21 septiembre, 2021

LOS MUNDOS PARALELOS.

Hay físicos y literatos que preconizan la teoría de los universos paralelos, en los que mundos similares al nuestro merodean a su antojo. Similares, sí, pero con diferencias asombrosas. Es decir, si aquí y ahora los elefantes tienen la piel rugosa y los dinosaurios palmaron hace algún tiempo, en esas realidades concomitantes hay elefantes sedosos, y los tiranosaurios, vivitos y coleando de lo lindo, van por colleras sembrando el pánico en los supermercados.

Hay físicos y literatos que preconizan la teoría de los universos paralelos, en los que mundos similares al nuestro merodean a su antojo. Similares, sí, pero con diferencias asombrosas. Es decir, si aquí y ahora los elefantes tienen la piel rugosa y los dinosaurios palmaron hace algún tiempo, en esas realidades concomitantes hay elefantes sedosos, y los tiranosaurios, vivitos y coleando de lo lindo, van por colleras sembrando el pánico en los supermercados.
Para beneplácito de muchos malos y/o desorientados aficionados, el petardo que pegaron la ganadería de El Puerto de San Lorenzo y el maestro don Enrique, es un mero accidente anecdótico y nimio dentro de la insondable diversidad universal, pues en otros planetas y otros presentes contiguos, tanto Ponce como estos toros de Salamanca han protagonizado una tarde de bravura y torería. Aquí no se consuela el que no quiere.
La tarde fue aburridísima porque sólo funcionó el quinto toro. Ese lo sorteó Manuel Jesús, el torero de Salteras, que anduvo a gritos con el bicho, toreando a la trágala y mal en general, pero más firme que en tardes anteriores. Mató bien, cosa rara en él, y el público que quería disculparse por su actitud vengativa de las otras dos corridas, hasta pidió con fuerza -no mayoritaria- una orejilla. La vuelta al ruedo fue sentimentaloide, pero de buena fé. En el segundo de la función pasada por agua, El Cid se las vio con un torito que le llegaba a las corvas y ni fu ni fa.
Talavante estuvo todo lo bien que pudo con sus dos “enemigos”. Al tercero, un manso sin mucha convicción, el ex-discípulo de Corbacho lo molestó en tablas y le persiguió para pegarle unas manoletinas muy al estilo del antiguo Talavante. Al que cerró plaza otro dechado de bravura, fuerza y nobleza -en otro planeta- intentó convencerlo de jugar a embestir aunque fuese dos instantes, pero el burel se excusó cortésmente al estilo de Bartleby, aquel personaje de Melville, diciéndole al torero: “Preferiría no hacerlo.”
Justo es señalar que el mejor momento de la lidia de ese último de la tarde sobrevino cuando un humorista de sol le gritó a los empresarios: “¿Dónde comprais los toros, en los chinos?”
¿Quiere usted saber qué hizo Enrique Ponce? Bueno, de acuerdo. El veterano de Chiva vio como le regresaban a los corrales al primero y a al cuarto. Fueron cambiados por débiles, algo bastante inusual en miles de esas plazas de toros alternativas en los otros mundos posibles de los que le vengo hablando. El primer sobrero (del Puerto de San Lorenzo) y Ponce protagonizaron una película que desgraciadamente tiene pocas variantes en todas esos mundos paralelos, la del inagotable y soporífero trasteo para afuera, libreto que quizá para algunos es cosa muy apreciable, pero que no tiene una finalidad taurina aparente.
El segundo sobrero, un galafate de la ganadería Toros de la Plata, fue un manso con el que había que batirse a toma y daca, dándole las ventajas y metiéndose en su querencia. Algo que tanto Morante como Manzanares habían hecho con clase y temple en días no tan remotos y con animales peores y con más genio.
El torero valenciano porfió en los medios y cerca de matadores, sabiendo que el toro verdaderamente pesaba en los alrededores de la puerta de picadores, lugar donde había tomado una buena vara, sitio donde finalmente Ponce lo liquidaría al segundo golpe de verduguillo, después de dar un mitin horroroso con la espada larga: dos sartenazos más abajo del chaleco, un intento en el que marró estrepitosamente sin llegar siquiera a atinarle al toro, y otro par de pinchazos infames. No sé quien se molestó más por el triste numerito, si la gente o el torero, pues este último parecía estar fuera de sus casillas, rabioso y desesperado.
Para olvidar lo del párrafo anterior, le relato una efeméride. Tal día como hoy, un 21 de abril, pero del año de 1917, torearon Miuras en este mismo ruedo maestrante, el León de Castilla (Vicente Pastor, también apodado “El chico de la blusa” y “El soldado romano”), Gaona, Saleri II, y Curro Vázquez, el padre de Pepín Martín Vázquez. Esos eran los buenos tiempos, o por lo menos, eso he leído.
Para terminar ya con el relato de este décimo cuarto festejo de abono, no viene mal imaginarnos que en esos mundos paralelos existen ganaderos que tienen algo de respeto y un poco de memoria, ganaderos que no le ponen a ninguno de sus toros el nombre de reses que han matado a un torero. Sí, el segundo de Talavante se llamó “Cubatisto”, igual que el que le quitó la vida a Manolo Montoliú en esta misma Real Maestranza hace casi 18 años.

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