20 octubre, 2021

EDITORIAL DE ANTONIO GIROL.

No sé a ustedes, pero a mí ver a un hombre llorar me sensibiliza de una manera especial. Puede que sea por ese estereotipo, que de siempre nos marcaron a fuego en la cabeza, de que los chicos no lloran, o vaya a usted a saber…El caso es que cuando escucho el llanto recio de un hombre, hecho y derecho, el alma se me constriñe con súbita aflicción.

No sé a ustedes, pero a mí ver a un hombre llorar me sensibiliza de una manera especial. Puede que sea por ese estereotipo, que de siempre nos marcaron a fuego en la cabeza, de que los chicos no lloran, o vaya a usted a saber…El caso es que cuando escucho el llanto recio de un hombre, hecho y derecho, el alma se me constriñe con súbita aflicción. Escribo estas letras con la sangre de José Tomás aún fresca en mi retina. Con el tremendo impacto que provoca el héroe caído. Hecho carne lacerada. Con esas imágenes que mi querido amigo y maestro Pedro Julio Jiménez Villaseñor supo captar con la sensatez, profesionalidad y humildad que le caracterizan, y difundir en su portal www.noticierotaurino.com. Imágenes que han dado la vuelta al mundo mostrando desde el más absoluto de los respetos el color de los valientes.
Seguro que cuanto a continuación voy a escribir es perfectamente inteligible para todos aquellos que han tenido la tremenda suerte de experimentar la paternidad en sus venas. No digo que los que no sean padres no me vayan a entender. Pero sí es cierto que hay que vivir en primera persona esa punzante sensación de dolor ajeno en carne propia, para comprender mejor lo que les cuento.
Por eso sé que ustedes, como me ocurrió a mi en la mañana del día de San Marcos, sintieron como suyas las desgarradoras lágrimas que vertían los aterrados ojos de don José Tomás Román, al ver como su hijo se doblaba por bajo con la muerte.
Esa imagen del hombre, del padre, mirando, con los ojos anegados, los charcos de sangre de su sangre en las escalinatas de acceso a la enfermería, donde, casi sin medios quirúrgicos, unos señores, con batas del color de las alas de los ángeles, luchaban a brazo partido por estabilizar la vida que él creó un día tan lejano en el tiempo como cercano en el recuerdo, es a lo que me refiero al hablarles del dolor ajeno en carne propia.
Aquel gesto de desolación, con la mano izquierda sujetando la frente y el llanto, mientras a su espalda la huella fresca del percance quedaba impresa en las puertas que le separaban del hijo malherido, no pueden dejar impasibles a ningún testigo.
Desde ayer, cada vez que cierro los ojos le veo, una y otra vez, con su pelo encanecido, su cara de buena gente, sus movimientos temblorosos en busca de un hombro en el que descargar la pena que envolvía todo su ser, sin encontrar nada ni nadie que pudiese reconfortar la tremenda punzada de dolor que sentía su paternal corazón.
A lo largo de estas horas me he intentado poner en su lugar, y me estremezco al imaginar lo que tuvo que sentir en esos dramáticos momentos en que pensar lo peor era lo que tocaba, a la vista del caos que había, y a buen seguro sentía, a su alrededor.
Contemplo reflejado en su rostro el de todos esos padres que acompañan a sus hijos por esos pueblos de Dios, empeñando su hacienda y en muchas ocasiones hasta su dignidad, para que puedan lidiar un par de novillos que les hagan soñar con llegar a ser un día José Tomás.
Conforme observo esas tremendas e impactantes imágenes me vienen a la cabeza esas voces de aficionados que siempre hablan de la falacia en que vive inmersa la fiesta. A quienes no hay nada que les de más placer que utilizar, de continuo, la palabra fraude. Cuya mejor virtud es sembrar siempre la duda. Y que nutren sus estómagos de la insatisfacción que les corroe por sus carcomidas entrañas.
Es una pena que tragedias como la vivida en Aguascalientes sean necesarias para purificar el ambiente, aunque sólo sea durante un corto espacio de tiempo, de toda esa pútrida pestilencia. A la vez que ayuda para remarcar una vez más que en el toreo hay más verdad que la que ellos se encargan de negar sistemáticamente.
Porque la principal verdad es que los toros, más chicos o más grandes, con más centímetros de pitones o con menos, de este encaste o de aquel otro, siempre llevan la muerte asociada a ellos. Tan verídico como que quien se pone delante, sea en una placita de tientas, en el pueblo más recóndito o en los principales ruedos del mundo, siempre llevan la muerte asociada a su persona. Y no hay más. El que quiera ver fantasmas que los vea. Allá él con su conciencia.
Mientras escribo estas atropelladas palabras, a mi memoria ha vuelto la cara demudada de don José Tomás Román aferrado a un móvil que le devolviese la cálida voz del consuelo. Y una vez más me he dicho cuánto amor hay en un padre por su hijo. Gracias a la Divina Providencia y al arrojo de unos médicos ese padre podrá volver a acariciar al que otorgó la vida. De padre a padre, no se puede imaginar cuánto me alegro de que así sea.

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