de agradar y de que se le reconociera su labor, eso fue todo. Más no se le puede pedir.
Salvador Cortés, ese gran torero del Aljarafe que ha protagonizado enormes tardes de orejas y triunfos serios en La Maestranza, ha sorteado a dos castaños demasiado engañosos. Eran toros que perdían las manos a la menor provocación, pero que al tener un fondo de casta, no querían rodar por el albero; por lo tanto trotaban y daban siempre embestidas descompuestas. Las dos veces se fue a porta gayola y toreó de verdad en las medias largas cambiadas. También se lució con lances amandilados y medias verónicas excelentes, por no mencionar los remates soltando una punta del capotillo. El estoconazo con el que despachó al tercero de la tarde debe ser la envidia de Oliva Soto y de algunos más que yo me sé.
Vamos a lo mejor de la tarde lluviosa y con viento molesto, vamos a hablar del hermano de Cortés. Luis Mariscal ha clavado dos pares de banderillas que me recordaron las pinturas que del maestro Armilla realizó Ruano Llopis. Se fue primero -en el segundo tercio de “Geniecillo”, el que abrió el lote de Salvador- por el pitón derecho y luego por el zocato. Le ganó la cara al toro arrancado de largo para darse el tiempo del temple con los garapullos, con las jaras, para asomarse al balcón y clavar en todo lo alto. Se dejó llegar los pitones a la barriga y salió en torero grande del segundo par, recordándonos que hay una suerte que se llama el par de poder a poder. Eso ha valido el abono.

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